APUNTES PARA UNA TEORÍA DEL HÉROE
(versión revisada del último artículo publicado en El Progreso el 26 de septiembre de 2015)
Hemos oído muchas veces que la
crisis era no solo económica sino también cultural, de valores o de modelo de
civilización. El tema viene de lejos y en él seguimos, ofuscados por las ganas
de remontar los datos negativos, convenientemente administradas desde el poder.
Pero que los plazos cortos de la política no nos impidan ver lo esencial, lo
que realmente queremos, y lo que debemos desear en función de los objetivos o
ideales que queremos alcanzar. La felicidad, la justicia, quizá se trate
todavía de eso.
La búsqueda de la felicidad y de
la justicia estuvo balizada en gran parte de la historia por ciertos modelos
vitales que encarnaban la virtud, una cualidad fuera de lo común construida en
la lucha contra las adversidades y que proporciona un carácter superior. Es el
especial carácter del héroe, que se pone en juego frente al destino. Una vida
heroica es lo contrario de una vida rutinaria, y frente al vacío y pequeñez de
las horas la acción del héroe llena el tiempo, lo engrandece, le da sentido, hace
de la vida aventura, aunque sea siempre imprevisible e insegura, expuesta a la
intemperie como la vida lo está a la muerte.
Lo que pretendo aquí es aportar
alguna idea para comprender el devenir contemporáneo de la condición heroica.
Porque hoy en día esos modelos vitales ya no funcionan como lo hacían en
sociedades más tradicionales, y las perspectivas sociales restrictivas (que no
parece que vayan a atenuarse) deberían hacernos pensar otra vez en lo que
queremos, y hacernos reajustar nuestros ideales de felicidad (por ejemplo,
desligarlos de la idea perniciosa de que un crecimiento ilimitado sea posible).
De los héroes admiramos ciertamente
el coraje, aunque sea muchas veces insensato. Pero los arquetipos vitales
encarnados por la figura del héroe han cambiado mucho a través de la historia.
Aunque la comparación entre mitos de distintas tradiciones culturales permitió
al estudioso Joseph Campbell encontrar abundantes similitudes formales entre
ellos en cuanto a las etapas de un itinerario vital, con sus ritos de
separación, iniciación y retorno, el héroe moderno ya no dispone de la
simplificación moral de los antiguos, esa armonía estructural que le permitía a
alguien como Sócrates –el héroe por antonomasia de la filosofía– unir su
destino al de la ciudad.
Ese altruismo ya no pertenece al
repertorio moral del héroe moderno, el constructor de sí mismo en un mundo de
valores más difusos y en sociedades menos estratificadas y autoritarias. Lo que
cambia de Ulises, o Aquiles, al moderno Quijote es que el individuo es el nuevo
modelo, un proceso que agudizará el individuo romántico, que cultiva su
singularidad y su diferencia frente al hombre de la experiencia común. El buen
salvaje de Rousseau, el líder revolucionario o el poeta maldito podrían ser
algunas de sus figuras emblemáticas, figuras de la afirmación del individuo y
de la potencia de su voluntad, aunque puedan ponerla al servicio de una
identidad nacional o un movimiento de masas (el Ché Guevara encarnaría en
nuestro tiempo una figura de este tipo).
Pero el héroe propio de la
modernidad ya no representa el talante vital de la cultura actual, en la que
destaca más bien la figura del anti-héroe. Ocurre aquí igual que con el
agotamiento del género utópico desde las primeras décadas del siglo XX, que dió
paso al género distópico, tan explotado por la ciencia ficción y el cine.
También la literatura contemporánea es en buena parte una literatura de
anti-héroes, figuras que confrontan al ser humano con una vida hostil, o banal,
que ya no es el marco para una progresión o realización vital sino más bien
para el infortunio y el fracaso. Nada más ilustrativo que pensar en la moderna
odisea de Leopold Bloom escrita por James Joyce en su “Ulises”, un relato muy
alejado de toda moral heroica, cuya genialidad estilística no excluye lo
patético de su peripecia. El Ulises moderno es por fin un hombre común,
demasiado común, desnudo por dentro con sus pensamientos y deseos expuestos a
los vaivenes del azar, su miseria cotidiana abierta en canal.
El héroe de hoy es también el
“hombre sin atributos” (Musil), uno cualquiera, nadie. En su extremo patológico
y sarcástico es el “Zelig” de Woody Allen, héroe de la adaptación que se
mimetiza con todo y adopta la identidad y la apariencia de su interlocutor,
convirtiéndose en judío entre judíos, católico entre católicos, nazi entre
nazis. Se trata, hoy, de héroes desviados, inactivos, como el “Bartleby” de
Henry Melville, que “preferiría no hacerlo”, como Giovanni Drogo en “el
desierto de los tártaros” (Dino Buzatti), o el estoico príncipe de Salina (el
“Gatopardo” de Lampedusa); no héroes del mérito atesorado y el compromiso sino
de la espera y la abulia, y de los azares inmerecidos.
Los héroes deben construirse hoy
en el vacío de las vidas, sin redes de identidad; el héroe tiene que ser
inventor de sí mismo, creador de la propia vida (de un modo difusamente
nietzscheano). Los superhéroes del comic y el cine expresan esa ambición,
aunque sea a mayor gloria del entretenimiento de masas y la simplificación
moral; pero también en la vida real encontramos esa tendencia, requerida por el
discurso dominante –debes actualizarte, reciclarte, emprender–, una necesidad
de reinventarse que llevada al extremo se convierte en la patología de la
simulación y la impostura, como el Enric Marco desmenuzado en la última novela
de Javier Cercas (que se reinventa como combatiente en la guerra civil, como
líder sindical, como superviviente de los campos nazis), o como también pueden
canalizar las identidades ficticias que proliferan en las redes sociales.
El desierto social que infecta
nuestro modo de vida no deja grandes escapatorias. Cabe por ejemplo el héroe de
la indignación, pero ni aunque la perfección del ideal estuviera de su parte no
parece aconsejable para mantener adrede en la vida y derrocharla con una furia
perpetua. Frente al platónicamente investido de un ideal intachable es
preferible la templanza aristotélica, y además es más difícil y, por ello, más
heroica. Los héroes que ostentan verdades indestructibles son los más temibles.
Los reclutados para la causa del integrismo islámico buscan un modo de vida
salvador que es tan atroz como los sectarios de Aum que atentaron con gas sarín
en el metro de Tokio en 1986, entrevistados por Haruki Murakami para escribir
“Underground”, adeptos a grupos sectarios de todo tipo para los que la vida
corriente es tristemente insuficiente y aspiran a vivir en un paraíso de la
manera más rápida e inequívoca posible. Por el contrario, fuera de eso lo que
queda es calibrar opciones, gestionar lo posible y diversificar la propia vida
por caminos que nunca serán del todo compatibles.
Quedan muy lejos los tiempos de
los héroes. Cuando todo estaba lleno de dioses el héroe encarnaba la ambigüedad
de la condición humana, su naturaleza desbordada y limítrofe, “más que hombre y
menos que dios”, según las genealogías popularizadas por Homero y Hesíodo. Pero
también ha quedado atrás la experiencia del mundo como algo ilimitado, todavía disponible
para exploradores y revolucionarios. Hemos pasado un cierto umbral de
agotamiento y la nuestra es ahora una conciencia asediada, que aprueba en
secreto la misma barbarie que contempla.
Solo cabe hoy un héroe destronado
y anómico que es en definitiva el ciudadano normal, no el investido de un
destino, sino el obligado por las circunstancias a comportarse como un héroe:
la mujer que saca adelante a su familia con un ímprobo trabajo extra, el hombre
que debe buscar su techo cada noche, los refugiados que atraviesan países en
busca de asilo, el adolescente que contra viento y marea afronta un cambio de
sexo, y tantos otros, hombres y mujeres de vida excepcional, que no aspiran
tanto a debatirse con el destino o a transformar el mundo sino a gestionar la vida
lo mejor posible, como quien cuida su jardín aunque el mundo alrededor se esté
cayendo a pedazos, hombres y mujeres para los que las circunstancias de la vida
son un reto mayor que cualquier monstruo.
Es la naturalización final del
héroe, la vida heroica ante la que estamos emplazados cada día.
Juan Carlos Fernández Naveiro