martes, 3 de diciembre de 2024

EL POLÍTICO Y EL CIENTÍFICO

 

En 1755 un terremoto destruyó buena parte de la ciudad de Lisboa, un desastre que tuvo profundas repercusiones en los debates de índole moral del momento. Los hechos alcanzaron una rápida divulgación y las opiniones que se trasladaron a los círculos intelectuales contribuyeron a que el orden de las ideas dominantes comenzara a desmoronarse. Por ejemplo a la poderosa Inquisición, brazo ejecutor del fundamentalismo de la época, se le ocurrió organizar un Auto de fe para aplacar la ira de Dios, pero fueron algunos de los pensadores centrales de la Ilustración los que se involucraron en el debate y plantean un nuevo marco para enfrentar los desastres naturales que habría de marcar nuestra mentalidad moderna.

Voltaire escribió un largo “Poema sobre el desastre de Lisboa” y fue pionero en mostrarse indignado. Aquello no era justo, algo no encajaba en aquel portentoso edificio de la teodicea escolástica, y su indignación laica le llevó a renegar de un Dios así de cruel. Pero fue Rousseau quien situó la cuestión en términos estrictamente humanos y sociales. “Si los habitantes de esa gran ciudad se hubieran distribuido de un modo más uniforme, y se hubieran alojado debidamente, la catástrofe hubiera sido menor”, dejó escrito en respuesta a las quejas teológicas de Voltaire. ¿No es eso exactamente aplicable a lo ocurrido en Valencia con la dana a finales de octubre?

Los políticos se enfrentan al desastre con el discurso de la reconstrucción, cosa humanamente comprensible ante la desesperación de tantos y lo urgente de las situaciones. Si tuviéramos una varita mágica que nos llevase a la situación anterior el problema estaría resuelto y todos deberíamos estar satisfechos, lo esencial es no alterar el orden de cosas, mantener lo que hay. Y para ello hace falta cerrar filas y si hay que negar los hechos se niegan, a mayor gloria de Dios, es decir, del poder (de los míos). Nada nuevo al respecto: estos días se recordaba una viñeta de Mingote de cuando ocurrió el desastre de la presa de Tous en 1982, con este texto junto a la imagen de la devastación: “Estas catástrofes solo suceden cada veinte años, así que hasta dentro de veinte años no tendremos por qué pensar en lo que podríamos hacer para prevenirlas”.

Por el contrario, no hay un solo científico que ignore que la situación no podía mantenerse indefinidamente. Están los ciclos naturales y las tendencias ineluctables de los elementos (los flujos recurrentes del agua), y está la mano humana (lo que decía Rousseau, “si se hubieran alojado debidamente la catástrofe hubiera sido menor”). La mirada del científico ve los problemas, advierte. Sabe que hemos desarrollado un modo de vida que acrecienta los peligros y tarde o temprano esto iba a ocurrir. La naturaleza puede ser invencible. Al mismo tiempo, el científico pone a prueba las soluciones humanas, sabe que hemos ocupado el territorio de manera insostenible y que nuestros intereses requieren cambiar las cosas, explorar alternativas. La mirada del científico es así, de suyo escéptica y transformadora, una mirada crítica.

Mientras el político apela a los instintos primarios y apela a nuestra seguridad y supervivencia, el científico apela a la razón e invita a una mejora en el conocimiento que se traslade a la vida. Son dos actitudes que se enfrentan en el eje mismo del progreso humano.

En “El político y el científico” Max Weber reflexionaba hace un siglo sobre la “ética de la responsabilidad” del político y sobre una ciencia que, sin el añadido de la ética, nos desentiende de la democracia y nos entrega a la servidumbre política. El político de hoy practica sin embargo una ética de la irresponsabilidad, presentada a menudo como negacionismo científico.

Hoy como ayer se desata una lucha primordial entre el político y el científico. Como si fuera un Sócrates de cualquier tiempo, el científico es el que reconoce que no sabe y desde ahí trabaja en lo posible, mientras el político se conduce más como un Platón, el extremista de la virtud (siempre que sea de los propios), aquel que funda el partido de lo absoluto y solo confía en el autoritarismo. Con todas las excepciones que se quieran a estos prototipos, eso es lo que vemos triunfar (y que me perdone Platón).

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