El pensamiento es una facultad humana, y pensar un ejercicio
en el que nos ponemos a prueba, nos medimos con algo que se nos resiste y que
querríamos abordar de alguna manera, integrarlo en nuestras comprensiones
previas. Pensar es una tensión que no se da sin negatividad, sin oposición, sin
límite que articule algo con algo, aunque sea de manera precaria e
históricamente variable pero siempre concreta en tal acto del pensar, en tal
momento, establecer un límite que distingue y relaciona, que constituye.
Ese límite y
negatividad que da que pensar (y nos reta y al retarnos nos constituye también
a nosotros como seres pensantes) encuentra un espacio propio en la construcción
moderna del sujeto, al hilo del individuo que se constituye en sujeto (el
sujeto del conocimiento que articula actividad y pasividad, y el sujeto de la
moral, conformado en ese proceso irresuelto entre la autonomía y las
heteronomías). No será aquí más fácil resolver la cuestión de la unidad de lo que lo fue para el pensamiento antiguo
de la naturaleza, ya que el sujeto moderno nace como sujeto escindido (el
problema cartesiano de la comunicación de las sustancias), una burbuja o mónada
para la que el exterior nunca es más que una incierta nebulosa a la que no
queda más remedio que objetivar, al precio de desmenuzar, desposeer, empobrecer
(terreno en el que se hace experta la ciencia). Y no digamos el sujeto moral,
confrontado a sus impulsos y a la reconocible amoralidad del mundo.
Pero aun
admitiendo la amoralidad del mundo, el espacio de la subjetividad puede ser
entendido como una especie de ciudadela, una fortaleza construida para
protegerse y desde la que poder emprender una tarea de conquista. Esa tarea del
individuo que desde Kant constituye su especial dignidad es la de la construcción
siempre dificultosa y precaria del bien. Construir el bien es combatir la
propia minoría de edad, exorcizar la ignorancia, atreverse a pensar. La
filosofía de Kant confiere así al propósito de la Ilustración una base que
durante un tiempo parecerá firme, el sujeto moral irreductible a la naturaleza,
la densidad ética de una conquista de la autonomía y la libertad que se
confronta al vacío de los espacios exteriores (la ley moral en mí, radicalmente
distinta al cielo estrellado sobre mí). El humano en Kant es bifronte, una
existencia heideggerianamente arrojada al mundo y, a la vez, un proyecto de
superación del mundo por parte de un sujeto que se ve emplazado por el anuncio
de retirada de Dios. Entonces, “una vez que la antigua metafísica se ha
desplazado con Kant hasta el interior del sujeto, de Dios no queda más que una
moral rigurosa”[1].
El sujeto
ético adquiere su carta de naturaleza al distinguirse del sujeto epistemológico,
y todo proyecto de carácter ético o político podrá ser visto como la
prolongación de la singular psicología humana, que sitúa en su centro la idea
arquetípica de una “buena voluntad”. Pero el mismo Safranski nos deja una pista
sobre las tempestades que estaban a punto de desatarse con esa reclusión
psicológica. Según él, “Kant retrocedió con espanto ante el pensamiento de que
el mal mantiene un vínculo secreto con la transcendencia del bien”, ya que
ambos pueden imponerse con la misma capacidad a los intereses de la propia
conservación. “¿Por qué la libertad ha de conducir solo en el sentido bueno, y
no en el sentido malo?... Ese es precisamente el punto en el que se apoya el
doble sombrío de Kant: el marqués de Sade”[2].
Descartes había superado la tentación del genio maligno con la confirmación de
Dios, y, en Kant, ese Dios que se convierte en “buena voluntad” se ve
confrontado al abismo de su propia impugnación. Hay una posible legitimidad del
mal que es exactamente simétrica (si no la misma) a aquella que pueda ostentar
el bien.
Ese abismo es lo que explora el
Marqués de Sade, un doble sombrío en el que la transcendencia se pone al
servicio del exceso, de una pasión por la crueldad para la cual los placeres
del sexo no son más que un medio para afirmar la propia soberanía, mediante la
aniquilación del ser. La modernidad corre ahí por una vía secundaria que se
emancipa de la luminosa corriente principal, esa que deviene en el crudo
positivismo del mercado capitalista, y emprende una vía marginal que será
profusamente transitada por artistas, escritores, estetas, desde “Las flores
del mal” (Baudelaire) a “El corazón de las tinieblas” (Conrad), encarnando el
mal en los personajes más fascinantes del cine o la literatura que con el psicoanálisis encontrarán un
acomodo teórico en el interior del sujeto, ya sea la atávica pulsión de muerte
que la civilización no acaba de doblegar, la energía libidinal invertida, o la
perversión del placer obtenido a través del dolor.
Si la buena voluntad es conducida al
sistema de la producción y convertida en el sujeto de una sociedad articulada
por el trabajo, el mal será el doble sombrío del idealismo moral, la sospecha
permanente que cada uno a su modo desatan Freud, Marx o Nietzsche, y también las
raíces animales con las que el darwinismo obliga a confrontar. El instinto
salvaje, el impulso gregario, la permanente lucha, serán caracteres que se
atribuyan a la clase de los depauperados por el sistema organizado de la
explotación capitalista, el sujeto de la alienación, emplazado por la lógica
histórica de la modernidad como sujeto de la revolución. Esa negatividad
adquiere con el marxismo su carta de naturaleza como sujeto político, y la
transformación revolucionaria del sistema productivo no será nada si no se traslada
al interior de las conciencias y produce una transformación de la naturaleza
humana que extirpe su animalidad y dicte el fin de la prehistoria, y el
comienzo de la verdadera historia de la humanidad. Es el anhelo de Marx, que bajo
otras coordenadas será duplicado por ese otro anhelo de Nietzsche por superar
el nihilismo.
El sujeto universal que articuló la
modernidad ilustrada lo hizo al precio de apartar las diferencias y erigir una
superioridad moral que desprecia la diversidad de clase, de raza, de género.
Pero el proletariado, las razas inferiorizadas y las mujeres iniciaron su lento
emerger desde las sombras, ya desde la afirmación romántica de la singularidad.
El buen salvaje de Rousseau, el líder revolucionario o el poeta maldito serán
nuevos prototipos de la civilización pero con la condición más bien de anti-héroes,
como podrían serlo hoy el migrante o el sin techo.
Emerge la cultura de lo particular,
de lo que no se somete a la normatividad de la conciencia ni del sistema pero
reclama su lugar. Es la explosión de un inconsciente social que se populariza
en las formas de la cultura, por ejemplo en el cine, un medio idóneo para el
sujeto de la cultura de masas y los circuitos del consumo. Entran en escena las
diferencias, que acaban por nivelar las antiguas jerarquías. (La posmodernidad
recogerá más tarde ese impulso nivelador de la esfera cultural al difuminar la
separación entre alta cultura y cultura popular, con lo que “un par de botas
equivalen a Shakespeare”[3]).
Es un proceso complejo que ocurre en un tiempo en el que los pioneros de la
antropología establecían el presupuesto básico del relativismo cultural y, a la
vez, el sufragio femenino alcanzaba un umbral definitivo de reconocimiento; dos
fenómenos que abren la modernidad, la tensionan y la enriquecen, estableciendo
un juego de fuerzas más plural que debilita al sujeto que se pretendía
universal (hombre blanco occidental, clase media en ascenso).
Es la concepción antropológica que
venía sirviendo de referencia principal en el pensamiento moderno lo que se
tambalea, obligada a introducir en su seno variaciones antes excluidas a los
márgenes. Es la diversidad de género, de raza, de clase y de cultura, el
difuminado tanto genético como psicológico de los límites de lo humano. El
instinto animal que anida en nuestra psique, cuyo (auto)control es fundamento
de civilización, permite identificar como descontrol patológico el origen de
nuestros males, a la vez que se abre paso una idea de continuidad entre animal
y humano que se consolida con cada avance en la comprensión del comportamiento
animal y de nuestras similitudes con él.
¿Adónde nos lleva este borrado de
nuestra preciada singularidad pasada, en el plano de nuestros conflictos
éticos, sociales y políticos? ¿Cómo se traslada ahí la disolución de las
jerarquías? El interrogante está por resolver, y entretanto asistimos a una
humanidad ampliada que es también una humanidad desfondada, y se abren a la vez
horizontes subhumanos y la perspectiva de una transcendencia del hombre. Gunther
Anders habló de su obsolescencia, y ahí están tanto el desprecio cotidiano de
la humanidad como la ambición faústica de los transhumanismos.
¿Será salvadora la tecnología? La
posibilidad de una mejora ciborg y lo que podría implicar de una nueva
ingeniería social están sobre la mesa, la oportunidad para una redefinición del
trabajo. Sin embargo, parece que lo que se va imponiendo es la idea de una fuga
de nosotros mismos, una suerte de fusión futurista del Übermensch y el
marciano.