lunes, 22 de enero de 2024

KAFKIANA (TRIUNFO DEL SIMULACRO)

 

Legiones de profesores cubren cada día informes que nadie lee, batallones de médicos miran a una pantalla mientras escriben, ejércitos de funcionarios se ponen alerta ante algo que no cuadra. Montañas de personal administrativo se encargan de que la rueda gire, aquí falta un papel que diga lo que hace falta para que otro papel pueda avanzar a su vez, registradores, notarios y abogados que registran, dan fe y abogan por las causas más estrafalarias, creando un mundo paralelo en el que también intervienen vendedores y compradores, y empresarios pequeños medianos y grandes, todos con su correspondiente cuota femenina, un mundo ficticio que también es construido por trabajadores por cuenta propia y ajena, incluso por el submundo del trabajo precario y sumergido, doblemente ficticio, pero que debe encajar en los requerimientos de la realidad “oficial”.

Como una apoteosis del simulacro, el mundo real es sustituido por un inmenso aparato de propaganda. Las filosofías que, hace unas décadas, aspiraban a liberar el deseo y romper las ataduras de la identidad, construida desde una tradición que se veía anquilosada (hombre blanco hetero con perspectiva de ascenso social y acomodo familiar y burgués), se enfrentan a una derrota con apariencia de victoria, endiosadas en los circuitos de un consumo construido sin límite a beneficio del mercado. La libertad, el deseo, la felicidad son palabras gastadas que resuenan demasiado con los dispositivos de dominio. Eso hace que, en buena medida, lo más revolucionario contenga hoy un componente de retorno al pasado y una voluntad de resistencia con poca perspectiva. Eso o dejarse llevar por la segura pendiente del abismo. Las líneas de fractura están por todas partes.

El progreso tecnológico marca la pauta y engulle la subjetividad, vence el frío monstruo de la burocracia (Max Weber). La alienación deja de ser un horizonte de combate y se convierte en una condición asumida, dejando el camino libre al prisionero de la caverna platónica, aquel que no sabe pero sobre todo aquel que no quiere saber. Ríos de gente que es presa fácil de cualquier relato, con razón las élites de Davos reconocen el problema potencialmente más peligroso en la desinformación.

En este año 2024 también se oirá hablar de Kafka, en el centenario de su muerte. Kafka, el heraldo de un mundo absurdo y un desasosiego sin cura. Las andanzas de K, o Joseph K (en “El castillo”, “El proceso”) nos hablan de lo que venía, las sociedades de control en las que el entramado burocrático (industrial, militar) lo inunda todo. Un  mundo absurdo que crece a base de deudas impagables.

Tras la crisis de 2008 David Graeber popularizó la expresión “trabajos de mierda” (bullshit jobs) para referirse al éxito de actividades cuya sustancia es una ficción, trabajos que carecen de utilidad, no crean valor real, y además son psicológicamente dañinos para quienes los desempeñan, ya que destruyen toda posibilidad de sentido y hacen de la actividad humana un mecanismo ciego. El mensaje de Graeber iba dirigido a consultores, expertos de marketing, creadores de productos financieros, pero en el otro extremo del arco y a lomos de un flujo laboral incesante y precarizado, es una condición que se extiende por el mundo del trabajo como la mancha de un malestar difuso. El agravio perpetuo, y el refugio en la tribu, la famosa polarización. “El bucle invisible” del que habla la filósofa Remedios Zafra.

(Publicado en El Progreso el 21/01/2024)

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