¿Y si el whisky estuviera detrás de la inspiración precisa para este artículo? ¿Tendría otro valor por ello? ¿Lo veríamos de distinta forma? ¿Habría que poner en duda su autenticidad? ¿Sería en tal caso la autoría una especie de fraude? ¿Podría llegarse a desresponsabilizarme de lo que digo? Las tenues fronteras de la subjetividad: dónde empezamos y dónde acabamos, dónde empiezan y acaban en nosotros lo natural y lo artificial. (Por cierto: en este país de opiniones crispadas hay mucho artículo que parece responsabilidad del whisky, pero ni así puede uno liberarse de sus propias palabras, no es tan fácil ser de verdad irresponsable).
Dicen que Faulkner solo bebía después de escribir, pero ni así podemos asegurar que su obra esté libre de la influencia del whisky, aunque no por eso sea menos genial. ¿Cómo serían sin el doping los poemas cantados de Joaquín Sabina? El recuento del cruce entre el doping y el arte sería innumerable, y no se le ocurriría a nadie proceder a descalificaciones estéticas por tal motivo. ¿Y qué decir de los ejecutivos que sobrellevan su estrés con algo de cocaína? Un estrés al que también se enfrentan muchos políticos, que imagino reacios a hacerse pruebas anti-doping a las puertas del Congreso de los Diputados. Y digo yo que con razón: solo a un interés morboso podrían interesarle. A los neoguardianes de las cruzadas morales que vienen.
Lo peor del caso de Marta Domínguez y los otros atletas implicados en la Operación Galgo es el brutal aprendizaje de la decepción al que se ven enfrentados tantos jóvenes, tantos niños y niñas a los que se les educa en la idea de que el deporte es un modelo de vida sana, niños para los que los deportistas son ídolos cuyos nombres brillan en grandes letras en los medios, en los estadios, en el imaginario de las ilusiones. Pero no se les habla de las servidumbres del deporte competitivo ni se pone el foco en la hipocresía del que aplaude gestas sobrehumanas y después pide cuentas y exige limpieza. El deporte recreativo y la alta competición son universos distintos sin fácil punto de encuentro. Todavía no hace tanto que el olimpismo significaba una práctica amateur del deporte, sucumbida ante la general profesionalización. Un gran espectáculo de nuestro tiempo, con dosis extremas de tecnología y merchandising. Pero es muy difícil compatibilizar la prosperidad del negocio con la pureza angelical del discurso olímpico.
Como el arte, el deporte es una lucha contra los propios límites, y cuando se trata de explorar los límites salen al paso los cantos de las sirenas: los avances de la ciencia, la presión competitiva y las facilidades del mercado ponen las tentaciones al alcance de la mano. Otra cosa es que la gran relevancia social del deporte haya llevado a su práctica competitiva a estar sujeta a una deontología cada vez más estricta, que en el caso del tráfico de sustancias dopantes cae de lleno bajo el concepto legal de “salud pública”. Así que cuidado con los mitos del deporte: muchos se mueven en el filo de las prácticas prohibidas que pueden rozar la tenue frontera entre el esfuerzo y el delito. Entre lo natural y lo artificial. Dicho sea con toda la admiración por los deportistas que se comportan con honestidad e inteligencia.
http://www.xornal.com/opinions/2010/12/15/Opinion/dopaje-deporte/2010121416591600814.html
Dicen que Faulkner solo bebía después de escribir, pero ni así podemos asegurar que su obra esté libre de la influencia del whisky, aunque no por eso sea menos genial. ¿Cómo serían sin el doping los poemas cantados de Joaquín Sabina? El recuento del cruce entre el doping y el arte sería innumerable, y no se le ocurriría a nadie proceder a descalificaciones estéticas por tal motivo. ¿Y qué decir de los ejecutivos que sobrellevan su estrés con algo de cocaína? Un estrés al que también se enfrentan muchos políticos, que imagino reacios a hacerse pruebas anti-doping a las puertas del Congreso de los Diputados. Y digo yo que con razón: solo a un interés morboso podrían interesarle. A los neoguardianes de las cruzadas morales que vienen.
Lo peor del caso de Marta Domínguez y los otros atletas implicados en la Operación Galgo es el brutal aprendizaje de la decepción al que se ven enfrentados tantos jóvenes, tantos niños y niñas a los que se les educa en la idea de que el deporte es un modelo de vida sana, niños para los que los deportistas son ídolos cuyos nombres brillan en grandes letras en los medios, en los estadios, en el imaginario de las ilusiones. Pero no se les habla de las servidumbres del deporte competitivo ni se pone el foco en la hipocresía del que aplaude gestas sobrehumanas y después pide cuentas y exige limpieza. El deporte recreativo y la alta competición son universos distintos sin fácil punto de encuentro. Todavía no hace tanto que el olimpismo significaba una práctica amateur del deporte, sucumbida ante la general profesionalización. Un gran espectáculo de nuestro tiempo, con dosis extremas de tecnología y merchandising. Pero es muy difícil compatibilizar la prosperidad del negocio con la pureza angelical del discurso olímpico.
Como el arte, el deporte es una lucha contra los propios límites, y cuando se trata de explorar los límites salen al paso los cantos de las sirenas: los avances de la ciencia, la presión competitiva y las facilidades del mercado ponen las tentaciones al alcance de la mano. Otra cosa es que la gran relevancia social del deporte haya llevado a su práctica competitiva a estar sujeta a una deontología cada vez más estricta, que en el caso del tráfico de sustancias dopantes cae de lleno bajo el concepto legal de “salud pública”. Así que cuidado con los mitos del deporte: muchos se mueven en el filo de las prácticas prohibidas que pueden rozar la tenue frontera entre el esfuerzo y el delito. Entre lo natural y lo artificial. Dicho sea con toda la admiración por los deportistas que se comportan con honestidad e inteligencia.
http://www.xornal.com/opinions/2010/12/15/Opinion/dopaje-deporte/2010121416591600814.html