El pasado 14 de marzo fallecía
Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama
filosófico de las últimas seis décadas y
quizá el último representante del proyecto civilizador de la Ilustración. Palabras
mayores en medio del ensordecedor ruido de hoy. Otros han sido más innovadores,
más radicales o más exitosos, pero nadie ha tenido su largo aliento, su
perseverancia de décadas, su presencia indiscutible en todos los debates de
interés. Con una extenuante prosa
germana alimentada de pasión analítica anglosajona, su obra tan extensa y
proteica hizo el mayor esfuerzo por fundar una ética del diálogo al servicio de
una praxis democrática y, con ello, refundó el núcleo filosófico del proyecto
ilustrado. Aunque los hechos se obstinaran en ponerle a sus ideas toda clase de
obstáculos y su tiempo fuera pasando.
Lo que no le abandonó fue el
impulso crítico, que es aplicar la razón para deshacernos de engaños y
procurar formas de emancipación. Su distinción
entre un mundo del trabajo, con su interés técnico y su lógica instrumental, y
un mundo de la vida en el que se tejen las redes de la interacción social con
una lógica diferente, práctica y simbólica, quedará como la forma más elegante
de completar y corregir el materialismo marxista, dejando atrás el puro
determinismo económico, e integrando los recursos de la sociología y el valor
del lenguaje de una manera que solo encuentra parangón en monumentos del
pensamiento como la racionalidad práctica de un Aristóteles o un Kant, con una
similar ambición teórico-normativa que cada vez era peor recibida por un mundo
que evolucionaba en otra dirección.
Porque Habermas conceptualizó el
siglo XX con herramientas que no eran suficientes para el XXI, y los molinos
contra los que luchó pronto se convirtieron en gigantes. Quiso dejar atrás la
crítica radical de sus maestros (los Adorno, Horkheimer y demás fundadores de
la Escuela de Francfort), que habían conectado los avances de la ilustración
con la realidad para ellos cercana de los campos de exterminio y las cámaras de
gas, y acabó perdiendo de vista el totalitarismo difuso que se fue imponiendo
tras el “fin de la historia” y el avance arrollador de la cultura digital.
Nuestra época ya no es aquella
por la que trabajó Habermas. En el año en que colapsó la democracia americana y
comienza “el mundo después de Gaza” (utilizando la expresión de Pankaj Mishra),
su diagnóstico se queda incompleto. Suele decirse que le faltó advertir la
potencia del feminismo, y quizá fue eso lo que le impidió afrontar el auge de
las políticas de la identidad y la nueva reacción conservadora, frente a las
que su teoría crítica poco más pudo ofrecer que una reafirmación del
liberalismo.
En todo caso no es fácil
encasillar a un gran maestro. Fue muy frecuente oponerlo a los posmodernos (durante
un tiempo Foucault fue su némesis), pero en 2003 se une con Derrida contra la
guerra de Irak y a favor de la autonomía estratégica de Europa. Esa fue su
decepción final, las perspectivas sombrías para Europa, para quien había
advertido en ella el germen de una “constelación posnacional”.
Su obra marcará un hito aunque el
combate principal sea ahora otro. El gran artífice del consenso debía estar
interiormente mortificado ante el deterioro de la esfera pública y la
exhibición impúdica del disenso, el argumento y la “acción comunicativa” que
tanto ensalzó convertidos hoy en el imperio de una comunicación teledirigida,
capaz de suplantar, delegada en el sistema tecnológico, la capacidad humana para
la “agencia”, que es tanto como decir nuestra libertad.
12/04/2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario