Hacía tiempo que un filósofo no suscitaba tanto revuelo como
el reciente premio Princesa de Asturias de Humanidades al germano-coreano
Byung-Chul Han. Quizá sea motivo de sospecha que un filósofo consiga vender
muchos libros, en un contexto (social y de mercado editorial) tan volátil y
reacio a la reflexión pausada. Pedimos respuestas a problemas cada vez más
urgentes, y olvidamos que el arte del filósofo siempre tuvo más que ver con
formular las preguntas adecuadas.
¿Es Han un gran filósofo? Quizá no lo sea pero ¿quién puede
ostentar hoy ese título sin sonar pretencioso y, digámoslo de una vez,
anticuado? Uno puede sentirse arqueólogo defendiendo en las aulas al maestro
Habermas más que comentando a Platón, la verdad, porque un clásico no pertenece
a ningún tiempo, y el nuestro aún no sabemos adónde irá a parar pero sí que nos
dejará un canon exótico y multicultural (decolonial como hoy se dice), con personajes
de frontera y cultura híbrida. Han vale como síntoma y, si conseguimos ponerlo
en contexto, quizá nos ayude a dejar en el aire alguna pregunta apropiada.
¿Vale como síntoma de qué? De una razón que se pensaba
universal en el apogeo de nuestra orgullosa modernidad y, después, se vió impugnada
por un torrente de diferencias y particularidades (intereses de clase, raza,
género, nación, cultura, ideología) que deshacen a una subjetividad marcada para
siempre como patriarcal y etnocéntrica. La idea misma de lo humano, que
vertebró hasta ahora nuestra cultura, acaba por quedar difuminada.
Han vale como síntoma del fracaso de la mayoría de edad
kantiana, de una razón enferma, entregada a la locura de la autoexplotación, y con
un discurso al que solo le quedan fragmentos de difícil conexión. Sus breves
libros, su estilo casi litúrgico de profeta del pesimismo, sus lamentos por las
múltiples pérdidas que acumulamos (la
expulsión de lo distinto, la desaparición de Eros, la epidemia de la depresión)
y sus diatribas contra el enjambre digital, todo eso compone la figura de un
estilista del malestar contemporáneo muy del gusto del sistema, con sus tonos
apocalípticos y algo reaccionarios que seguramente hayan contribuido a convertirlo
en un rentable best-seller.
Byung-Chul Han suscita opiniones encontradas en el mundillo
filosófico, algunas más fundadas que otras. Su pensamiento es un refrito de
otros autores (pero ¿de cuántos se puede decir lo contrario?), y sus posiciones
críticas contra una sociedad meramente paliativa cuya única aspiración es
convertirse en un museo de lo exótico recorrido por el turista/consumidor dejan
poco resquicio a una voluntad transformadora, aunque de la mano de Simone Weil
se embarque en su último período en una deriva religiosa que prolonga su anterior
defensa de la vida contemplativa en una reivindicación de la esperanza.
Algunas críticas son malévolas y parecen movidas por el
resquemor por su éxito. Hay quien lo descalifica como filósofo de barra de bar,
como si las ideas solo pudieran vivir entre los asfixiantes círculos de una
academia de expertos que nadie entiende fuera de sus muros. Entiendo el recelo
ante el cuñadismo de algunos opinadores sin medida, pero honestamente no me
parece su caso (un tipo más bien receloso a los medios). Y la verdad, la barra
de un bar no es un mal sitio para la filosofía, un buen lugar donde hablar al público
y hacerse entender de materias abstrusas que nacieron precisamente en un
banquete, alrededor de una mesa bien servida y regada, en páginas inmortales (de
Platón) que ensalzaron la potencia escondida, aunque ciertamente peligrosa, del
vino.
Novembro 2025