En 1755 un
terremoto destruyó buena parte de la ciudad de Lisboa, un desastre que tuvo profundas
repercusiones en los debates de índole moral del momento. Los hechos alcanzaron
una rápida divulgación y las opiniones que se trasladaron a los círculos
intelectuales contribuyeron a que el orden de las ideas dominantes comenzara a
desmoronarse. Por ejemplo a la poderosa Inquisición, brazo ejecutor del
fundamentalismo de la época, se le ocurrió organizar un Auto de fe para aplacar
la ira de Dios, pero fueron algunos de los pensadores centrales de la
Ilustración los que se involucraron en el debate y plantean un nuevo marco para
enfrentar los desastres naturales que habría de marcar nuestra mentalidad
moderna.
Voltaire escribió
un largo “Poema sobre el desastre de Lisboa” y fue pionero en mostrarse
indignado. Aquello no era justo, algo no encajaba en aquel portentoso edificio
de la teodicea escolástica, y su indignación laica le llevó a renegar de un
Dios así de cruel. Pero fue Rousseau quien situó la cuestión en términos
estrictamente humanos y sociales. “Si los habitantes de esa gran ciudad se
hubieran distribuido de un modo más uniforme, y se hubieran alojado
debidamente, la catástrofe hubiera sido menor”, dejó escrito en respuesta a las
quejas teológicas de Voltaire. ¿No es eso exactamente aplicable a lo ocurrido
en Valencia con la dana a finales de octubre?
Los políticos se
enfrentan al desastre con el discurso de la reconstrucción, cosa humanamente
comprensible ante la desesperación de tantos y lo urgente de las situaciones.
Si tuviéramos una varita mágica que nos llevase a la situación anterior el
problema estaría resuelto y todos deberíamos estar satisfechos, lo esencial es
no alterar el orden de cosas, mantener lo que hay. Y para ello hace falta
cerrar filas y si hay que negar los hechos se niegan, a mayor gloria de Dios,
es decir, del poder (de los míos). Nada nuevo al respecto: estos días se recordaba
una viñeta de Mingote de cuando ocurrió el desastre de la presa de Tous en
1982, con este texto junto a la imagen de la devastación: “Estas catástrofes
solo suceden cada veinte años, así que hasta dentro de veinte años no tendremos
por qué pensar en lo que podríamos hacer para prevenirlas”.
Por el
contrario, no hay un solo científico que ignore que la situación no podía
mantenerse indefinidamente. Están los ciclos naturales y las tendencias
ineluctables de los elementos (los flujos recurrentes del agua), y está la mano
humana (lo que decía Rousseau, “si se hubieran alojado debidamente la
catástrofe hubiera sido menor”). La mirada del científico ve los problemas,
advierte. Sabe que hemos desarrollado un modo de vida que acrecienta los
peligros y tarde o temprano esto iba a ocurrir. La naturaleza puede ser
invencible. Al mismo tiempo, el científico pone a prueba las soluciones humanas,
sabe que hemos ocupado el territorio de manera insostenible y que nuestros
intereses requieren cambiar las cosas, explorar alternativas. La mirada del
científico es así, de suyo escéptica y transformadora, una mirada crítica.
Mientras el
político apela a los instintos primarios y apela a nuestra seguridad y supervivencia,
el científico apela a la razón e invita a una mejora en el conocimiento que se
traslade a la vida. Son dos actitudes que se enfrentan en el eje mismo del
progreso humano.
En “El político
y el científico” Max Weber reflexionaba hace un siglo sobre la “ética de la
responsabilidad” del político y sobre una ciencia que, sin el añadido de la
ética, nos desentiende de la democracia y nos entrega a la servidumbre
política. El político de hoy practica sin embargo una ética de la irresponsabilidad,
presentada a menudo como negacionismo científico.
Hoy como ayer se
desata una lucha primordial entre el político y el científico. Como si fuera un
Sócrates de cualquier tiempo, el científico es el que reconoce que no sabe y desde
ahí trabaja en lo posible, mientras el político se conduce más como un Platón, el
extremista de la virtud (siempre que sea de los propios), aquel que funda el
partido de lo absoluto y solo confía en el autoritarismo. Con todas las
excepciones que se quieran a estos prototipos, eso es lo que vemos triunfar (y
que me perdone Platón).