Legiones de profesores cubren cada día informes que nadie lee,
batallones de médicos miran a una pantalla mientras escriben, ejércitos de funcionarios
se ponen alerta ante algo que no cuadra. Montañas de personal administrativo se
encargan de que la rueda gire, aquí falta un papel que diga lo que hace falta
para que otro papel pueda avanzar a su vez, registradores, notarios y abogados
que registran, dan fe y abogan por las causas más estrafalarias, creando un
mundo paralelo en el que también intervienen vendedores y compradores, y
empresarios pequeños medianos y grandes, todos con su correspondiente cuota
femenina, un mundo ficticio que también es construido por trabajadores por
cuenta propia y ajena, incluso por el submundo del trabajo precario y
sumergido, doblemente ficticio, pero que debe encajar en los requerimientos de
la realidad “oficial”.
Como una apoteosis del simulacro, el mundo real es sustituido
por un inmenso aparato de propaganda. Las filosofías que, hace unas décadas,
aspiraban a liberar el deseo y romper las ataduras de la identidad, construida
desde una tradición que se veía anquilosada (hombre blanco hetero con perspectiva
de ascenso social y acomodo familiar y burgués), se enfrentan a una derrota con
apariencia de victoria, endiosadas en los circuitos de un consumo construido
sin límite a beneficio del mercado. La libertad, el deseo, la felicidad son
palabras gastadas que resuenan demasiado con los dispositivos de dominio. Eso
hace que, en buena medida, lo más revolucionario contenga hoy un componente de
retorno al pasado y una voluntad de resistencia con poca perspectiva. Eso o
dejarse llevar por la segura pendiente del abismo. Las líneas de fractura están
por todas partes.
El progreso tecnológico marca la pauta y engulle la
subjetividad, vence el frío monstruo de la burocracia (Max Weber). La
alienación deja de ser un horizonte de combate y se convierte en una condición
asumida, dejando el camino libre al prisionero de la caverna platónica, aquel
que no sabe pero sobre todo aquel que no quiere saber. Ríos de gente que es
presa fácil de cualquier relato, con razón las élites de Davos reconocen el
problema potencialmente más peligroso en la desinformación.
En este año 2024 también se oirá hablar de Kafka, en el centenario
de su muerte. Kafka, el heraldo de un mundo absurdo y un desasosiego sin cura. Las
andanzas de K, o Joseph K (en “El castillo”, “El proceso”) nos hablan de lo que
venía, las sociedades de control en las que el entramado burocrático
(industrial, militar) lo inunda todo. Un
mundo absurdo que crece a base de deudas impagables.
Tras la crisis de 2008 David Graeber popularizó la expresión
“trabajos de mierda” (bullshit jobs) para referirse al éxito de actividades
cuya sustancia es una ficción, trabajos que carecen de utilidad, no crean valor
real, y además son psicológicamente dañinos para quienes los desempeñan, ya que
destruyen toda posibilidad de sentido y hacen de la actividad humana un
mecanismo ciego. El mensaje de Graeber iba dirigido a consultores, expertos de
marketing, creadores de productos financieros, pero en el otro extremo del arco
y a lomos de un flujo laboral incesante y precarizado, es una condición que se
extiende por el mundo del trabajo como la mancha de un malestar difuso. El
agravio perpetuo, y el refugio en la tribu, la famosa polarización. “El bucle
invisible” del que habla la filósofa Remedios Zafra.
(Publicado en El Progreso el 21/01/2024)