CATÁSTROFES (EL 11-S VEINTE AÑOS DESPUÉS)
Grupo DOXA
El derrumbe de las Torres Gemelas
de Nueva York hace 20 años marcó con su estruendo y su nube de polvo el inicio
del siglo XXI, un siglo que a estas alturas ya se ha labrado un perfil propio. Después
de las Guerras Mundiales y la Guerra Fría que marcaron el siglo XX hemos ido
hacia una especie de “paz caliente” o lo que Hans Magnus Enzensberger llamó
“guerra civil molecular” (y Paul Virilio, “Estado suicida global”). Las señales están por todas partes. Los
atentados del 11 de septiembre fueron un símbolo, y la “guerra contra el
terrorismo” el emblema que (pese al desastre afgano, de consecuencias todavía
inciertas) dió carta de naturaleza a un nuevo modo de confrontación identitaria.
El siglo comenzó con ese giro
geopolítico, al que se unió el estallido de la burbuja financiera y la Gran
Recesión, coincidiendo con la puesta de largo china en las Olimpiadas de 2008
en Beijing. Se dibujaba una nueva rivalidad, que preparó el terreno para la
estrambótica presidencia de Donald Trump. Entretanto, a este lado se desata la
enésima crisis de identidad europea, solo en parte contenida por la longevidad
política de Angela Merkel que ahora toca a su fin.
La emergencia de nuevos actores
relevantes (Brasil, India, Rusia, Turquía…) transformó las relaciones de fuerza
y echó por tierra el relato neoliberal de una globalización inevitable, de
dirección única, determinada por el proceso económico. El panorama ya es otro, unos
Estados que se rearman y unas políticas nacionales que se enfrentan a la hiperglobalización.
Vuelven la dinámica de las zonas de influencia, los enclaves, los conflictos
territoriales. En realidad nunca se han ido (para muestra ahí siguen Palestina
o el Sáhara), pero si antes formaban parte de dinámicas exportadas a las periferias,
ahora tienen que ver con la reconfiguración de los centros de poder (como fue
el caso de Ucrania y ahora Afganistán).
Todo es ya periferia, desde los
pueblos amenazados por conflictos climáticos y problemas de escasez y acceso a
recursos básicos hasta grandes naciones que se permiten el lujo del proteccionismo
y el incremento de los presupuestos militares. No se trata ya de mundos
opuestos al estilo de una política de bloques, que conferían cierta legitimidad
y adhesión ideológica, sino un mundo
horadado y dividido en el que saltan a la vista las desigualdades y cunde la
desafección política, un mundo atomizado, comunicado por flujos comerciales
pero replegado en sí, individualista.
Por todas partes están las señales de una mutación
histórica en curso, un proceso complejo que captura no solo la actividad
económica sino la totalidad de la vida cultural, y produce nuevas formas de
subjetividad. Se habla de una subjetividad adaptable y flexible, creativa, en
perpetua innovación, pero esas mismas proclamas funcionan como exigencias del
capital, y sirven para precarizar el trabajo, interiorizar la explotación y
convertirla en libre, soberana autoexplotación.
Al menos desde el inicio de la
era nuclear, cuando se pone en marcha en 1947 el Doomsday Clock (Reloj del
Juicio Final), pende la amenaza del desastre.
En poco tiempo los soviéticos llevarían a cabo su primera prueba nuclear
y nacería la República Popular China.
La disuasión nuclear, que llevó a la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada,
cumplía en el relato la misma función que los bombardeos de Hiroshima y
Nagasaki, disputar el dominio global después de la guerra y evitar la invasión
soviética de Europa occidental (lo
documenta prolijamente Peter Watson en
“Historia secreta de la bomba atómica”). Pero el siglo XXI no se ha desprendido
del miedo permanente a la catástrofe, al contrario, esa doctrina no haría más
que ampliarse e ir más allá del terreno de lo militar. Motivos para la alarma
no faltan. El cambio climático, el agotamiento de recursos, la pobreza o el
riesgo de nuevas pandemias no parecen tener visos de solución en plazos
imaginables, y mientras tanto seguimos practicando el crecimiento como único
remedio a un problema que tiene que ver con los límites de nuestro modo de vida.
Pero ignoramos que ese remedio no es posible, y esa contradicción entre lo que
sabemos (desde el punto de vista teórico y científico) y lo que hacemos (empujados
por el mercado y la tecnología) nos atenaza, nubla el futuro. Es lógico que se normalice
la sensación de colapso.
El impacto de los aviones en las
torres y su desplome hace veinte años forman parte de la iconografía
contemporánea de la catástrofe, como el hongo atómico de Hiroshima o la
propagación del Covid-19. En realidad hay tantas imágenes posibles de la
catástrofe que esta parece convertirse en una película continua a los ojos de
un espectador acomodado, pero no olvidemos que para muchos es una tragedia
cotidiana. Si en la guerra fría los misiles fueron contenidos, o cómodamente exportados,
desde el 11 de septiembre de hace veinte años el mundo
es todo él un inmenso arrabal donde revolotea la mariposa del caos. Un
aleteo en las montañas afganas y que tiemble Wall Street. Como si la catástrofe
fuese la única sustancia del mundo.
SEPTIEMBRE 2021