sábado, 29 de mayo de 2021

MÁS ALLÁ DEL BIENESTAR

 

 Cuando un alumno le preguntó a Margaret Mead cuáles eran los indicios más incontrovertidos de la civilización humana la célebre antropóloga no respondió, como se esperaba, aduciendo un producto de la técnica o una herramienta elemental sino un resto humano, un fémur que primero estuvo roto y que después fue curado. Ese fue según ella el gesto primitivo de la civilización, la ayuda prestada a alguien en situación vulnerable, postergando el propio interés en beneficio de otro.

 

Si el cuidado fue el origen de la civilización podría considerarse también como el imaginario simbólico más apropiado a nuestra condición vulnerable. El cuidado no es una simple actividad o un trabajo más sino una parte esencial de la humanización, la energía humana al servicio de la conservación y reproducción de la vida. Como ideal civilizador, el cuidado apunta a formas de relación social más igualitarias que ayudarían a romper el círculo de pesadilla de un progreso ilimitado, tan imposible como indeseable, y confrontarnos a una transición que algún día será ineludible, desde una sociedad cegada por el valor de cambio y subordinada al mercado a otro modelo social más orientado al cuidado y cultivo de lo que somos, más conscientes de pertenecer a una Tierra limitada.

 

Con la crisis del coronavirus se habló mucho de la recuperación del valor de los cuidados y de reconducir nuestros modos de vida a lo esencial. Visto ahora, en el contexto de las dificultades económicas y sociales de la pospandemia, parece que el espejismo se desvaneció pronto y todo indica que un cuerpo social empobrecido y fragmentado hará más difícil la atención a los cuidados, y que la bola de nieve de una civilización frenéticamente técnica seguirá corriendo. Quizá hemos olvidado rápidamente lo más básico, que las redes de ayuda son lo que nos sostiene y nos hace ser lo que somos, seres corpóreos atravesados por necesidades y deseos que transcienden la individualidad y emociones que nos hacen entregarnos sin cálculo.

 

Por ello el cuidado podría estar llamado a ser una categoría política y clave para un nuevo contrato social. Si en principio estaba vinculado a la reivindicación de la empatía y la responsabilidad por los demás frente al individualismo abstracto del sujeto masculino, ese estricto dualismo de género se vio desdibujado en algunos aspectos por las dinámicas sociales, mientras ganaron peso los aspectos políticos vinculados al género (“lo personal es político”, como decía un célebre lema feminista).

 

Y en la política moderna el contrato social es la piedra angular del ordenamiento institucional, moldeado según los intereses del capital. Con la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo se hizo patente la centralidad social del cuidado y se abrió la vía a su profesionalización. Y así como los cuidados habían sido tradicionalmente excluidos de la categoría de trabajo remunerado, el retraimiento neoliberal del Estado desde finales del siglo XX desarticuló esa incipiente dimensión social de la economía y la sometió a exigencias de rentabilidad privada, con la consecuencia bien conocida de una externalización de los cuidados que acaba por retornarlos a mujeres de clases subalternas o inmigrantes.

 

El concepto de bienestar tiene los pies de barro. Extracción intensiva de recursos naturales al servicio de una distribución desigual entre razas, entre pueblos, entre géneros, entre clases, he ahí la base del bienestar realmente existente, su precio. La extensión del cuidado tendrá que enfrentar grandes resistencias: por un lado requiere regulaciones de las que un Estado esquilmado es incapaz, y más en el contexto de una renacida geopolítica chovinista. Del otro reclama otro tipo de actitudes cotidianas, que sin embargo están hoy moldeadas por la extensión de modos cada vez más alienados de vida, un individualismo de lo privado convenientemente apoyado por toda una industria al respecto. Por mucho que nos obsesionemos con la autoprotección o la salud, sin una idea integral del cuidado no estaremos más que transfiriendo una responsabilidad social a la mayor gloria del Estado terapéutico y las relaciones de mercado.

 

Si el bienestar está vinculado a la civilización técnica y la idea de progreso, el cuidado apuntaría a una nueva norma de lo humano, un contrato social que asuma el cuidado como parte de la responsabilidad colectiva, en el marco del concepto de “salud pública”, y no como objeto de mercado. Dignificar, repartir y profesionalizar el cuidado, y garantizarlo como derecho humano, es tarea para un Estado que asegurase unas condiciones dignas de vida para todas y todos; pero también es tarea para las conciencias particulares el forjar formas renovadas de lo común que actúen como sistema inmunitario del cuerpo social.

 

MAYO 2021


VINDICACIÓN DO COIDADO

 VINDICACIÓN DO COIDADO

(Dejo aquí, para cotejos con el fin que sea, la primera versión (la más extensa) del trabajo sobre el cuidado. En el proceso fue depurándose: la segunda es la versión que salió en Praza (entrada anterior), y hay una tercera que salió en El Progreso el 29/V/2021 (más breve, en castellano, y con más cambios )


Dísenos que un dos legados do coronavirus será recuperar o valor dos coidados, como condición para unha vida digna que apremia sobre todo en situacións adversas; pero tamén se nos advirte dunha crise dos coidados, que resulta dun longo proceso (a incorporación das mulleres ao mercado de taballo, o envellecemento da poboación, os recortes nos Estados de benestar) que agora se agudiza, anunciando as dificultades económicas e sociais da pospandemia, como feridas no corpo social que tardan máis que as feridas físicas en aparecer ou resolverse. Neste contexto o coidado está chamado a ser unha categoría política. De plantexarse de inicio, na década de 1980, como unha crítica feminista ao paradigma dominante no campo da psicoloxía evolutiva, o coidado ten hoxe unha connotación política máis ampla que lle permitiría ser clave de bóveda para un novo contrato social. Imos dirixirnos a algo así? Desde logo nada induce a crelo, pero precisamente por iso importa máis o asunto porque, ademáis de alternativas éticas ou políticas, trátase do que somos, xa que a busca propositiva dunha “sociedade do coidado” ten, como tratarei de amosar, unha alcance antropolóxica.

ÉTICA DO COIDADO. Co trasfondo das etapas da intelixencia humana propostas por Jean Piaget, o psicólogo Lawrence Köhlberg estudou a evolución do razonamento moral cara o nivel “posconvencional”, como máxima expresión da autonomía moral. Os estudos arroxaban sen embargo diferenzas significativas entre nenos e nenas da mesma idade, e a súa discípula Carol Gilligan detectou aí un nesgo de xénero que infraconsideraba ás nenas. Mentres os rapaces parecían moverse con máis facillidade no formal e abstracto, incluindo os dereitos iguais encarnados na idea de contrato, as rapazas destacaban no relacional e contextual, dando pé a unha idea máis concreta de responsabilidade. De aí a súa proposta para considerar o coidado como criterio para outro modelo de desenvolvemento ético.

Gilligan destacou o valor dunha moralidade feminina alternativa, centrada nas ideas de responsabilidade e coidado e máis atenta ós aspectos afectivos e emocionais do humano. Frente ó individualismo destacábase e empatía, frente á imparcialidade abstracta, as particularidades que nos definen como seres corpóreos inseridos en redes comunitarias. Pero como mostra a evolución posterior do pensamento feminista, ao remarcar as diferenzas de xénero a ética do coidado contribuía a reforzar os estereotipos, así como desatendía os aspectos políticos envoltos nas diferenzas de xénero. De aí derivou unha contraposición entre autonomía e coidado na que o feminismo máis político atopou un novo espazo de mediacións (aí o célebre lema “o persoal é político”).

Máis alá desas eivas, e dos pasos dados polas propias dinámicas sociais cara superar estritos dualismos de xénero, a ética do coidado acertaba en denunciar un individualismo abstracto que é incapaz de dar conta dunha parte sustancial da vida, e apuntaba a unha dualidade antropolóxica que non se pode eliminar nin superar, que está presente en moitas formas (por exemplo entre competencia e cooperación), así como nos debates da teoría política (por exemplo entre liberalismo e comunitarismo).

Pasa algo parecido coa separación típicamente liberal entre público e privado, que o feminismo foi pioneiro en deconstruir, ao reclamar a relevancia política das experiencias privadas. Se aspiramos a un cambio de estruturas sociais, para ser duradeiro debería asentarse nun cambio na propia vida persoal, no tipo de relacións que sostemos, nas actitudes cotiás. Efectivamente “o persoal é político”, algo que explica tamén que as experiencias ancestrais asociadas á crianza, e os intensos vínculos emocionais xerados nas relacións de coidado, se traduciran na división sexual do traballo e na reclusión de boa parte das mulleres (xunto a outras infraclases raciais e económicas) na esfera doméstica, apartándoas dos asuntos públicos. O patriarcado resulta de relacións sociais seguramente establecidas desde milenios, e só poderá cambiar se cambian esas relacións sociais e as actitudes que as sosteñen. Ese continuum do persoal ao político sinalábao moi ben a fórmula de Friedrich Engels “familia, propiedade privada, Estado”, de aí que boa parte do problema da igualdade resida en construir novas formas de relación e modelos familiares, incluindo novas masculinidades –“masculinidades de non dominación, de respeto e de igualdade”, como dí Ivan Jablonka en “Hombres justos” (Anagrama, 2020).

Pero as relacións de coidado son difícilmente recíprocas e igualitarias, xa que derivan de vínculos emocionais diversos e de graos moi variables de dependencia ou compromiso. Sempre haberá unha tensión inestable e disimétrica entre a igualdade abstracta da xustiza e o contrato e polo outro lado as diferenzas vinculadas ao coidado, como ocorre a nivel das estruturas psíquicas, entre as nosas redes cognitivas e as intensidades emocionais que activan a motivación. Esa disxunción non se pode eliminar nin superar, é a nosa pluralidade constitutiva, base da nosa ventaxa evolutiva. O que significaría apartarse tanto da reclusión dos coidados no ámbito privado (opción conservadora e patriarcal) como da idea maximalista dunha cobertura pública que pasara por unha expropiación dos vínculos afectivos.

CONTRATO  O contrato social é o mito fundacional das sociedades occidentais. Xa nos inicios da modernidade pensadores liberáis como John Locke puxeron ese mínimo común na “vida, saúde, liberdade e posesións”, dereitos naturais que se ben destacan sobre o fondo da busca de “seguridade” que salientara Hobbes, concretando unha esfera individual que debía ser protexida polo Estado, por outro lado son funcionáis na formación social e económica que chamamos “capitalismo”. Ao fío deste, ao albur dos ciclos de expansión e contracción económica, hai unha alternancia entre énfase na seguridade e na liberdade, como formas partilladas dun mesmo proceso de universalización do valor de cambio que aínda non atopou fin, pero ao que lle está faltar a perspectiva dun crecemento económico continuo que lle servía de sostén. Moitas disfuncións do sistema veñen desa realidade empírica desatendida pola ortodoxia económica imperante.

 O proceso económico occidental que fixo posible os Estados de benestar parecía dirixirse a combinar a lóxica individualista na que se fundan as democracias (en base ó devandito argumentario do contrato social) coa implementación social dunha outra lóxica altruista e solidaria que viría encarnada na idea de coidados. Se a primeira fixo posible un igualitarismo abstracto que permitíu desenvolver os dereitos humanos, a segunda implica un diferencialismo que atende ós colectivos desfavorecidos desde unha esixencia de solidariedade e compensación das desigualdades. Ambas lóxicas pareceron poder ser combinadas ao constituirse a “economía social de mercado”, primeiro co New Deal que seguiu á crise do 29, e despois coa constitución dos Estados de benestar na segunda posguerra, un horizonte que foi sempre forzado como resposta a circunstancias extremas.

A acelerada financiarización da economía global no último cuarto do século XX, sobre todo desde os anos 90, deixou ás claras cal das dúas lóxicas era realmente prioritaria, e as institucións que encarnan a idea de coidados no plano social, os sistemas sanitario e educativo, tiveron que pregarse á unhas esixencias de rendibilidade que se sobrepuñan ás diferenzas ideolóxicas entre socialdemocracia e liberal-conservadurismo, protagonistas dunha alternancia que non alteraba unha mesma política económica. Á esquerda pareceu que só lle quedaban unhas pingas de política cultural, e o concepto de benestar xa se vía caduco cando a crise de 2008 o acabou de rematar. A asociación entre benestar e sobreexplotación obriga a pensar un mínimo diferente, un Estado ou contrato que asegure para todos unhas condicións dignas de vida.

Pero fóra da orixe máis ou menos remota da división sexual do traballo, foron as sociedades modernas as que levaron a cabo unha estricta segmentación de xénero ao servizo da producción capitalista. Mentres o traballo produtivo é remunerado polo salario, os coidados non remunerados exclúense da propia consideración de “traballo” e constitúen unha esfera doméstica infravalorada pero esencial para o mantemento da sociedade. O contrato debía prover tanto un réxime de producción como de reproducción.

O capitalismo social propio dos Estados de benestar considerou os coidados como unha cuestión de política pública en parte pola incorporación das mulleres ao mercado de traballo.  A situación afrontouse ben cun modelo compensatorio (asignar ás nais certos beneficios, baixas por maternidade, flexibilizacións de xornada…), que redunda nun incremento do traballo das mulleres (porque maiormente siguen a facerse cargo das tarefas domésticas), ben co modelo da profesionalización (parcial) dos coidados, que contribúe á igualdade entre sexos pero incorpora ás mulleres a modelos laboráis masculinizados (sen eliminar de todo a sobrecarga de traballo doméstico). É o modelo que Jablonka denomina de “sostén de familia universal”.

Pero no capitalismo tardío os coidados profesionalizados sofren o mesmo acoso desinversor que outros traballos de escaso valor engadido, en termos monetarios. A “profesionalización” se convirte nun eufemismo, que oculta a realidade da externalización dos coidados por parte das institucións, a súa entrega ao mercado (que en boa parte acaba por retornalos ás mulleres ou desvialos a outras, por exemplo inmigrantes) e, en fin, unha privatización que ten como corolario un imperativo xeralizado de autoprotección.

Saír desa pinza entre individualismo do privado e privatización do público esixiría un contrato social basado no coidado, que tería como obxectivo principal que se recoñeza como tal un “dereito ao coidado” que forme parte da responsabilidade pública, e para facelo efectivo os coidados deben formar parte do concepto de “saúde pública”, co obxectivo último dunha universalización dos coidados que actúe como sistema inmunitario do corpo social.

REMITOLOXIZANDO  É célebre a resposta de Margaret Mead a un alumno sobre cales son os primeiros indicios da civilización humana: os restos dun fémur roto que despois foi curado. O xesto primixenio da civilización consiste según Mead nesa axuda prestada a alguén en situación vulnerable, na capacidade para postergar o propio interés en beneficio doutro. Acostumados a unha sociedade do cálculo e o mercado esquecemos o máis básico, as redes de axuda que non solo nos sosteñen senón que nos fan ser o que somos: seres corpóreos e sexuados, atravesados por necesidades e desexos que trascenden a individualidade e emocións que nos fan entregarnos sen cálculo. Se nun primeiro momento parecía que a crise do coronavirus parecía poder reconducirnos ao esencial o espellismo durou pouco, tanta rapacidade acumulada non atopa fácilmente freo, e todo indica que a bola de neve dunha civilización frenéticamente técnica seguirá a correr. A pensadora feminista Rita Segato fala da fase apocalíptica do capitalismo, e as distopías pasaron rápidamente da ficción ao mundo real, así que toda resistencia é pouca.

Se o coidado foi orixe da civilización pode ser motor desas resistencias, na medida en que o consideremos como a mitoloxía apropiada á nosa condición vulnerable. O coidado non é solo un traballo senón unha parte esencial da humanización, a enerxía humana posta ao servizo dunha transformación perdurable, esencial, pechando un círculo que rache co pesadelo do progreso ilimitado, tan imposible como indesexable. Confrontados a unha transición desde unha sociedade de mercado (insostible) a unha sociedade do coidado (no marco dun coidado da Terra), o coidado como ideal civilizador apunta á realización da igualdade sen establecer relacións de dominio.  

O mito do contrato descansa na ideoloxía da violencia natural e o individuo abstracto, un luxo insostible na fase apocalíptica do capital. Por moito que nos obsesionemos co coidado da saúde, sen unha mitoloxía integral do coidado non estaremos máis que transferindo unha responsabilidade social, base do dereito ao coidado, á maior gloria do Estado terapéutico e as relacións de mercado. Claro que é importante que o Estado provea os servizos de coidado, empezando pola saúde dos corpos, pero sen descuidar o “sí mesmo”, esto é, a alma humana, entendida como un tecido de afectos e relacións sociais, algo así como o noso estado natural prepolítico.

 

miércoles, 26 de mayo de 2021

SEN POLÍTICA DE COIDADOS NON HAI CONTRATO SOCIAL QUE VALLA

SEN POLÍTICA DE COIDADOS NON HAI CONTRATO SOCIAL QUE VALLA


Enlace al último artículo publicado en Praza Pública.

El artículo era en principio para O Salto, pero al final fue para Praza.

El tema de los cuidados dio para varias versiones (esta no será la última) 


 https://praza.gal/opinion/sen-unha-politica-de-coidados-non-hai-contrato-social-que-valla


EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

  El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico   de las últimas seis décad...