sábado, 20 de julio de 2024

TATTOO Y FILOSOFÍA

 

¿Es usted de los que hacen gala de sus tatuajes? o, por el contrario, ¿le parecen una moda pasajera, ajena a su estilo, de la que muchos se arrepentirán en el futuro? Quizá pertenezca al grupo de los discretos y, ahora que llega el verano y los cuerpos se van descubriendo, deje aparecer ese tatuaje que el resto del año pasa desapercibido. Las marcas en la piel ya no son una extravagancia. Hay datos según los que un tercio de la población lleva algún tatuaje, un 20% llevan dos y un 10% más de seis, con tendencia creciente en los últimos treinta años. No se trata solo de un atavismo antropológico, presente en todas las culturas desde hace milenios, sino una moda que vale como síntoma, una práctica que nos dice algo acerca de nosotros mismos y de en qué configuración cultural vivimos y, viendo las tendencias, de hacia dónde nos dirigimos.

El tatuaje es de larga historia en las culturas humanas. Podríamos remontarnos hasta el famoso hombre de hielo encontrado en los Alpes, Ötzi, que tenía docenas por todo el cuerpo, pero fueron exploradores británicos del siglo XVIII quienes importaron una práctica asociada al estigma (como la “letra escarlata”) que en el XIX se populariza, sobre todo en París, acercando el tatuaje al espectáculo de lo anómalo, sacando a la luz ese rostro atávico de la modernidad que diagnosticó Walter Benjamin. Hasta que el fenómeno, en el siglo XX, se emancipa de sus funciones más narrativas y adquiere rango de fenómeno puramente estético, que incluye el exhibicionismo y la provocación de célebres “performers” (como el Lizardman de Erik Sprague, con su lengua bífida y el cuerpo recubierto).  

La antropología y la historia se ocuparon largamente de un tema al que le encaja bien el análisis pionero que hizo Georg Simmel sobre la moda, a partir de una doble tendencia a uniformizarse y distinguirse. La reciente “Filosofía del tatuaje” del italiano Federico Vercellone va sin embargo más allá y convierte el fenómeno en todo un síntoma de alcance metafísico y político. A un nivel más obvio, nos tatuamos porque buscamos signos de identidad alternativos que nos reconecten con el cuerpo, porque vivimos una cultura de lo superficial  que nos lleva a hacer ostentación de nuestras marcas de pertenencia, y la piel es nuestra superficie propia, nuestra identidad visible. “Lo más profundo es la piel”, decía Paul Valery.  Todo esto hace eco con las insatisfacciones del modo de vida moderno.

Pero hay algo más, como decíamos. La “era del tatuaje” que iniciamos es aquella en la que todo ha entrado en crisis, la del ocaso del humanismo, un mundo en el que se establece “el intercambio entre verdad y autenticidad”. El tatuaje como símbolo de un “capitalismo estético” que sustituye lo verdadero por lo auténtico, el equívoco fundamental que resulta de nuestra condición nihilista.

Y de fondo la crisis de la democracia en favor del populismo. ¿Hay quien dé más? Entre el ancla que llevaba mi abuelo en la mano izquierda y mis hijos que quien sabe pero son firmes candidatos, se disolvió el clasicismo de mis padres que tendrían una opinión tan negativa como la de Kant, para el que eran impropios de la dignidad de un hombre los tatuajes que llevaban los neozelandeses. Entretanto, se abrió paso este mundo postmetafísico que antes de Nietzsche ya anunció Hegel: la modificación de la naturaleza como testimonio de la libertad; algo que, sin embrago, solo conocemos en su versión más bárbara, todavía. Piénsenlo, sobre todo cuando estén bajo la luz de su tatuador.  

PUBLICADO O 30 DE XUÑO 2024

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