martes, 30 de diciembre de 2025

A VUELTAS CON EL RETORNO DE LA RELIGIÓN

 

Un cuarto de siglo XXI ya consumido, y una sensación de que en lugar de una línea que avanza el tiempo es más un bucle armado con retornos y variaciones en torno a las mismas ansiedades y búsquedas. Ponemos los años uno detrás de otro para crear la ilusión de lo nuevo, pero sobre todo celebramos lo que hay de continuidad, repetición, ciclo, como el propio cambio de año, un momento propicio a los balances.

Uno de los temas de los que más se ha hablado en estos meses es el retorno de la religión. Hace unas semanas en esta misma sección el compañero Ramón Cando traía el tema a colación, y vinculaba la religión con diferentes formas del miedo, ya sea el ancestral miedo a la muerte ya sean miedos socialmente inducidos y políticamente interesados. En este sentido la religión es política, y su retorno puede situarse dentro de la reacción conservadora que se va instalando como tendencia del siglo, un repliegue en la tradición frente al pluralismo inherente a las democracias que habrían ido demasiado lejos, de ahí que toque revertir las conquistas sociales e implantar una especie de economía de guerra para rentabilizar los recursos y protegerse las élites de las turbulencias que puedan venir.

Estaríamos asistiendo a la reversión del progreso que secularizó el impulso religioso y le dio fundamento humano, concentrado en la regla de oro del imperativo kantiano: “No quieras para otro lo que no quieres para ti”.  La ética ya no necesitaba a Dios (como en ese viejo mundo de Dostoievski en el que “si Dios no existe, todo está permitido”) sino que podía basarse en la autonomía de una humanidad empoderada.

Pero la “muerte de Dios” proclamada por Nietzsche no era solo dejar constancia de la pérdida de los valores religiosos, sino de lo difícil y peligroso que era vivir sin ellos. La regla de oro reconvierte un precepto bíblico en la nueva religión de la humanidad, con la ciencia elevada a los altares del credo materialista (“Catecismo positivista”, Comte), cuyo corolario era la planificación del futuro y la solución técnica y política de todos los aspectos de la vida; un pedestal que comienza a desmoronarse en los campos nazis y los escombros de Hiroshima. Y después, el tiempo de un espejismo (la construcción de una legalidad internacional y los Estados de bienestar) que ahora también se desmorona.

Nietzsche profetizó dos siglos de destrucción creativa para reconstruir un mundo nuevo de las ruinas del viejo, un plazo en el que todavía nos debatimos. Tiene lógica que sintamos vértigo, y que rebrote la espiritualidad de las miserias del materialismo, dejando un rastro cada vez más reconocible en los usos culturales. La meditación y el misticismo se convierten en moda (como capta tan bien la música de la última Rosalía), una espiritualidad que se entremezcla con los adornos de la civilización moderna en sus versiones más retrógradas, pero en otras (las más cercanas a los orígenes) se resiste a ella y sirve como antídoto a las ansiedades de una existencia precaria, en un mundo reducido a la dimensión utilitaria y paradójicamente empobrecido por la abundancia de la extracción y el consumo.

Cabe plantearse si la reacción religiosa no tiene también un componente transformador o incluso revolucionario, opuesto al globalismo neoliberal y a las secuelas de la aceleración tecnológica del capitalismo. Una aspiración a reconectarse con la tierra, la belleza o el silencio, y a potenciar una visión global de la existencia, frente a una razón analítica que  se empeña en perder la dimensión del misterio. Una llamada a pensar menos, y a sentir más.

Diciembre 2025

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