lunes, 13 de abril de 2026

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

 

El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico  de las últimas seis décadas y quizá el último representante del proyecto civilizador de la Ilustración. Palabras mayores en medio del ensordecedor ruido de hoy. Otros han sido más innovadores, más radicales o más exitosos, pero nadie ha tenido su largo aliento, su perseverancia de décadas, su presencia indiscutible en todos los debates de interés. Con una  extenuante prosa germana alimentada de pasión analítica anglosajona, su obra tan extensa y proteica hizo el mayor esfuerzo por fundar una ética del diálogo al servicio de una praxis democrática y, con ello, refundó el núcleo filosófico del proyecto ilustrado. Aunque los hechos se obstinaran en ponerle a sus ideas toda clase de obstáculos y su tiempo fuera pasando.

Lo que no le abandonó fue el impulso crítico, que es aplicar la razón para deshacernos de engaños y procurar  formas de emancipación. Su distinción entre un mundo del trabajo, con su interés técnico y su lógica instrumental, y un mundo de la vida en el que se tejen las redes de la interacción social con una lógica diferente, práctica y simbólica, quedará como la forma más elegante de completar y corregir el materialismo marxista, dejando atrás el puro determinismo económico, e integrando los recursos de la sociología y el valor del lenguaje de una manera que solo encuentra parangón en monumentos del pensamiento como la racionalidad práctica de un Aristóteles o un Kant, con una similar ambición teórico-normativa que cada vez era peor recibida por un mundo que evolucionaba en otra dirección.

Porque Habermas conceptualizó el siglo XX con herramientas que no eran suficientes para el XXI, y los molinos contra los que luchó pronto se convirtieron en gigantes. Quiso dejar atrás la crítica radical de sus maestros (los Adorno, Horkheimer y demás fundadores de la Escuela de Francfort), que habían conectado los avances de la ilustración con la realidad para ellos cercana de los campos de exterminio y las cámaras de gas, y acabó perdiendo de vista el totalitarismo difuso que se fue imponiendo tras el “fin de la historia” y el avance arrollador de la cultura digital.

Nuestra época ya no es aquella por la que trabajó Habermas. En el año en que colapsó la democracia americana y comienza “el mundo después de Gaza” (utilizando la expresión de Pankaj Mishra), su diagnóstico se queda incompleto. Suele decirse que le faltó advertir la potencia del feminismo, y quizá fue eso lo que le impidió afrontar el auge de las políticas de la identidad y la nueva reacción conservadora, frente a las que su teoría crítica poco más pudo ofrecer que una reafirmación del liberalismo.

En todo caso no es fácil encasillar a un gran maestro. Fue muy frecuente oponerlo a los posmodernos (durante un tiempo Foucault fue su némesis), pero en 2003 se une con Derrida contra la guerra de Irak y a favor de la autonomía estratégica de Europa. Esa fue su decepción final, las perspectivas sombrías para Europa, para quien había advertido en ella el germen de una “constelación posnacional”.

Su obra marcará un hito aunque el combate principal sea ahora otro. El gran artífice del consenso debía estar interiormente mortificado ante el deterioro de la esfera pública y la exhibición impúdica del disenso, el argumento y la “acción comunicativa” que tanto ensalzó convertidos hoy en el imperio de una comunicación teledirigida, capaz de suplantar, delegada en el sistema tecnológico, la capacidad humana para la “agencia”, que es tanto como decir nuestra libertad.  

12/04/2026

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

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