domingo, 13 de marzo de 2022

ESPERANZAS PARA UCRANIA

 

No es fácil escribir sobre la guerra en Ucrania cuando ya se dicen tantas cosas mientras los acontecimientos no dejan de avasallarnos, pero difícilmente se puede escribir de otra cosa y vence la necesidad de alguna luz para atenuar el espanto. El orden internacional es un rey desnudo y Ucrania, una pieza mayor en el juego de las potencias y sus zonas de influencia. El retorno de la geopolítica ya no es una novedad pero sí es insólita una ruptura tan brutal como la de Putin de las reglas del juego que daban apariencia política al puro imperio de la fuerza, dejando al aire la piel desnuda del poder.

Lo más sólido son los interrogantes y se impone un principio de cautela ante lo que puede ocurrir. El hecho de la agresión es insoslayable, y la simpatía con el agredido una exigencia moral. Pero se tiene la impresión de contemplar una burbuja creada por el torrente de información interesada en construir un relato edificante y autocomplacerse con la maldad ajena (un malo que nos convierte automáticamente en buenos), un mecanismo clásico de la psicología de masas para agrupar a la tropa en este caso bajo la bandera de una OTAN investida en gendarme de Occidente.

Hay que detenerse y mirar atrás, para lo que releo la crónica del periodista polaco Ryszard Kapuscinski en “El Imperio”. Kapuscinski destaca la belleza de Kiev, “la única de las grandes ciudades de la antigua URSS en la que las calles sirven no para escabullirse a casa lo más deprisa posible sino para caminar y pasear por ellas” (luego une también a San Petersburgo). El libro, que ya tiene treinta años, habla de una Ucrania que son dos, la occidental y la oriental, “la occidental es más “ucraniana” (parte de la antigua Galitzia, a la que llama el Piamonte ucraniano), pero “la situación es muy distinta en Ucrania oriental, donde viven más de trece millones de rusos de pura cepa y por lo menos otros tantos semirrusos; aquí la rusificación fue más intensa y brutal, aquí Stalin asesinó a casi toda la inteligentsia”, y los que pudieron huir hicieron que “la cultura ucraniana se haya conservado mejor en Toronto y Vancouver que en Donietsk y Járkov”. Las raíces de la rusificación de Ucrania se remontan a más de tres siglos y el ucranio ya fue prohibido en las escuelas por el zar Alejandro II.

Con la Declaración de Soberanía de 1991, Ucrania decide ser un Estado neutral y desnuclearizado, y renuncia al que podría ser el tercer mayor arsenal nuclear del mundo a cambio del respeto a su seguridad e integridad territorial, algo que Rusia solo aceptó a regañadientes (porque “sin Ucrania, Moscú queda arrinconado en los bosques del norte”, como decía en los años 30 un historiador polaco citado por Kapuscinski) pero al cabo tampoco la OTAN-EE UU consideró necesario respetarlo, al aceptar desde 2007 el inicio de un proceso de adhesión para Georgia y Ucrania.

Ucrania siempre fue objeto de la codicia del imperio ruso y después de la URSS, como lo recordará siempre la masacre de Holodomor, y Putin se ha intoxicado con la nostalgia de ese mundo perdido que la ideología nacionalista (ahí el influyente pensador Alexander Dugin) proyecta en la idea de un espacio vital ruso que quedaría descabezado sin Ucrania. La virtud (los valores tradicionales amenazados) como ropaje de la necesidad y el interés económico, y más encontrándose Ucrania en el centro de la disputa por el control del gas. Nostalgia y megalomanía de un actor que lleva más de una década buscando el reacomodo ruso en la multipolaridad abierta por el declive norteamericano.

La razón moral siempre estará del lado de los inocentes que sufren los bombardeos, pero hay que evitar ver el conflicto como una disputa entre dos pueblos, en lugar de una disputa entre élites de poder de la que el pueblo ucranio (y pronto el ruso) es rehén, como en su día lo fueron chechenos o iraquíes. Espanta por ejemplo escuchar a Hillary Clinton considerar la opción de armar a los ucranios como en su día se hizo con los afganos contra los soviéticos, y ya se escucha al complejo militar-industrial frotarse las manos.

¿Qué cabe esperar (como decía Kant)?  ¿Se abrirá paso la Rusia anti-Putin? ¿Perderán apoyo los populismos europeos que coquetearon con él? ¿Será la apertura europea de fronteras un ejemplo a seguir? ¿Se contendrá China con un poder blando que no ponga en peligro su infiltración económica? ¿Descubrirá Europa la oportunidad de un criterio propio y de algún tipo de acuerdo de convivencia con Rusia? ¿O asistimos al inicio de un futuro bélico y autoritario? Si la especie aspira a tener un futuro que habitar tiene que haber esperanzas para Ucrania o, de lo contrario, la lógica imperial de las naciones agraviadas será la receta segura para el desastre.


(PUBLICADO EN EL PROGRESO EL 12/03/2022)

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