domingo, 26 de diciembre de 2021

Finales de año

 Hacia el final de año acuden a la mente los siempre tramposos balances, un suma y sigue que no hace más que reafirmar las ideas equivocadas acerca de uno mismo. Te crees con un plan y en realidad eres un merodeador. Libros que se leen porque se han encontrado en una visita por azar a la librería, libros que caen en las manos porque alguien ha dicho que.... alguien, alguien pero ¿quién? No importa demasiado, siempre hay un crítico de turno para coser un roto o descoser lo cosido. Vale, sí, los hay de los que te fías, pero pronto serán máquinas disfrazadas de humano (si no lo son ya). Tampoco los lectores somos ya capaces de aprender, reina ya para siempre el disfrute que ayuda simplemente a olvidar. Todo sea por esa joya que a veces, inexplicablemente, aparece y nos coge por sorpresa, nos hace vibrar por dentro (aunque sea imperceptiblemente, que es como ocurren los acontecimientos más decisivos). 


El mundo real siempre está demasiado lejos. La poesía es mi método para poner los pies en el suelo. Con Manuel Vilas, Raymond Carver o Abraham Pérez he entrevisto algo de realidad, como en Antonio Scuratti, Philippe Sands o Jose Antonio González Sáinz (o en los ensayos de David Graeber o incluso Byung-Chul Han). 


...pero me resisto a hacer un listado completo como hacía de niño.... y todos los años en los que el niño ha seguido observando desde bambalinas, envejeciendo de puertas afuera....

viernes, 3 de diciembre de 2021

FILOSOFÍA EN PERIGO

 

Unha vez máis filósofas e filósofos están en campaña. Coa nova lei educativa (LOMLOE) que se implanta o próximo curso terán lugar novos recortes na presencia minguante de filosofía no ensino secundario. En particular, se a Consellería de Educación non o remedia na parte que aínda lles compete establecer ás Comunidades Autónomas (o 40% do currículum), pode supoñer a súa completa desaparición do ensino obrigatorio (ESO). Días de manifestos, firmas e entrevistas que desembocarán o día 18 en Madrid, para reivindicar ese pequenos ocos de filosofía nun ensino cada vez más volcado aos aspectos técnicos e instrumentais da educación, e menos a todo o que supoña preguntarse polos fins. Que queremos realmente conseguir coa educación?

A pesar das proclamas oficiais (de calidade, innovación, creatividade) prímase a funcionalidade do sistema educativo dentro dos procesos productivos, e dos individuos (docentes e discentes) dentro do sistema educativo. O fundamental é a integración, que as capacidades diversas sexan reconducidas a “competencias” requeridas, que o disfuncional sexa convenientemente reeducado. O éxito no sistema educativo non radica na excelencia, senón en axustarse o máis posible a un canon. A educación como sistema de igualación falaz, porque iguálanse as expectativas, os requerimentos formais, pero de aí resulta unha reproducción das desigualdades. Temos así, por unha parte, individuos que pagan un prezo por non axustarse a determinados moldes socialmente establecidos, e por outro unha perpetuación das desigualdades de orixe que se van trasladando polos niveis sucesivos do sistema.

Hai un divorcio lacerante entre o que proclaman os documentos pedagóxicos e a realidade concreta da educación. O sistema educativo non forma individuos críticos, senón que estes existen a duras penas, a pesar do sistema educativo.

E logo están as cuestións que parecen terminolóxicas pero que non o son tanto: en concreto estase a dar un debate sobre o “ensino en valores”, frente ao que as asociacións filosóficas témonos manifestado a favor de utilizar o termo “ética”. Que máis dará?, pode pensar o público, e mesmo a administración argúe que a ética forma parte do ensino en valores, pero o sesgo da denominación non é baladí. Volvemos ao que dicíamos antes: a apelación a valores como parte dunha correcta integración funcional no sistema produtivo. A formación en valores viría a tratar de paliar a perda de marcos estables de referencia nun sistema no que predomina o puramente instrumental. Pero a ética non sirve principalmente para fornecer valores. Estes danse na realidade social, queiramos ou non, e a ética sirve para comprendelos mellor, analizalos e avalialos en relación con outras ideas que os acompañan e cos que conforman “complexos de sentido”. Según como se estableza a relación entre xustiza e lei, por exemplo, ou como se lexitimen os dereitos (cuestións éticas e filosóficas onde as haxa) estarase a soster un ou outro tipo de sociedade ou de ser humano, con diferentes opcións epistemolóxicas ou metafísicas. Os valores nos insiren na rede de copertenzas sociais pero a ética permite pensar máis alá do dado, abre o foco, permite pensar alternativas.

Pero quizáis sexa eso o que se pretende evitar: que se pense en alternativas. Mellor prover os valores funcionalmente acaídos para que a roda siga simplemente a rodar,  como se se tratase dunha Formación do Espíritu Nacional. Pero pode que se trate hoxe dun obxectivo condenado ao fracaso, quero dicir que a formación en valores non teña capacidade para ser máis que un sucedáneo dos medios de difusión de valores que operan con máis forza. Cando lle atribuímos ao sistema educativo a formación en valores, estamos a proclamar o fracaso deses mesmos valores no medio social. Non sei se chamarlle “ética” sería de moita axuda para esa tarefa que se antolla decorativa, pero alomenos estaríamos evitando subterfuxios e chamando ás cousas polo seu nome.

Todo indica que para unha parte da esquerda a filosofía forma parte deses argumentos de ocasión que quedan moi ben para facer oposición pero que pasan a mellor vida cando toca gobernar de verdade. A unanimidade do Congreso dos Deputados (cousa bastante insólita) acordou en 2018 que os estudos de filosofía formaran un ciclo articulado nos tres últimos anos da educación secundaria, comenzando pola Ética de 4º de ESO e seguindo nos dous anos de Bacharelato. Pero cando toca tomar a decisión a Ética cae do cartel e as horas de filosofía teñen que ser mercadeadas en cada Comunidade. Vanse polo mesmo sumidoiro polo que pouco a pouco van marchando as humanidades.

domingo, 24 de octubre de 2021

MANERAS DE TERMINAR UNA PANDEMIA

 

De un túnel hay que salir pero una trinchera no se debe abandonar. La pandemia de coronavirus ha sido nuestro túnel, una experiencia crucial que marcará la vida de diferentes generaciones, mayores, jóvenes, los que ven declinar su horizonte y los que tendrían que estar comenzando a labrarse la vida. Labrarse la vida, y también ser labrado y esculpido por ella, una piedra desnuda, una hoja al viento. La pandemia dejará en mucha gente la sensación de ser zarandeados por la adversidad, algo que nubla el horizonte y reduce la perspectiva, por eso las sociedades dan bandazos y basculan a los extremos, cunde la atracción por el vértigo.

Como para tanta gente, para muchos artistas y escritores la pandemia ha supuesto un antes y un después, la ocasión para llevar un proyecto creativo al terreno de lo existencial. De ahí surgen distintas maneras de dar la pandemia por terminada, tentativas para salir del túnel con distintos balances y estrategias de supervivencia.

Por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina el diario de los días del confinamiento en “Volver a dónde” (el sedentarismo obligado, las lecturas, los aplausos, las salidas al super o a hacer ejercicio, las copas de vino en el balcón con las plantas convertidas en novedoso objeto de atención) le da pie para una reflexión sobre la indigencia política del momento y una crítica de la deriva de España. Escribir es una trinchera contra el avance  de la estupidez organizada. “El  mundo de después” (como titula Lois Caeiro su “Carta abierta” sobre Muñoz Molina y el compromiso) es parecido al de antes pero como puede serlo una caricatura, con los defectos acentuados, “igual de habitado por adictos al ruido y la quema de combustibles fósiles”. No es el mundo de antes que ha vuelto sino “otro mundo raro que se parece al que existirá cuando yo no pueda verlo”. El autor nos hace asistir al desvanecimiento de un mundo del que quiere ser testigo (porque “nadie sospechó que esos mundos infantiles inalterables estaban acabándose”) y así va creciendo otra línea argumental que es una exploración de la infancia y un viaje de la memoria.

Hay otras formas más salvajes de salir del túnel, con una bomba de mano dispuesta a dinamitarlo todo y buscar una luz más drástica. Es el caso de “La vida pequeña. El arte de la fuga” de J.Á. González Sainz, fragmentos que parten también del propósito de reconsiderar la vida de antes y, poco a poco, de manera íntima y juguetona, procede a una impugnación radical de lo existente. El autor recuerda el final de “La peste” donde Albert Camus refiere la alegría insensata de la población que se prometía unas vacaciones para el día después, olvidando que “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”. La estupidez, la vanidad y el poder son otras tantas formas de impedir la vida, de empobrecerla y descuidarla. Frente a ello “seamos imposibles, pidamos lo real”, y para ello hace falta tanto un aprendizaje de la fuga (“tiempos de desconexión, tiempos de pausa, de repliegue y resuello; tiempos de tiempo y ya está”) como una “reconsideración de lo que andamos haciendo y de cómo lo andamos haciendo, y también de las modalidades y calidad de reconexión”. Tentativas de huida y también de aproximación para reconectar con “la vida pequeña” mediante un lenguaje que enriquece, que cuida y acoge, que da y deja y expande.

De lo contrario, si no hay reconexión y lo que viene es más descuido y más indiferencia, seremos habitantes anestesiados de la “sociedad paliativa” (Byung-Chul Han). Aceptar, aceptar sin leer solo para poder seguir, complacidos con nuestra propia conformidad, excitados por el escupitajo amable de cada like. Y el inevitable hate. Por fin tendremos, como dice Nietzsche hablando del “último hombre”, “nuestro pequeño placer para el día y nuestro pequeño placer para la noche”. Lo cita el pensador germano-coreano, que añade: “El imperativo de ser feliz genera una presión más devastadora que el imperativo de ser obediente”.

Definitivamente es otro mundo. Por lo menos parece que salimos del túnel y ojalá que sea esa la luz pero cuidado, que no se nos atragante el día después. Por si acaso, no abandonemos la trinchera.  

 

OCTUBRE 2021

(Artículo en El Progreso 23/X/21)

jueves, 23 de septiembre de 2021

CATÁSTROFES. EL 11-S VEINTE AÑOS DESPUÉS

 

CATÁSTROFES  (EL 11-S VEINTE AÑOS DESPUÉS)

Grupo DOXA

 

El derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York hace 20 años marcó con su estruendo y su nube de polvo el inicio del siglo XXI, un siglo que a estas alturas ya se ha labrado un perfil propio. Después de las Guerras Mundiales y la Guerra Fría que marcaron el siglo XX hemos ido hacia una especie de “paz caliente” o lo que Hans Magnus Enzensberger llamó “guerra civil molecular” (y Paul Virilio, “Estado suicida global”).  Las señales están por todas partes. Los atentados del 11 de septiembre fueron un símbolo, y la “guerra contra el terrorismo” el emblema que (pese al desastre afgano, de consecuencias todavía inciertas) dió carta de naturaleza a un nuevo modo de confrontación identitaria.

El siglo comenzó con ese giro geopolítico, al que se unió el estallido de la burbuja financiera y la Gran Recesión, coincidiendo con la puesta de largo china en las Olimpiadas de 2008 en Beijing. Se dibujaba una nueva rivalidad, que preparó el terreno para la estrambótica presidencia de Donald Trump. Entretanto, a este lado se desata la enésima crisis de identidad europea, solo en parte contenida por la longevidad política de Angela Merkel que ahora toca a su fin.

La emergencia de nuevos actores relevantes (Brasil, India, Rusia, Turquía…) transformó las relaciones de fuerza y echó por tierra el relato neoliberal de una globalización inevitable, de dirección única, determinada por el proceso económico. El panorama ya es otro, unos Estados que se rearman y unas políticas nacionales que se enfrentan a la hiperglobalización. Vuelven la dinámica de las zonas de influencia, los enclaves, los conflictos territoriales. En realidad nunca se han ido (para muestra ahí siguen Palestina o el Sáhara), pero si antes formaban parte de dinámicas exportadas a las periferias, ahora tienen que ver con la reconfiguración de los centros de poder (como fue el caso de Ucrania y ahora Afganistán).  

Todo es ya periferia, desde los pueblos amenazados por conflictos climáticos y problemas de escasez y acceso a recursos básicos hasta grandes naciones que se permiten el lujo del proteccionismo y el incremento de los presupuestos militares. No se trata ya de mundos opuestos al estilo de una política de bloques, que conferían cierta legitimidad y adhesión ideológica,  sino un mundo horadado y dividido en el que saltan a la vista las desigualdades y cunde la desafección política, un mundo atomizado, comunicado por flujos comerciales pero replegado en sí, individualista.

Por todas  partes están las señales de una mutación histórica en curso, un proceso complejo que captura no solo la actividad económica sino la totalidad de la vida cultural, y produce nuevas formas de subjetividad. Se habla de una subjetividad adaptable y flexible, creativa, en perpetua innovación, pero esas mismas proclamas funcionan como exigencias del capital, y sirven para precarizar el trabajo, interiorizar la explotación y convertirla en libre, soberana autoexplotación.

Al menos desde el inicio de la era nuclear, cuando se pone en marcha en 1947 el Doomsday Clock (Reloj del Juicio Final), pende la amenaza del desastre.  En poco tiempo los soviéticos llevarían a cabo su primera prueba nuclear y nacería la República Popular China. La disuasión nuclear, que llevó a la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, cumplía en el relato la misma función que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, disputar el dominio global después de la guerra y evitar la invasión soviética de Europa occidental (lo documenta  prolijamente Peter Watson en “Historia secreta de la bomba atómica”). Pero el siglo XXI no se ha desprendido del miedo permanente a la catástrofe, al contrario, esa doctrina no haría más que ampliarse e ir más allá del terreno de lo militar. Motivos para la alarma no faltan. El cambio climático, el agotamiento de recursos, la pobreza o el riesgo de nuevas pandemias no parecen tener visos de solución en plazos imaginables, y mientras tanto seguimos practicando el crecimiento como único remedio a un problema que tiene que ver con los límites de nuestro modo de vida. Pero ignoramos que ese remedio no es posible, y esa contradicción entre lo que sabemos (desde el punto de vista teórico y científico) y lo que hacemos (empujados por el mercado y la tecnología) nos atenaza, nubla el futuro. Es lógico que se normalice la sensación de colapso.

El impacto de los aviones en las torres y su desplome hace veinte años forman parte de la iconografía contemporánea de la catástrofe, como el hongo atómico de Hiroshima o la propagación del Covid-19. En realidad hay tantas imágenes posibles de la catástrofe que esta parece convertirse en una película continua a los ojos de un espectador acomodado, pero no olvidemos que para muchos es una tragedia cotidiana. Si en la guerra fría los misiles fueron contenidos, o cómodamente exportados, desde el  11 de septiembre de hace veinte años el mundo es todo él un inmenso arrabal donde revolotea la mariposa del caos. Un aleteo en las montañas afganas y que tiemble Wall Street. Como si la catástrofe fuese la única sustancia del mundo.

 

SEPTIEMBRE 2021

SER ANIMALES

 SER ANIMALES

Es difícil no sentirse interpelado por la mirada de un perro, como se dice a veces “solo les falta hablar”. El habla fue siempre la brecha que separa animal y humano, la frontera infranqueable –al precio de una monstruosa hybris– que nos exalta a los humanos a un lugar de privilegio y, al mismo tiempo, nos protege del animal que somos, al que así exorcizamos y sobre el que de paso nos otorgamos derecho para dominar y explotar. Casi siempre nos hemos entendido a nosotros mismos solo desde un lado de la brecha, y tendemos a olvidar que nuestra relación con los animales siempre ha sido una parte determinante de nuestra propia identidad.

Sin llegar a la misantropía del poeta lord Byron (se le atribuye la frase tan repetida, “cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, pero nadie ha conocido a un perro de Byron), sí es cierto que los animales son un espejo en el que mirarse y del que salir menos engreídos. Ni siquiera los excepcionalistas de lo humano pueden obviar nuestra comunidad animal en las necesidades del cuerpo y en pasiones como el miedo, la ira y la sexualidad. Ya Aristóteles incluía en el “alma sensitiva” que según él poseen los animales no solo los sentidos externos sino también imaginación, memoria, apetito, capacidad estimativa y sentido común con el que poder combinar las sensaciones y alcanzar cierta conciencia de sí.

El eminente primatólogo Frans de Waal cuenta de un perro que cojeaba porque su amo se había roto una pierna, como los chimpancés que caminan de manera estrafalaria porque uno de ellos se ha lastimado, o los que confortan con abrazos y acicalamientos a un congénere que ha salido derrotado en una pelea. Hay ahí, además de las cuestiones antropológicas sobre quién tiene mente o sobre quién tiene qué capacidades cognitivas y sociales, una cuestión moral: ¿deben preocuparnos los animales?

Los animales son “buenos para pensar” (como decía Lèvi-Strauss de los alimentos) porque señalan la ampliación del horizonte moral que ha perseguido una parte del pensamiento contemporáneo, desde el ya clásico “Liberación animal” del australiano Peter Singer (1975), que enlaza al animalismo con otras ampliaciones del horizonte moral como el poscolonialsmo, los discursos queer o el pensamiento ecologista y biocultural en general, a veces con discrepancias de enfoque entre los que destacan la comunidad animal o bien el conjunto de la naturaleza.

Singer abanderó la extensión de los derechos humanos a los grandes simios y así ensanchó la discusión sobre la especificidad humana y el alcance de la propia expresión, derechos “humanos”. No deberíamos considerar los conceptos como jaulas cerradas. Más allá de un debate inacabable sobre el origen, animal o no, de la moral humana, el mérito del animalismo está en haber puesto sobre la mesa la expresión “derechos de los animales”, que solo pueden ser reconocidos, instituidos o debatidos por seres humanos, por eso son nuestra responsabilidad.

De ahí el reconocimiento cada vez mayor de la necesidad de una “ética animal” que tiene en su base la capacidad de “sintiencia”, término que adapta la idea aristotélica al estado actual del conocimiento de la conducta de los animales y a las evidencias fisiológicas y evolutivas de la capacidad de sentir, en el centro de la cual está el sufrimiento, junto con sus paliativos, que podemos llamar placer.

Los animales deben preocuparnos porque son seres sintientes, y porque de nuestra relación con ellos depende nuestro autoconcepto. Así como la idea excepcionalista (especismo) ha servido para justificar toda clase de discriminaciones y genocidios, la idea animalista sirve para proscribir no solo el trato degradante a los animales sino todo tipo de tratos inhumanos dentro de nuestra especie, además de regular nuestra relación con los animales en el mundo natural, con los animales que utilizamos como alimento o material de investigación, y también con las mascotas.

Las mascotas ocupan un lugar paradójico en la experiencia humana: las hemos humanizado a nuestro gusto, con un impulso que es el mismo que nos deshumaniza, y por eso las enjaulamos, condenamos a la soledad y a la falta de experiencias sexuales o simplemente abandonamos. Caemos en un olvido esencial, el de la historia de nuestras adaptaciones mutuas con su potencial terapéutico, el diálogo silencioso que refleja en otros ojos y otra mente nuestros miedos, nuestras carencias y anhelos, y que sirve tantas veces para alivio de la soledad.

 

Xullo 2021

O NOMADISMO DOMESTICADO


Altos executivos, traballadores do transporte, xornaleiros, migrantes, refuxiados, turistas. O que teñen en común estas figuras é habitar unha nova dimensión do espazo que o antropólogo Marc Augé bautizou en expresión célebre como “non lugares”, zonas de tránsito literalmente dislocadas como estacións, hoteis, aeroportos, supermercados, pero tamén centros de acollida e campos de traballo, lugares que se repiten con variacións de sabor local, que acollen aos individuos nun espazo falsamente común, en realidade anónimo e solitario.

Non hai aquí vontade de errancia nin de resistencia, nada parecido a afirmar un modo de vida alternativo. O nomadismo é a precarización da existencia sedentaria, incluso o executivo vive unha condición existencial precaria aínda que non o sexa no plano material, aínda que non se considere tal. E por suposto o turista, animado pola procura de recoñecemento, máis que nada un consumidor dos máis voraces, nada que ver coa exploración e o descobremento. En canto a refuxiados e migrantes, son os suxeitos pasivos dunha recodificación dos fluxos animada pola mesma furia conquistadora e depredadora que sempre acompañou ás sociedades sedentarias, que se desenvolve agora, nas tres últimas décadas de capitalismo sen freo, nun terreo propicio.

Deslocalización e precariedade son a realidade actual da nomadoloxía, á que habería que engadir o ciberespazo dixital como nova modalidade de espazo liso. O nomadismo está diversificado. Existe un nomadismo estratificado e codificado que é distinto ás migracións. O primeiro foi propio de sociedades tradicionais nas que o desprazamento periódico estacional impúñase como estratexia de producción (cazadores primitivos pero tamén transhumantes e xornaleiros), cun camiño de ida e volta, similar ao turista moderno. As migracións implican por contra un cambio de residencia que pode ser definitivo ou en todo caso ter un difícil retorno, ou proceder dun desprazamento provisorio que se enquista, un desprazamento voluntario que acaba por ser forzoso.

Se o nomadismo está integrado nos circuitos do sistema do capital éste non deixa de estar conformado polo nomadismo. A nomadoloxía foi precursora á hora de diagnosticar o devir destas décadas, o desregulamento xeral da economía neoliberal. Un texto clave aquí é un capítulo de Mil mesetas, “Aparato de captura”, onde lemos: “Cando os fluxos acadan o umbral capitalista de descodificación e desterritorialización podería pensarse que xa non hai necesidade de Estado para asegurar a apropiación que se volve directamente económica. A economía forma unha axiomática mundial”[1].

Deleuze e Guattari descobren nesa axiomática algúns dos caracteres sustanciais do sistema global: o que denominan seguindo a Paul Virilio “o Estado mínimo do anarcocapitalismo”, que opera por sustracción de axiomas; a nova bipolaridade fundamental centro/periferia, Norte-Sur, pois “o capitalismo central ten necesidade desta periferia constituida polo Terceiro Mundo”; a existencia de “sures ou terceiros mundos interiores ao centro”; e ese vaticinio tan certeiro de que nos toca vivir “a época das minorías” que non se deixan fácilmente axiomatizar, ese fluxo micropolítico indecidible que circula dentro da axiomática maior e despraza os seus límites.  

O panorama que descobren é unha esencial isomorfía de todos os Estados modernos. A axiomática mundial é compatible cunha polimorfía de modelos sempre que remitan a unha metaeconomía que funciona como un arcano. Non hai heteromorfía real, unha vez desaparecidos os Estados socialistas burocráticos. Esta foi a axiomática da globalización descrita pola nomadoloxía.

O nomadismo desactivado foi así o verdadeiro sentido da globalización.

 

 



[1] Ver Aparato de captura(en MIL MESETAS. CAPITALISMO E ESQUIZOFRENIA II, 1980), ps. 459-472.

MÍSTICA DEL ANDROIDE


2021 es el año de los propósitos adelgazados a lo esencial. Nunca hizo tanta falta sacar a relucir el doble rasero de vivir al día y, por otra parte, saberse testigo de grandes acontecimientos, portentos y amenazas de los que quedará un registro minucioso que no conseguirá impedir las flaquezas de la memoria.

A medida que se suceden las generaciones aumenta el recuerdo gráfico de las vidas, hasta llegar a la autoexposición continua con vídeos y apps que contradicen, por la vía de los hechos consumados, el discurso hipócrita de la protección de la privacidad. Se ha dicho que los jóvenes se están ganando a pulso un inconveniente currículum gráfico, repleto de ostentación y exhibicionismo, para los buscadores de empleo de mañana. ¿Cuántos no tendrán que renegar de sí mismos? Debería existir un sistema de borrado programable como ofrecen algunas aplicaciones para desactivar las cuentas de los fallecidos, que pululan quien sabe durante cuánto tiempo por el ciberespacio, enviándote siniestros recordatorios de cumpleaños que nunca tendrán lugar. Un borrado para hacerse el muerto, pero ¿quién se atrevería a decretar la extinción de su recuerdo digital, sin caer presa del pánico de una  muerte en vida?

El escritor neoyorquino Ted Chiang (“Exhalación”) fabuló un futuro en el que mucho después de que la gente ya se hubiera acostumbrado a ir a todas partes con cámaras personales que capturan un vídeo continuo de la vida entera, aparece un nuevo software que “monitoriza tu conversación en busca de referencias y acto seguido despliega un vídeo de dicho acontecimiento en la esquina inferior derecha de tu campo de visión”. Estos “proyectores retinianos” funcionan como asistentes virtuales para cuestiones prácticas, pero en realidad aspiran a sustituir a la memoria natural y convertirnos en “ciborgs cognitivos, incapaces a todos los efectos de recordar mal nada”.

La sobresaturación de datos forma una infoesfera que puede resultar aplastante. Ya Philip K. Dick se dedicaba, a su modo paranoico, a denunciar los efectos destructivos en la psique de la dependencia tecnológica y el exceso de información, y a ello añadía su sospecha sistemática respecto a cualquier entidad autoritaria. La clave de si los androides pueden soñar (con ovejas eléctricas) está en si podrán tener una historia personal que incluya ser capaces de equivocarse y olvidar; si podrán jugar, alterar las reglas, y engañarse unos a otros disfrutando el puro placer de la inconsecuencia.

El antropólogo mexicano Roger Bartra (“Chamanes y robots”) destaca el hecho de que el cerebro humano no es una entidad orgánica autónoma sino una realidad híbrida que enlaza circuitos neuronales con señales bioquímicas y redes simbólicas socioculturales, concretadas en el lenguaje humano que constituye un auténtico exocerebro. Bartra explora las condiciones bajo las que veríamos aparecer una “conciencia robótica”,  a  partir del vínculo entre el poder de computación y redes simbólicas similares a la cultura, creando una realidad nueva de la que internet sería solo un  anticipo. Otros autores han señalado en esta línea la función de mente colectiva que cumple la red, pero la gran frontera está debajo, en aquello a lo que se vincula la red, esto es, señales bioquímicas y neuronales en el caso de la conciencia natural, o computación de datos en la caso de una conciencia por fin artificial. La frontera está en si se pueden vincular esos dos registros, insertar la biológico y lo mecánico, que es lo que hace tiempo indica la noción de ciborg y ahora esperan los profetas de la singularidad (según la National Sciencie Foundation entre 2029 y 2045 se produciría la Convergencia NBIC (nano-bio-info-cogno).

Escritores como Chiang se sitúan lejos del entusiasmo tecnófilo que predominaba en los clásicos de la ciencia ficción, aunque tan cerca como ellos de preocupaciones humanistas. La memoria no es un dispositivo lineal que proceda por acumulación, al contrario, sus flaquezas son esenciales, y nos desvelan su naturaleza emocional y narrativa, imposible de sustituir por un archivo. Pero inquieta pensar en el éxito social que puedan tener herramientas al fin emancipadas de los designios e intereses humanos, una inquietud que corre paralela a la que causa la degradación del medio ambiente y que explica el éxito de las fantasías distópicas.

Xaneiro 2021

sábado, 29 de mayo de 2021

MÁS ALLÁ DEL BIENESTAR

 

 Cuando un alumno le preguntó a Margaret Mead cuáles eran los indicios más incontrovertidos de la civilización humana la célebre antropóloga no respondió, como se esperaba, aduciendo un producto de la técnica o una herramienta elemental sino un resto humano, un fémur que primero estuvo roto y que después fue curado. Ese fue según ella el gesto primitivo de la civilización, la ayuda prestada a alguien en situación vulnerable, postergando el propio interés en beneficio de otro.

 

Si el cuidado fue el origen de la civilización podría considerarse también como el imaginario simbólico más apropiado a nuestra condición vulnerable. El cuidado no es una simple actividad o un trabajo más sino una parte esencial de la humanización, la energía humana al servicio de la conservación y reproducción de la vida. Como ideal civilizador, el cuidado apunta a formas de relación social más igualitarias que ayudarían a romper el círculo de pesadilla de un progreso ilimitado, tan imposible como indeseable, y confrontarnos a una transición que algún día será ineludible, desde una sociedad cegada por el valor de cambio y subordinada al mercado a otro modelo social más orientado al cuidado y cultivo de lo que somos, más conscientes de pertenecer a una Tierra limitada.

 

Con la crisis del coronavirus se habló mucho de la recuperación del valor de los cuidados y de reconducir nuestros modos de vida a lo esencial. Visto ahora, en el contexto de las dificultades económicas y sociales de la pospandemia, parece que el espejismo se desvaneció pronto y todo indica que un cuerpo social empobrecido y fragmentado hará más difícil la atención a los cuidados, y que la bola de nieve de una civilización frenéticamente técnica seguirá corriendo. Quizá hemos olvidado rápidamente lo más básico, que las redes de ayuda son lo que nos sostiene y nos hace ser lo que somos, seres corpóreos atravesados por necesidades y deseos que transcienden la individualidad y emociones que nos hacen entregarnos sin cálculo.

 

Por ello el cuidado podría estar llamado a ser una categoría política y clave para un nuevo contrato social. Si en principio estaba vinculado a la reivindicación de la empatía y la responsabilidad por los demás frente al individualismo abstracto del sujeto masculino, ese estricto dualismo de género se vio desdibujado en algunos aspectos por las dinámicas sociales, mientras ganaron peso los aspectos políticos vinculados al género (“lo personal es político”, como decía un célebre lema feminista).

 

Y en la política moderna el contrato social es la piedra angular del ordenamiento institucional, moldeado según los intereses del capital. Con la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo se hizo patente la centralidad social del cuidado y se abrió la vía a su profesionalización. Y así como los cuidados habían sido tradicionalmente excluidos de la categoría de trabajo remunerado, el retraimiento neoliberal del Estado desde finales del siglo XX desarticuló esa incipiente dimensión social de la economía y la sometió a exigencias de rentabilidad privada, con la consecuencia bien conocida de una externalización de los cuidados que acaba por retornarlos a mujeres de clases subalternas o inmigrantes.

 

El concepto de bienestar tiene los pies de barro. Extracción intensiva de recursos naturales al servicio de una distribución desigual entre razas, entre pueblos, entre géneros, entre clases, he ahí la base del bienestar realmente existente, su precio. La extensión del cuidado tendrá que enfrentar grandes resistencias: por un lado requiere regulaciones de las que un Estado esquilmado es incapaz, y más en el contexto de una renacida geopolítica chovinista. Del otro reclama otro tipo de actitudes cotidianas, que sin embargo están hoy moldeadas por la extensión de modos cada vez más alienados de vida, un individualismo de lo privado convenientemente apoyado por toda una industria al respecto. Por mucho que nos obsesionemos con la autoprotección o la salud, sin una idea integral del cuidado no estaremos más que transfiriendo una responsabilidad social a la mayor gloria del Estado terapéutico y las relaciones de mercado.

 

Si el bienestar está vinculado a la civilización técnica y la idea de progreso, el cuidado apuntaría a una nueva norma de lo humano, un contrato social que asuma el cuidado como parte de la responsabilidad colectiva, en el marco del concepto de “salud pública”, y no como objeto de mercado. Dignificar, repartir y profesionalizar el cuidado, y garantizarlo como derecho humano, es tarea para un Estado que asegurase unas condiciones dignas de vida para todas y todos; pero también es tarea para las conciencias particulares el forjar formas renovadas de lo común que actúen como sistema inmunitario del cuerpo social.

 

MAYO 2021


VINDICACIÓN DO COIDADO

 VINDICACIÓN DO COIDADO

(Dejo aquí, para cotejos con el fin que sea, la primera versión (la más extensa) del trabajo sobre el cuidado. En el proceso fue depurándose: la segunda es la versión que salió en Praza (entrada anterior), y hay una tercera que salió en El Progreso el 29/V/2021 (más breve, en castellano, y con más cambios )


Dísenos que un dos legados do coronavirus será recuperar o valor dos coidados, como condición para unha vida digna que apremia sobre todo en situacións adversas; pero tamén se nos advirte dunha crise dos coidados, que resulta dun longo proceso (a incorporación das mulleres ao mercado de taballo, o envellecemento da poboación, os recortes nos Estados de benestar) que agora se agudiza, anunciando as dificultades económicas e sociais da pospandemia, como feridas no corpo social que tardan máis que as feridas físicas en aparecer ou resolverse. Neste contexto o coidado está chamado a ser unha categoría política. De plantexarse de inicio, na década de 1980, como unha crítica feminista ao paradigma dominante no campo da psicoloxía evolutiva, o coidado ten hoxe unha connotación política máis ampla que lle permitiría ser clave de bóveda para un novo contrato social. Imos dirixirnos a algo así? Desde logo nada induce a crelo, pero precisamente por iso importa máis o asunto porque, ademáis de alternativas éticas ou políticas, trátase do que somos, xa que a busca propositiva dunha “sociedade do coidado” ten, como tratarei de amosar, unha alcance antropolóxica.

ÉTICA DO COIDADO. Co trasfondo das etapas da intelixencia humana propostas por Jean Piaget, o psicólogo Lawrence Köhlberg estudou a evolución do razonamento moral cara o nivel “posconvencional”, como máxima expresión da autonomía moral. Os estudos arroxaban sen embargo diferenzas significativas entre nenos e nenas da mesma idade, e a súa discípula Carol Gilligan detectou aí un nesgo de xénero que infraconsideraba ás nenas. Mentres os rapaces parecían moverse con máis facillidade no formal e abstracto, incluindo os dereitos iguais encarnados na idea de contrato, as rapazas destacaban no relacional e contextual, dando pé a unha idea máis concreta de responsabilidade. De aí a súa proposta para considerar o coidado como criterio para outro modelo de desenvolvemento ético.

Gilligan destacou o valor dunha moralidade feminina alternativa, centrada nas ideas de responsabilidade e coidado e máis atenta ós aspectos afectivos e emocionais do humano. Frente ó individualismo destacábase e empatía, frente á imparcialidade abstracta, as particularidades que nos definen como seres corpóreos inseridos en redes comunitarias. Pero como mostra a evolución posterior do pensamento feminista, ao remarcar as diferenzas de xénero a ética do coidado contribuía a reforzar os estereotipos, así como desatendía os aspectos políticos envoltos nas diferenzas de xénero. De aí derivou unha contraposición entre autonomía e coidado na que o feminismo máis político atopou un novo espazo de mediacións (aí o célebre lema “o persoal é político”).

Máis alá desas eivas, e dos pasos dados polas propias dinámicas sociais cara superar estritos dualismos de xénero, a ética do coidado acertaba en denunciar un individualismo abstracto que é incapaz de dar conta dunha parte sustancial da vida, e apuntaba a unha dualidade antropolóxica que non se pode eliminar nin superar, que está presente en moitas formas (por exemplo entre competencia e cooperación), así como nos debates da teoría política (por exemplo entre liberalismo e comunitarismo).

Pasa algo parecido coa separación típicamente liberal entre público e privado, que o feminismo foi pioneiro en deconstruir, ao reclamar a relevancia política das experiencias privadas. Se aspiramos a un cambio de estruturas sociais, para ser duradeiro debería asentarse nun cambio na propia vida persoal, no tipo de relacións que sostemos, nas actitudes cotiás. Efectivamente “o persoal é político”, algo que explica tamén que as experiencias ancestrais asociadas á crianza, e os intensos vínculos emocionais xerados nas relacións de coidado, se traduciran na división sexual do traballo e na reclusión de boa parte das mulleres (xunto a outras infraclases raciais e económicas) na esfera doméstica, apartándoas dos asuntos públicos. O patriarcado resulta de relacións sociais seguramente establecidas desde milenios, e só poderá cambiar se cambian esas relacións sociais e as actitudes que as sosteñen. Ese continuum do persoal ao político sinalábao moi ben a fórmula de Friedrich Engels “familia, propiedade privada, Estado”, de aí que boa parte do problema da igualdade resida en construir novas formas de relación e modelos familiares, incluindo novas masculinidades –“masculinidades de non dominación, de respeto e de igualdade”, como dí Ivan Jablonka en “Hombres justos” (Anagrama, 2020).

Pero as relacións de coidado son difícilmente recíprocas e igualitarias, xa que derivan de vínculos emocionais diversos e de graos moi variables de dependencia ou compromiso. Sempre haberá unha tensión inestable e disimétrica entre a igualdade abstracta da xustiza e o contrato e polo outro lado as diferenzas vinculadas ao coidado, como ocorre a nivel das estruturas psíquicas, entre as nosas redes cognitivas e as intensidades emocionais que activan a motivación. Esa disxunción non se pode eliminar nin superar, é a nosa pluralidade constitutiva, base da nosa ventaxa evolutiva. O que significaría apartarse tanto da reclusión dos coidados no ámbito privado (opción conservadora e patriarcal) como da idea maximalista dunha cobertura pública que pasara por unha expropiación dos vínculos afectivos.

CONTRATO  O contrato social é o mito fundacional das sociedades occidentais. Xa nos inicios da modernidade pensadores liberáis como John Locke puxeron ese mínimo común na “vida, saúde, liberdade e posesións”, dereitos naturais que se ben destacan sobre o fondo da busca de “seguridade” que salientara Hobbes, concretando unha esfera individual que debía ser protexida polo Estado, por outro lado son funcionáis na formación social e económica que chamamos “capitalismo”. Ao fío deste, ao albur dos ciclos de expansión e contracción económica, hai unha alternancia entre énfase na seguridade e na liberdade, como formas partilladas dun mesmo proceso de universalización do valor de cambio que aínda non atopou fin, pero ao que lle está faltar a perspectiva dun crecemento económico continuo que lle servía de sostén. Moitas disfuncións do sistema veñen desa realidade empírica desatendida pola ortodoxia económica imperante.

 O proceso económico occidental que fixo posible os Estados de benestar parecía dirixirse a combinar a lóxica individualista na que se fundan as democracias (en base ó devandito argumentario do contrato social) coa implementación social dunha outra lóxica altruista e solidaria que viría encarnada na idea de coidados. Se a primeira fixo posible un igualitarismo abstracto que permitíu desenvolver os dereitos humanos, a segunda implica un diferencialismo que atende ós colectivos desfavorecidos desde unha esixencia de solidariedade e compensación das desigualdades. Ambas lóxicas pareceron poder ser combinadas ao constituirse a “economía social de mercado”, primeiro co New Deal que seguiu á crise do 29, e despois coa constitución dos Estados de benestar na segunda posguerra, un horizonte que foi sempre forzado como resposta a circunstancias extremas.

A acelerada financiarización da economía global no último cuarto do século XX, sobre todo desde os anos 90, deixou ás claras cal das dúas lóxicas era realmente prioritaria, e as institucións que encarnan a idea de coidados no plano social, os sistemas sanitario e educativo, tiveron que pregarse á unhas esixencias de rendibilidade que se sobrepuñan ás diferenzas ideolóxicas entre socialdemocracia e liberal-conservadurismo, protagonistas dunha alternancia que non alteraba unha mesma política económica. Á esquerda pareceu que só lle quedaban unhas pingas de política cultural, e o concepto de benestar xa se vía caduco cando a crise de 2008 o acabou de rematar. A asociación entre benestar e sobreexplotación obriga a pensar un mínimo diferente, un Estado ou contrato que asegure para todos unhas condicións dignas de vida.

Pero fóra da orixe máis ou menos remota da división sexual do traballo, foron as sociedades modernas as que levaron a cabo unha estricta segmentación de xénero ao servizo da producción capitalista. Mentres o traballo produtivo é remunerado polo salario, os coidados non remunerados exclúense da propia consideración de “traballo” e constitúen unha esfera doméstica infravalorada pero esencial para o mantemento da sociedade. O contrato debía prover tanto un réxime de producción como de reproducción.

O capitalismo social propio dos Estados de benestar considerou os coidados como unha cuestión de política pública en parte pola incorporación das mulleres ao mercado de traballo.  A situación afrontouse ben cun modelo compensatorio (asignar ás nais certos beneficios, baixas por maternidade, flexibilizacións de xornada…), que redunda nun incremento do traballo das mulleres (porque maiormente siguen a facerse cargo das tarefas domésticas), ben co modelo da profesionalización (parcial) dos coidados, que contribúe á igualdade entre sexos pero incorpora ás mulleres a modelos laboráis masculinizados (sen eliminar de todo a sobrecarga de traballo doméstico). É o modelo que Jablonka denomina de “sostén de familia universal”.

Pero no capitalismo tardío os coidados profesionalizados sofren o mesmo acoso desinversor que outros traballos de escaso valor engadido, en termos monetarios. A “profesionalización” se convirte nun eufemismo, que oculta a realidade da externalización dos coidados por parte das institucións, a súa entrega ao mercado (que en boa parte acaba por retornalos ás mulleres ou desvialos a outras, por exemplo inmigrantes) e, en fin, unha privatización que ten como corolario un imperativo xeralizado de autoprotección.

Saír desa pinza entre individualismo do privado e privatización do público esixiría un contrato social basado no coidado, que tería como obxectivo principal que se recoñeza como tal un “dereito ao coidado” que forme parte da responsabilidade pública, e para facelo efectivo os coidados deben formar parte do concepto de “saúde pública”, co obxectivo último dunha universalización dos coidados que actúe como sistema inmunitario do corpo social.

REMITOLOXIZANDO  É célebre a resposta de Margaret Mead a un alumno sobre cales son os primeiros indicios da civilización humana: os restos dun fémur roto que despois foi curado. O xesto primixenio da civilización consiste según Mead nesa axuda prestada a alguén en situación vulnerable, na capacidade para postergar o propio interés en beneficio doutro. Acostumados a unha sociedade do cálculo e o mercado esquecemos o máis básico, as redes de axuda que non solo nos sosteñen senón que nos fan ser o que somos: seres corpóreos e sexuados, atravesados por necesidades e desexos que trascenden a individualidade e emocións que nos fan entregarnos sen cálculo. Se nun primeiro momento parecía que a crise do coronavirus parecía poder reconducirnos ao esencial o espellismo durou pouco, tanta rapacidade acumulada non atopa fácilmente freo, e todo indica que a bola de neve dunha civilización frenéticamente técnica seguirá a correr. A pensadora feminista Rita Segato fala da fase apocalíptica do capitalismo, e as distopías pasaron rápidamente da ficción ao mundo real, así que toda resistencia é pouca.

Se o coidado foi orixe da civilización pode ser motor desas resistencias, na medida en que o consideremos como a mitoloxía apropiada á nosa condición vulnerable. O coidado non é solo un traballo senón unha parte esencial da humanización, a enerxía humana posta ao servizo dunha transformación perdurable, esencial, pechando un círculo que rache co pesadelo do progreso ilimitado, tan imposible como indesexable. Confrontados a unha transición desde unha sociedade de mercado (insostible) a unha sociedade do coidado (no marco dun coidado da Terra), o coidado como ideal civilizador apunta á realización da igualdade sen establecer relacións de dominio.  

O mito do contrato descansa na ideoloxía da violencia natural e o individuo abstracto, un luxo insostible na fase apocalíptica do capital. Por moito que nos obsesionemos co coidado da saúde, sen unha mitoloxía integral do coidado non estaremos máis que transferindo unha responsabilidade social, base do dereito ao coidado, á maior gloria do Estado terapéutico e as relacións de mercado. Claro que é importante que o Estado provea os servizos de coidado, empezando pola saúde dos corpos, pero sen descuidar o “sí mesmo”, esto é, a alma humana, entendida como un tecido de afectos e relacións sociais, algo así como o noso estado natural prepolítico.

 

miércoles, 26 de mayo de 2021

SEN POLÍTICA DE COIDADOS NON HAI CONTRATO SOCIAL QUE VALLA

SEN POLÍTICA DE COIDADOS NON HAI CONTRATO SOCIAL QUE VALLA


Enlace al último artículo publicado en Praza Pública.

El artículo era en principio para O Salto, pero al final fue para Praza.

El tema de los cuidados dio para varias versiones (esta no será la última) 


 https://praza.gal/opinion/sen-unha-politica-de-coidados-non-hai-contrato-social-que-valla


martes, 16 de marzo de 2021

Mudanza inmóvil

 Las paredes vacías me dejan respirar. Solo es un simulacro pero qué no lo es, cuando se mezclan en el ahora los tiempos de la vida sin distinguir lo afable y lo convulso, cuando las cosas no tienen historia,  no sabes de dónde vienen ni lo que  significan. Simplemente te acostumbras al ruido de fondo y no te atreves a olvidar lo que quisiste, no quieres, no puedes. Al menos el vacío deja correr el aire. Y deja suspendida la posibilidad de que ocurra lo inesperado. Que  no sabes dónde ni cuándo.  Ni lo que significa.  


 

jueves, 18 de febrero de 2021

A LÍNGUA DAS PEDRAS

A LÍNGUA DAS PEDRAS

Publicado en El Progreso el 13 de febrero de 2021 

 

Calquera amante dos  pedras gravadas sabe que o espectáculo de contemplalas é se cabe maior pola noite. E se non é noite ésta pode crearse cun manto escuro –un plástico vale ou algo similar– e alumeando cunha lanterna por baixo del van abrollando as figuras como se xurdiran das entrañas da terra, vindo dun  tempo desaparecido que fala con esa imaxinería fantástica.

Non é extraño que a tradición popular pensara que os megálitos, petróglifos e mámoas fosen lugares máxicos que agochaban tesouros, o ouro e a prata dos mouros, alí onde as fadas peitean os cabelos ou as meigas facían esconxuros. Cervos, astros e mapas dos ceos, labirintos e outros símbolos vinculan nunha memoria común presente e pasado, individuo e comunidade, nun particular fío de Ariadna que tende pontes co reino dos mortos.

Hai pouco saíu do prelo (Morgante Edicións/Rineoceronte) unha reedición do sorprendente “Corpus dos petróglifos de Galicia”, libro que fora publicado polo investigador pontevedrés Ramón Sobrino Buhígas en 1935, ao abeiro do Seminario de Estudos Galegos, escrito orixinalmente en latín e traducido ao galego por Xosé Souto Blanco no ano 2000 (para Edicións do Castro), baixo a coordinación do sobriño do autor e tamén investigador Ángel Núñez Sobrino.

Hai libros que solo poden existir desde as marxes, fóra das modas e rodeados de silencio. Ramón Sobrino levaba dezasete anos investigando os petroglifos e os seus tipos e formas, os nomes, os emprazamentos, a súa distribución, todo con referencias aos principais investigadores do momento e prologado por Casto Sampedro e Florentino López Cuevillas, incluíndo cento quince petroglifos descubertos por el (neses anos só había uns cincuenta emprazamentos localizados).

Sobrino pertence a unha saga de autodidactas que mesturaron ciencia e arte sen prexuizos. Biólogo de formación e arqueólogo por vocación, adicouse tamén a fotografar os seus achádegos, deixando ver unha sensibilidade artística que ilumina a fría obxectividade do científico. O seu interés polos petroglifos resulta desa conexión entre a paisaxe galega e o mundo do rural coa vocación humanista dun intelectual europeo que pasou pola antropoloxía simbólica, a arqueoloxía e a investigación do megalitismo. A relevancia artística dos petroglifos está fora de toda duda pero son tamén unha linguaxe?

Esa zona gris entre ciencia e arte precisa unha língua propia, unha língua fora da norma, un discurso que hoxe dicimos transversal. Cando Galileo dí que “a filosofía está escrita nese grandioso libro que temos aberto ante os ollos”, o propio universo, libro que “está escrito en língua matemática e os seus caracteres son triángulos, círculos e otras figuras xeométricas”, está propoñendo unha nova forma de entender a matemática, non como unha fría abstracción que empobrece a experiencia senón a verdadeira linguaxe da natureza, o coñecemento esencial sen o que andaríamos perdidos nun escuro labirinto.

Ese momento glorioso da matemática ía abrir a época da ciencia que tan impresicindible, faústica e dominadora acabaría sendo. Nada como a ciencia encarnou mellor a proximidade da que falaban os románticos (Hölderlin) entre perigo e salvación, a faciana bifronte da que xa advertía Francis Bacon, xa que “para dominar a natureza hai que someterse a ela”.

A matemática convertíuse na língua franca da ciencia, pero como sabían os clásicos a natureza gusta de esconderse. Borges dicía que ao pechar o libro as palabras desordenábanse dentro e de cada vez hai que volver empezar. A ciencia non é suficiente a para a simple tarefa de explicar un árbol. Un organismo vexetal? Un recorte orgánico na escuridade do universo? Unha paraxe provisoria nos fluxos da luz? Os animais viven en paisaxes que non podemos nin imaxinar. “Para describir un árbol precísase un poeta”, dicía o naturalista Ramón Margalef. “A verdor das árbores é parte do meu sangue” (Pessoa). En último termo para comprender a vida solo cabe a linguaxe da poesía, ou unha literatura que dialogue coa terra e as pedras perseguindo rastros, tanteando pegadas, esbozando anacos de sentido.

Cando falan as pedras trátase dunha língua? Ou son imaxes que transmiten unha historia? Cervos e astros, mapas dos ceos, labirintos, que nos contan? As interpretacións diversas foron cambiando entre o simbólico e o material, pero hai algo que a unha cultura que se quiera viva non lle debe faltar: ese fío de Ariadna que axuda a facer memoria e conecta a comunidade dos mortos coa soledade na que quedan os vivos.  Como dúas montañas que do contrario son igual de inaccesibles.

 

Febreiro 2021


 

Los puertos en los que recala el corazón son inescrutables, fuera de toda lógica y todo cálculo. Mi último apunte manuscrito termina así: una biografía puede tener el peligro de una muñeca rusa con un escorpión dentro. Y también dejé huellas para una investigación minuciosa que nadie emprenderá, diseminadas en las cuentas de correo y en las búsquedas realizadas (un algoritmo sería el detective apropiado para mi perdición, si esta tuviese el más mínimo interés). Quién sabe, quién sabe algo... 


miércoles, 27 de enero de 2021

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

  El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico   de las últimas seis décad...