É NEGRA KAMALA HARRIS? APUNTE SOBRE A ANOMALÍA RACISTA
Enlace a artículo publicado en "El Salto diario" (edición Galiza) sobre genealogías del racismo:
https://www.elsaltodiario.com/racismo/e-negra-kamala-harris-(apunte-anomalia-racista)
É NEGRA KAMALA HARRIS? APUNTE SOBRE A ANOMALÍA RACISTA
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https://www.elsaltodiario.com/racismo/e-negra-kamala-harris-(apunte-anomalia-racista)
LA CAVERNA PORTÁTIL
Cada época tiene sus iconos.
Pueden ser personajes, textos o escenas de especial carga simbólica, lugares o
momentos que concentran el sentido de una
época mejor que extensos y abstrusos tratados. La muerte de Sócrates, por
ejemplo, es una escena así. Es tal la densidad de lo que representa que puede
verse como emblema de un momento crucial en la antigua civilización griega, y
de hecho así la consideró Platón, porque era el síntoma de una decadencia que
ya estaba ahí aunque sus protagonistas no fueran conscientes de ella, algo que
habría de ser confirmado por el discurrir posterior de los hechos tal como
fueron consignados por la historia.
Platón vió la importancia de
ese hecho porque también fue clave para él mismo. Él vivió la muerte de su
maestro como un trauma personal cuya superación fue la tarea de su vida y el leit motiv de su filosofía; toda su
larga carrera fue una lucha por deshacer ese maleficio del que a la postre no
podría desprenderse, y ese sea quizá el sentido profundo de sus repetidos
fracasos.
La muerte asumida, que no
voluntaria, de Sócrates es sin embargo una escena que hoy ya no tiene el
simbolismo que pudo tener para alguien como Platón. Hoy en día no tenemos ese
sentido antiguo del honor, y lo más fácil es que malentendamos las razones que
llevaron a Sócrates a tomar la cicuta. De hecho es una escena que aunque haya
sido repetidamente versionada por la literatura y el teatro, no forma parte de
la imaginería popular griega actual; es una escena anacrónica, cuya
representación es escasa en la artesanía comercial. Ya no entendemos a
Sócrates, forma parte de un mundo desaparecido.
Hay otra escena que sin
embargo no ha perdido nada de su vigencia. “Imagina unos hombres en una especie
de morada subterránea en forma de caverna, con una larga entrada abierta a la
luz, e imagina que están allí desde niños con las piernas y el cuello
encadenados de manera que tienen que permanecer allí y mirar únicamente hacia
delante, pues las cadenas les impiden volver la cabeza…” El texto continúa pero
quizá no sea necesario aportar más porque ¿quién no sabe algo de esta historia?
Es la famosa caverna de Platón, un relato que está en el origen de nuestra cultura
y que al mismo tiempo sorprende por su actualidad. Dentro de la caverna hay
todo un dispositivo de proyección que convierte a los prisioneros en constantes
espectadores de las formas que bailan en la pared del fondo, el paralelismo con
una sala de cine es tan evidente que lo que nos cuenta Platón tiene la
verosimilitud que no podía tener para los atenienses de hace dos mil
cuatrocientos años, más aún si pensamos que la presencia de las imágenes
desborda el fenómeno del cine y ocupa hoy la totalidad del espacio, social y
sobre todo privado.
El texto platónico contiene
multitud de escenas que le dan un carácter aventurero: el prisionero que
después de salir de la caverna vuelve a entrar en ella y discute con los que
allí quedaron, las suspicacias con las que se encuentra, el riesgo de muerte
que afronta. Con todo, lo que le da al relato de la caverna un carácter
fundacional no es la imaginería tan audiovisual, que incluye efectos de sonido,
sino el significado que transmite: los prisioneros son una representación de la
humanidad, y el texto viene a decirnos que vivimos en un mundo de apariencias,
y distingue entre el interior sombrío de la caverna y el claro mundo exterior,
entre lo que simplemente nos parece y lo verdaderamente real. No hay definición
mejor de la filosofía que esta, el tránsito de la apariencia sensible a la
verdad, la salida de la caverna. Todo el trabajo filosófico y científico,
incluso el humanismo moderno y los fundamentos de la política, beben de ese
mismo impulso de traspasar lo dado hacia una realidad más auténtica, esa imagen
de la caverna que nos define como seres separados de nuestra plenitud y
sometidos al designio de las circunstancias históricas, confrontados a la
ignorancia, el pecado, la alienación. Es una constante de nuestra tradición
cultural, la imagen iluminista y revolucionaria de la caverna, el camino hacia
un conocimiento liberador y una sociedad redimida.
Pero hay otra lectura posible
de la caverna en la que esa dualidad de planos de lo real es una condición
estructural que está bajo toda variable histórica. Es una lectura menos
complaciente de la condición humana, escindida de raíz entre el impulso de
intervenir en lo real (la audacia técnica de Prometeo que le roba el fuego a
los dioses para entregárselo a los hombres) y lo que en los mitos representaba
su hermano Epimeteo, el que solo comprende “después” y que por eso siempre
llega demasiado tarde, como la lechuza de la sabiduría que según Hegel levanta
el vuelo al atardecer, después de haber ocurrido los hechos del día, una
condición por ese motivo expuesta a la decepción, vulnerable ante los males del
mundo que el propio Epimeteo provoca al abrir la caja de Pandora.
Si la primera imagen
de la caverna agudiza la oposición entre la razón (el prisionero liberado) y
otras formas inferiores del saber que nos mantienen en la oscura ignorancia,
abonando una interpretación racionalista que acabaría por ser canónica en la
historia de la filosofía, la segunda es una imagen más trágica, y más vinculada
a la sabiduría arcaica (no solo griega) que subrayaba la distancia entre la
irrealidad de la vida humana y la verdadera realidad en la que vivían los
dioses, de la que es un trasunto el abismo platónico entre las cosas y las Ideas.
Pero lo que me interesa señalar es que comparadas ambas lecturas al decurso de
los hechos históricos, hay muchas objeciones que hacerle a la interpretación
iluminista y emancipadora de la caverna, mientras que la lectura trágica no solo
no es desmentida sino que parece confirmarse a cada paso. ¿No fue acaso el
cristianismo un inmenso dispositivo de ilusionismo filosófico? Y qué decir de
la potencia simbólica del capitalismo para hacer pasar por voluntarios los
nuevos mecanismos de servidumbre, una potencia que las formas avanzadas de
tardocapitalismo o como queramos llamarle (sociedad de la información, mundo
digital) no hacen sino acentuar.
Así que la caverna
está más vigente que nunca, multiplicada e individualizada por todo tipo de
dispositivos portátiles a una escala antes impensable. Igual que los
prisioneros de Platón, estamos acostumbrados a una interfaz que mediatiza
nuestra experiencia. Da igual ocio o trabajo, cada vez nos cuesta más prescindir
de la prótesis digital que llevamos en el bolsillo para calmar nuestra
adicción, ya no somos capaces de imaginar cómo era la vida antes del teléfono móvil.
No se trata de
demonizar el artefacto porque los beneficios están a la vista de todos, el
asunto es ser consciente de lo que se pierde tanto como de lo que se gana, y
que cada quién ajuste sus balances. Toda tecnología, decía McLuhan, es tanto
una extensión de nuestro cuerpo físico como una amputación de algunas de sus
funciones. Los medios de transporte amplían nuestro radio de acción y al mismo
tiempo nos hacen ineficaces, torpes y cómodos, pero hay que reconocer que la
vida “antes de” (del móvil y no digamos de la televisión, el coche o la
electricidad) nos traslada a escenarios casi inimaginables.
Lo malo de los
teléfonos móviles no es solo que sean inteligentes (denominación esta que ya
lleva consigo nuestra depreciación como animales racionales, igual que la condición
civilizada acabó con nuestro origen cazador) sino que acaben por tomar nuestras
decisiones. Amputados no solo de entendimiento sino también de voluntad. Hemos
de admitir que nunca más serán como antes ni las relaciones humanas ni el
conocimiento ni la política, nada en la vida será igual. Bienvenido sea,
mientras esté claro quien lleva el control, lo cual no es un reto menor. El
asunto es pluralizarse, y cada vez es más cierto que eso hoy pasa por defender
espacios libres del monopolio digital. Vivir en la caverna saliendo a cada poco
a respirar algo de aire puro mientras eso sea todavía posible.
Rescato un poema de hace ya un tiempo para arrojárselo a la cara a esta tarde mustia y decirle venga, no me vengas con esas, que yo fui señor antes de siervo y el que tuvo...
Toda la luz (verano del 14)
Toda la luz que atesoraba el día de aquel verano
La espuma de las olas trenzadas como crestas
En los tablones del embarcadero
Su ondulación como una danza
Atravesando el aire
Llevada hacia dónde
Por alas de gaviotas febriles
Toda aquella luz descendió
Como un foco que recorta una silueta
En las profundidades
Pantalón blanco, blusa blanca
Gafas de sol, melena al viento
Pasos que tratan de adivinar el ritmo
De las olas sobre las tablas recias
Tus ojos mirando de pronto
Mis ojos tristes de entonces
Diciendo sin palabras dónde estaba mi futuro.
Será para siempre ¿no?
Me atreví a responder en voz alta
A la angustia de no saber
Y aún así estar allí
Tras los cristales rotos del pasado
Cosido con los reflejos de aquella luz
Y el hilo de seda de nuestros pocos recuerdos.
Será para siempre, dije
Queriendo atrapar aquella luz
Que temblaba en nuestro mediodía.
Y en un murmullo oí: yo nunca te dije otra cosa
Y esa respuesta traspasó la piel del tiempo.
No sé medir lo que vino después.
La luz se hizo más intensa hacia el atardecer
Los cuerpos se fueron tensando
Y después de camas deshechas y casas llenas
Y carreteras con puentes dorados
Y vacíos que se fueron llenando
Aún brilla alguna década
Más de media vida después
En los tablones que se van gastando.
¿Para siempre? Eso no lo podía saber entonces
Como nadie más sabe la respuesta
Tiempo añadido al tiempo
Y bien a la vista
El regalo de la única felicidad sin precio.
POLÍTICAS DE LA INMUNIDAD
Nuevo artículo publicado en El Progreso el 10/X/2020.Otro más sobre la pandemia:
"Políticas de la inmunidad"
Después de siete meses de pandemia, la curuxa a la que hacemos honor en esta sección ya puede levantar su vuelo vespertino e ir dejando algún concepto para la reflexión. Que el mundo no es un sistema cerrado y previsible ya lo sabíamos, y que nuestro conocimiento forma una pequeña luz en un mar de incertidumbres. Si ya antes se trataba de un diagnóstico plausible, válido para el mundo a pesar de sus leyes físicas, lo es mucho más para las sociedades, afectas de suyo a lo complejo e imprevisible. Ahora, con la pandemia, todos los ámbitos de nuestra vida están mediatizados por un proceso sobre el que poseemos escaso control, y la incertidumbre se vuelve una condición de existencia, casi una descripción del estado de las cosas. El virus coloniza lo real, y es como si revelase algunas verdades incómodas que antes solo sospechábamos.
Una de ellas es que el peligro en realidad somos nosotros, los anfitriones del virus, los
medios privilegiados para su subsistencia y propagación. El virus sigue la
misma lógica comunitaria que seguimos los humanos, por eso solo podemos
combatirlo debilitándonos a nosotros mismos, poniendo la distancia que atenúa los
contactos y debilita nuestra sociabilidad. En el horizonte aparece una sociedad
más atomizada, que contrasta con la concentración del poder y el dinero en
núcleos más potentes y escasos.
Otra verdad incómoda atañe a nuestro modo de vida depredador,
que incrementa el peligro que suponemos, también para nosotros mismos. El
fenómeno del contagio nos sitúa ante un dilema funesto, entre la paranoia y la
irresponsabilidad. La experiencia del confinamiento nos ha mostrado que el
decrecimiento es posible, pero a un precio catastrófico para nuestro modo de
vida.
A la lógica de la extensión viral se superpone la de la
inmunidad que buscamos. Roberto Expósito ha defendido hace tiempo la naturaleza
inmunitaria de las sociedades modernas, contrapuesta a la idea de comunidad. Según
su análisis, inmune es quien no le debe nada a nadie, el que está exento de la obligación
de lo común. Esa era una dispensa de la que antes gozaban los soberanos, pero
en las sociedades del individuo y el mercado es una prerrogativa que se
extiende a todo el cuerpo social, hasta el punto de que la seguridad del
individuo, su inmunidad, se convierte desde Hobbes en el objetivo principal del
Estado. La política ya no está para el mejor gobierno de la república, al modo
de la excelencia que cultivaban los antiguos, sino para la conservación de la
vida en su materialidad biológica. Política y vida biológica se vuelven
inseparables, la política se convierte en biopolítica, y esta es necropolítica,
porque vida y muerte no pueden desenredarse. De ahí también que tantos
fenómenos vitales sean vistos como patologías que deben medicalizarse.
Igual que buscamos una vacuna que nos proteja de los
patógenos, buscamos limitar y controlar el poder para protegernos de su
desmesura y someterlo a los intereses de nuestra conservación. El contrato social
sería esa vacuna que nos inocula algo del peligro que combatimos, que encauzamos
en leyes, instituciones y autoridades, igual que firmamos pólizas y contratamos
seguros para someter lo inclemente de la existencia, hasta que un día
descubrimos que estamos expuestos a un poder que nos supera, y nos descubrimos
vulnerables y dependientes en una medida inesperada.
Y luego está ese fascinante concepto epidemiológico de la
inmunidad de grupo, que nos pone ante un vínculo mucho más estrecho entre
individuo y comunidad de lo que sugería la contraposición comentada del
filósofo italiano. Dando por descontada la dificultad de establecer ese umbral
inmunitario, que es uno de los grandes enigmas de la pandemia ya que implica
una compleja combinación de cálculo matemático y distribución demográfica,
pensemos que alcanzarlo resulta de un fracaso en la contención del virus tras
el cual, sin embargo, va desapareciendo la ocasión propicia para su
propagación. Una gran tentación para los políticos que tienen que tomar las
decisiones, pero a un precio demasiado alto en términos de vidas humanas. Por
eso los que como Boris Johnson adoptaron en principio la idea enseguida
recularon alarmados, aunque quizá solo fuese porque el virus acabó
contagiándolo. Otros como Donald Trump se muestran sin embargo mucho más
contumaces, con las poblaciones tomadas como objeto de experimentos de resultados
inciertos. Mientras aquí seguimos a nuestros líos, con la política nublándolo
todo.
LA MÁSCARA
En cada puerto de este blog pueden atracar viejos paquebotes que vienen de otro tiempo, o simplemente retazos de escritura rescatados de mis cuadernos antiguos o recientes. No sé cuál es mi género, pero hay unos cuantos escritos que tienen la forma de un poema. Solo unos pocos vieron la luz. Es lo más recóndito de mis horas.
Este verano hice un poema a las mascarillas que se convirtieron en parte del atuendo general. A falta de otro título le puse LA MÁSCARA.
En la ladera del basurero crecían flores increíbles
pero nadie las veía
tampoco era fácil pisotearlas
la inteligencia no puede ser tan siniestra
como la vergüenza
o el exceso de visibilidad
llega con media cara tapada
debió de pensar alguien
para ocultar las marcas del cansancio
hacer de la presencia una forma de ausencia
que resbala, como el sudor
hacia tu libertad interior incomunicada
en el abismo que separa tu teatro privado
y las sombras que te cruzas por la calle
el contorno difuminado de las panaderías
en una película de astronautas antiguos.
Creíste manejar la comunicación entre los dos mundos
solo moviendo los ojos
y para eso refinaste el arte de la mirada
pero no adivinaste que las sombras
también se camuflan, enmascaran
el tedio, la alegría igual que la pena
todo igual, al abrigo de los gestos íntimos
como si no existieran los deseos
todos iguales
en lo que ocultan, artistas
del disfraz con vocación de solitarios.
Existe la fundada sospecha
de que alguien encontró una solución mágica
para ganar con la plural derrota
mientras las sombras
solo cambian de lugar.
VERANO 2020
APUNTE DE NUEVA YORK
Antes de partir miras una y otra vez el contenido de la
maleta, repasas por si se te olvida algo importante, piensas que puede llover,
que tendrás que afeitarte, calculas cuántos días y noches serán. Las maletas
siempre tienen que llevar alguna incongruencia, allá en el fondo del último
bolsillo con cremallera, un por si acaso. Ya se encargará la vida de
desmentirte, de dejarte tirado después de hacerte cargar con cosas que no
necesitaste. Los viajes son un juego al despiste sobre lo que importa y lo que
no. Me gustaría llevar una brújula si no estuviera estropeada. Veo la maleta
cerrada y pienso en lo que aún me quedará por improvisar.
Los largos viajes aéreos: cientos de asientos con pantallas
individuales, el entertaiment como
parte de la producción industrial del movimiento, el viaje encapsulado de
masas.
Cuando escribes sobre una ciudad en realidad lo haces sobre
tu experiencia de ella, yo os contaré una parte de lo que viví que puede que no
haya existido más que en mi atribulada cabeza. Ni siquiera he visto todo lo que
puedo contar, muchas veces dejo que ella sea mis ojos, y así no tengo que
registrar tantos detalles y puedo entregarme a mis ensoñaciones. Es cálido
dejarse llevar como quien sigue un hechizo. Llevo un libro de Colson Whitehead,
“El coloso de Nueva York”, en el que
leo: “Necesitas un hechizo para saber ver las cosas”. Ella es mi hechizo, y a
veces es tan veloz que me quedo atrás y me siento lejos de todo, aunque de
hecho esté en el centro del mundo.
Después de un largo tiempo en la aduana donde somos
extranjeros del común, entramos en Nueva York desde el aeropuerto JFK. Las
primeras imágenes no son los rascacielos sino los suburbios que tantas veces hemos
visto en las películas. Grupos de negros enormes rondando las pistas
deportivas. Un larguísimo cementerio bordea la carretera, cada tumba una
pequeña lápida vertical clavada en el suelo, un bosque minúsculo que se pierde
de vista. El taxista no conoce bien la forma mejor de llegar a nuestro destino
pero al fin bajamos frente al hotel Nirvana
de Queens y dan ganas de besar el suelo, si no fuera una avenida polvorienta en
una especie de polígono posindustrial. Pero es nuestro nirvana y cumple bien su
función, allí nadie hace muchas preguntas.
En el primer desayuno multicultural pienso en Henry James
cartografiando la distancia entre Europa y América. Me siento a la vez en el
bando de los mejores (y me doy cuenta de mi ingenuidad) y de los perdedores. El
crisol americano es una centrifugadora de la que sale despedido lo más extremo.
En lo privado reina la anarquía siempre que no moleste, la idea de lo colectivo
no encuentra donde crecer. Veo las montañas de plástico que se tiran cada día,
platos, vasos y cubiertos y pienso en bombas cayendo en un lejano desierto. En
el vestíbulo se puede pasar un rato agradable de espera, comprobando un gusto
exquisito por las imitaciones.
Nuestros días son de largas caminatas por las calles y
avenidas, desde nuestro nirvana de Queens tenemos dos opciones para coger el
metro hacia Manhattan, la estación de Queensbridge
cerca del hotel pero con menos conexiones y otra más lejos, Queensboro Plaza, desde donde viajamos
directamente a la Quinta Avenida. Tenemos que exprimir el tiempo y no hay
parada más que para lo imprescindible, mientras yo fantaseo con esos viajeros
que pasan largas horas encerrados en su habitación de hotel en ciudades
extrañas, decantando sobre un cuaderno o un teclado las emociones vividas. Yo
llego al hotel ya de noche y solo soy capaz de escribir unas líneas, cuando no
es el sueño del cansancio el que nos atrapa antes. A veces, tan lejos y tan
cerca, tenemos nuestros momentos de rápido amor.
Nuestra primera salida a la superficie en Manhattan desde el
metro nos hace levantar las cabezas para admirar los rascacielos. Estamos en
Times Square, el río del mundo. Una muñeca rusa repleta de copias, con todos
los colores y lenguas. En las fachadas parpadean los letreros luminosos que reclaman
atención y distraen de las esquinas donde los pobres ocultan su miseria. No hay
alarde en la pobreza ni en la opulencia, hay como una normalidad en la que cada
cual acepta su lugar en el mundo, en el vasto río. Yo pensaba en extensiones enormes
y sin embargo hay como una medida humana, de manera que es fácil habituarse y
poco a poco la ciudad se va haciendo tan familiar como nos lo parecía en el
cine.
Los dos primeros días cogemos un bus turístico para adquirir
nuestras primeras impresiones de la ciudad. Desde Times Square descendemos las
avenidas hacia el Downtown y el puente de Brooklyn, y lo cruzamos entero con la
idea de volver pero no sabíamos que esa iba a ser la única vez que lo haríamos.
Los lugares que nunca vuelves a ver te dejan una cuenta pendiente, como una
relación dejada a cajas destempladas, pero no fue el caso con el puente de
Brooklyn que se convirtió nuestros días en Nueva York en un centro de atracción
al que volvíamos una y otra vez y alrededor del que exploramos el sur de
Manhattan. El torrente humano de Times Square, encerrado entre los altos
rascacielos, se convierte aquí en otro tipo de río que se mezcla con el mar y
te da otra dimensión de Nueva York, desde el borde, viendo su perfil, que se
convierte en mítico si consigues superponerle el escorzo de un trozo del puente
de Brooklyn.
Antes de cruzar el puente estuvimos un rato los niños y yo
mirando la actuación de unos acróbatas negros, y claro, me tocó, cuando
reclamaron la participación del público ví cómo un negrazo me hacía gestos y allá
voy, en una fila de hombres que hablábamos seis o siete lenguas en medio de la
plaza, y una chica al extremo de la fila. Nos ordenaron por altura y el reto
consistía en que otro atleta saltase por encima de todos nosotros, a mí me tocó
junto a la chica, el españolito más bajo junto a un portugués y un chino. Menos
mal que después de unas cuantas chanzas que solo entendí a medias me eliminaron
del juego, por no haber sido a su juicio suficientemente generoso. Yo ya me
sentía de sobras cobrado así que no lo tomé a mal. Pudimos irnos de allí y
pasar al otro lado, en Brooklyn, donde comimos en una animadísima Street Pizza
y después regresamos en el subway.
Aquella parte de la ciudad nos regalaba otro Nueva York, con la presencia
poderosa del mar. Todavía habíamos de volver a Brooklyn una vez más, al barrio
judío de Williamsburg. Lástima que era un sábado y los comercios estaban
cerrados, aun así era como espiar otro mundo. Fuera del tiempo y la velocidad.
Igual que los colores de la piel negra y los olores de las especias de oriente,
aquellos niños con tirabuzones quedaron a fuego en nuestra escenografía de
Nueva York.
Una de las excursiones nos lleva a la Zona Cero. Destaca desde lejos un edificio de Calatrava con
forma de águila desplegada que sirve como intercambiador de transportes, allí
cerca se abren en el suelo dos inmensos huecos en el lugar que ocupaban las
Torres Gemelas. Hacia dentro los huecos son grandes cascadas de agua que
desaparece hacia lo profundo de la tierra, que parece poder engullirlo todo, y
alrededor, grabados en el metal, se pueden leer los nombres de todos los que
murieron allí. El lugar sobrecoge. Poco más puede hacer uno que acodarse hacia
el agua que cae y fundirse con el silencio del abismo de agua. Pensar en lo que
pudo haber sido la catástrofe, en los días, semanas y meses que el polvo
continuaba flotando en el aire e impregnándolo todo del recuerdo de la muerte.
Perdidos por el Midtown West acabamos cerca de la estación de
Port Authority, donde –cuenta Colson Whitehead– “los autobuses parten con
quienes necesitan marcharse y vuelven con recambios desde todos los estados”.
Nuestro paseo acaba con una cena ligera en el Gotham Wes Market, y de nuevo al
metro. En el vagón hay un anuncio de cursos de filosofía sobre la felicidad y,
a su lado, otro donde se ofrece atención a los enganchados a la heroína. Ambos
anuncios resuenan con una complicidad secreta. Todo muy terapéutico, aséptico
en las formas pero dejando entrever un fondo de oscuras perturbaciones que
conviven con la puntualidad variable de los trenes. Quien sabe qué mundos se
esconden en cada pasajero atrapado en su teléfono móvil. El orden normal de las
cosas está lleno de agujeros negros.
Los primeros días en Nueva York cuesta enlazar las imágenes
tan dispares que se suceden como en un caleidoscopio. De la harapienta boca de
metro sales al pie de un rascacielos, entras creyéndote un intruso en las
entrañas del Rockefeller Centre y te sorprendes como un invitado más a la
fiesta, al poco estás al borde de la pista de hielo viendo patinar a tu hijo
como si fuese tu misma vida, con su mezcla de descaro y precaución, pero al
poco comienza a llover y los patinadores se van retirando. Después bajamos por
la Cuarta y atravesamos por la cuarenta
y cinco y ante nosotros aparece Grand
Central Station y pienso en Cary Grant huyendo a las órdenes de Hitchcock.
Los niños se entretienen con el placebo de Appel mientras nos hacemos una
psicofonías. Seguimos nuestros callejeos intermitentes deslumbrados por el
gusto exquisito de los escaparates. De allí a poco, cuando va cayendo la noche,
nos encontramos otra vez ante el skyline
de Manhattan envuelto en las sombras, como un bosque de piedras misteriosas, y
te preguntas cuánta fantasía es precisa para creer lo que ves, qué historias se
esconden entre sus paredes metálicas, qué nos dicen del cielo al que apuntan.
Voy tan aturdido que de vuelta quiero saltarme la entrada del metro por las
bravas, tropiezo y me veo en el aire haciendo absurdas piruetas, por poco no doy
con la crisma en las barras de acero. Después me compensan las risas de todos a
cuenta de mi torpeza y sobre todo el brillo en sus ojos, esos que tanto nos
alegran, mientras se desternilla y se revuelca también por el suelo.
Estamos en el país de usar y tirar, no pensar mucho en el
mañana, también en el reino del disfraz, de la simulación y la imitación. Es
difícil que entiendan que solo quieres café, con sabor a café y no a cualquier
otra cosa, cómo no elegir lo que quieres a cada momento si el mundo ofrece
posibilidades ilimitadas. El mundo entero está aquí. En la babel de lenguas que
se entienden sin oírse.
Vemos un rato la televisión antes de dormir. Vemos arder Notre Dame. Algo habíamos visto en el teléfono
mientras nos hacíamos un tentempié en Grand
Central Station. Por la noche las noticias se mezclan con anuncios de
publicidad con una obscenidad a la que ya estamos acostumbrados. Estamos en el
reino del entretenimiento, esto es Broadway.
Pues sí, this is Broadway! Una de las mejores cosas que se
pueden hacer en Nueva York es ir a un musical en el Broadway Theatre, y allí vamos, a un estreno que hace gala a la
palabra espectáculo: King Kong. Se
trata de un montaje que te deja boquiabierto. King Kong es un icono de mi
propia infancia. Más o menos a la edad de J. ahora, cuando se hizo el remake
setentero de la mítica historia del gran simio, yo fui un completo fan de King
Kong, y Jessica Lange uno de mis primeros mitos eróticos. Después, nunca
dejaron de interesarme esos seres a la vez tan imponentes y tan frágiles, tan
vulnerables como nosotros pero mucho menos ruines. Así que para mí estar en el Broadway Theatre ante aquella tenebrosa
marioneta articulada de más de mil quilos, movida por un enjambre de bailarines
con la ayuda de sensores de movimiento de alta precisión, era anudar un hilo
entre nosotros que nos permitía estar allí, tan lejos de nuestra casa, y ser
como exploradores y permanecer unidos ante lo que pueda pasar. Por el escenario
desfilaron los salones donde se gestó la historia, la travesía en barco por el
océano, la selva y el retorno a la gran ciudad, con subida al Empire State incluida y el preceptivo
descenso final a los infiernos, todo con su música en vivo y sus rugidos de
terror y enamoramiento. Un festival de sensaciones a partir de una bestia de
acero y carbono, dos horas y media atados a la butaca, con solo un breve
descanso para ir al bar y contemplar las galas de los impacientes por el cóctel
y la prometedora noche.
Nueva York es una ciudad repleta de emblemas del mundo
contemporáneo. No podría entenderse la industria del entretenimiento sin
Broadway, ni la de las finanzas sin Wall Street. Otros dos símbolos mayores que
no pueden dejar de contemplarse en Nueva York son la Estatua de la Libertad y
Central Park. Contemplarlas y vivirlas. Tras una larga espera en los muelles de
Battery Park salimos en el ferry
hacia Liberty Island en un buen día de sol. La travesía te muestra otro perfil
impactante de la ciudad, con la mole del nuevo OneWTC destacando hacia el
centro de la panorámica, y toda esa selva de cemento y acero aparece de pronto
como si fuera un animal marino que se eriza desde las profundidades, donde se
mezclan las aguas que bajan del Hudson y del East. Entonces aparece. El brazo
en alto sosteniendo la antorcha es lo primero que atrae la atención, después su
diadema de rayos, los pliegues de su túnica, su inmenso pedestal. El ferry se
acerca y la rodea, permitiendo observar sus matices y ya aislarla de todo, concentrada
en sí como si estuviera en medio de un océano, ya acoplarla al lejano fondo
urbano de Manhattan, Brooklyn o New Jersey. Nuestro viaje no permite bajarse en
la isla, y al regreso, entre souvenires, bebidas, perritos y música, con un
negro cantarín y chistoso amenizando, se monta casi una fiesta, un remedo de
una sesión de jazz que entretiene el final del trayecto. Falta aún la escena
jocosa del día, eso a lo que inexplicablemente soy tan propicio; cuando voy al
angosto baño del ferry y abro la puerta, una mujer negra allí sentada me grita,
y a su grito sucede el mío y después el coro de la concurrencia, y el colofón
de nuestras interminables risas.
Y Central Park. No se puede ir a Nueva York sin ir al corazón verde donde la
ciudad desaparece o queda relegada a un decorado. Caminos, colinas y lagos de
gusto elegante, el exquisito Paseo del Mall, las bicicletas adelantando a los
coches de caballos, todo hace de Central Park una isla verde en medio de la
isla de Manhattan. Para apreciar el conjunto nada mejor que subir al piso 62
del Rockefeller Centre, adonde vamos
esa tarde, buscando las luces del atardecer. Subimos en un ascensor ultrarápido,
un grupo que se une a otros allá arriba, apartándonos los codos en busca de la
mejor perspectiva de la ciudad. Es tal la feria que consigo perderme sin querer
y encontrarme y volverme a perder, y todos los puntos cardinales de conjuran
para fabricar un efecto del mal de la altura. Menos mal que hay tiendas de
recuerdos donde ver en papel fotos profesionales que te mostrarán la
majestuosidad de la panorámica, lo real siempre está acompañado de su
representación, tan potente que lo destaca y lo mejora. La capacidad de crear
un efecto es tan tentadora que muchos buscan el encuadre solitario en una
ventana, como si fueran los amos del lugar contemplando sus posesiones. Mi
habitación privada con vistas. Un lujo solo al alcance de una imaginación
desbordada.
Además del teatro la vida cultural de Nueva York tiene su otro pilar en los museos. Visitamos
dos de los más populares e imprescindibles (coinciden los dos criterios), el Museo de Historia Natural y el MoMA. El de Natural History (a mí me
gusta llamarlo así, en inglés, aunque también se le llame de Ciencias Naturales)
es inabarcable, para perderse en él y recopilar retazos de la vasta historia de
la humanidad y sus ecosistemas, tanto de la naturaleza como de la cultura, por
eso prefiero esa denominación aunque suene antigua de Historia Natural: los
fósiles, animales extintos como los dinosaurios, todo tipo de faunas, objetos
de los diferentes hábitats, fragmentos de rocas de la luna. Una enciclopedia
del planeta y la diversidad humana.
Del MoMA recordaré las aglomeraciones para contemplar a duras
penas un Van Gogh, y la búsqueda errática de Andy Warhol, como en un laberinto del
que finalmente salimos encontrando solo una pieza menor, casi disimulada al
lado del restaurante. Había un especial de Joan Miró que nos sirvió de
aperitivo a un muestrario de lujo, de Cezanne y Matisse a Picasso, Dalí, Mondrian,
Paul Klee o Duchamp, y los grandes americanos, sobre todo Pollock y un Hooper
que solo vemos de refilón.
Los barrios de Nueva York son mundos que solo se miran de
reojo. Desde el Dowtown hasta el top de la Quinta Avenida, con la catedral de St. Patrick y las avenidas elegantes del
Upper East Side que bordean Central Park, como la Avenida Madison, hay un viaje
con proporciones de historia, un museo viviente de la humanidad que tiende a
mezclarse en el bullicioso Midtown, alrededor de los teatros de Broadway. Entre
ir y venir a veces disfrutamos de los secretos que la ciudad te confía, como el
teleférico de Roosvelt Island o los bajos del hotel Plaza y sus tiendecitas
atentas al detalle.
La despedida tiene sabor a confidencia, con el desfile de
Pascua en la Quinta Avenida. Ahí sí parece vérseles realmente, a los
neoyorquinos, tal como son, cuando se disfrazan. Con sus atuendos preciosistas
y disparatados también ellos tienen su tradición inventada, como todas. Son los
amos de la representación, con excelentes imitaciones de personajes y dominio
de la escena. Y de todas las prendas destaca la estrambótica y colorista
procesión de inusitados sombreros, algo que solo puedes ver ese día, en ese
momento y lugar que permanecerá en nuestros corazones mucho más que en una memoria
poco de fiar. Un gran colofón para el viaje soñado cuyas voces son el eco de
las nuestras, Luci, Luis, Jorge, y mi amor en esta latitud de la vida, mi Paqui
que a todos nos guía.
Nueva York, abril 2019
Lugo, mayo 2019
VERBOS
Los dos verbos más importantes en el arte de la vida son desatar y medir.
Medir es conectar el pensamiento con el cuerpo, hacerse cargo de la situación, calibrar cada paso. Es vivir en el bucle de la expectativa y la rememoración, que amenazan con inavadir el presente, cortarle el paso a la sensación.
Desatar es comprender los límites, navegar la incertidumbre, abrir la mano. Un punto de deliciosa inconsciencia que lubrifica la vida. Considerar que ni siquiera lo tuyo es tuyo, saberse completamente desnudo.
La obsesión y el despego son los riesgos del medir y el desatar, de una y otra manera puedes llegar a ver cómo todo se pierde.
El tercer verbo es amar, si hay una única palabra que lo conjugue en voz activa y pasiva. Ahí están las reglas más importantes, pero no están escritas, cada uno escribe las suyas. Con el tú que existe después del nosotros y el yo, en realidad tercera persona del singular, ella siempre aquí.
Ese verbo imposible es el que pone las reglas, el que da la clave del juego. Porque es el único que puede ayudarte a evitar la obsesión y el desapego, los excesos de la preocupación y la despreocupación, del medir y el desatar. Lo único capaz de hacerte sentir que eres algo.
CUADERNO VERANO 2020
CONTRA EL PENSAMIENTO
ESCOLAR
Ni Darwin era darwinista, ni Maquiavelo maquiavélico ni
Hobbes hobbesiano, del mismo modo que hay motivos para dudar de que hubiera
sido marxista Marx. Grandes autores que desafiaron convenciones consideradas
obvias, como la inferioridad racial de los pueblos nativos, las dependencias
teológicas del poder político o el funcionamiento socialmente neutral de la
economía de mercado. Autores que sin embargo se han reconvertido en la historia
del pensamiento en imágenes que los distorsionan e incluso los convierten en
defensores de ideas que nunca tuvieron.
Cuando las políticas neoliberales de detraimiento de lo
público y de la actividad reguladora del Estado en la actividad económica se
denominan darwinistas, no se advierte el significado real de lo que pensaba
Charles Darwin. Tendemos a quedarnos en la superficie engañosa de ideas que prendieron
fácilmente en el imaginario, como la competencia salvaje y la supervivencia de los
más fuertes, que ni siquiera pertenecen a Darwin sino que fueron elaboradas por
Herbert Spencer como parte de un evolucionismo filosófico general, totalmente
ajeno a las pretensiones de Darwin de describir procesos biológicos que ocurren
en la vida de las especies, y no para referirse a la vida social de los
individuos de la especie humana.
Más allá de lo estrictamente biológico, la grandeza de Darwin
no está donde es de esperar cuando se habla de darwinismo aunque se apostille
de social; por el contrario, se muestra en su desacuerdo con los compañeros de
viaje del Beagle, que justificaban la esclavitud por la que consideraban obvia
inferioridad racial de los nativos. La grandeza estaba en desafiar lo obvio, y
sus intuiciones sobre la evolución humana (terreno en el que realmente fue muy
parco) habrían de jugar un papel importante en las disputas americanas sobre el
abolicionismo.
Tampoco podían ser más certeros los consejos de Nicolás
Maquiavelo a Lorenzo de Médicis, ni más aberrante la definición de
"maquiavélico" que da el diccionario como "astuto y
engañoso". La sutileza de su versión moderna de la política quedó asociada
para siempre con aquellos rasgos de carácter que no encajaban en absoluto con
el personaje, y con el tan popular lema "el fin justifica los medios"
que nunca escribió como tal. Con el tiempo y el uso escolar se van formando auténticas
leyendas en las que lo menos relevante es el origen que podría darles
veracidad. Nos atenemos de buena gana a funcionar con clichés, que en todo caso
son útiles para un correcto pensamiento escolar.
La grandeza de Thomas Hobbes tampoco consistía en reutilizar
una frase lapidaria de Plauto ("homo homini lupus") y considerarlo un
abanderado del pesimismo antropológico, sino en desafiar la obviedad que seguía
siendo la dependencia divina del poder político y afirmar la soberanía del
contrato social. Sin embargo, llamamos hobbesiano al absolutismo político, y
así traicionamos las pretensiones originales de lo que fue un espíritu crítico
y libre, y por el contrario damos pie a una interpretación al servicio de los
intereses del intérprete de turno, y convertimos un pensamiento que fue singular
en pensamiento propio de escuela. En general es difícil que los grandes
maestros se recuerden por lo que los hace de verdad memorables. La posteridad
suele ser traicionera, o muchas veces ocurre simplemente que los epígonos no
tienen la altura necesaria. Tiende a imponerse el espíritu de escuela, con las consabidas
disputas entre facciones y la pretensión de detentar la interpretación
correcta, la voluntad de constituir una ortodoxia.
Es algo habitual con los más grandes, y sobre todo con los más
innovadores. Son legión los intérpretes de Platón que dieron forma a lo que se
llamó platonismo, que significaría para siempre algo mucho más metafísico y
menos político de lo que era, más dogmático y menos crítico. Se fundó una
escuela contra la que los tiempos modernos han tenido que hacer enormes
esfuerzos de deconstrucción, como arqueólogos en busca de evidencias de la pureza
original, tan necesaria como difícil de establecer. Pero siempre acaban siendo
falsos los intentos de extrapolar las ideas fuera de sus circunstancias de
origen, como inútil creerse en posesión de recetas mágicas para todo.
El modelo más contundente de esta forma de proceder nos lo dió
la escolástica medieval. Dado un texto sagrado y algunos otros canónicos, la
mayor parte de su producción consistió en comentarios sobre esos textos, y
comentarios sobre otros comentarios, en un bucle que alcanzó niveles muy altos
tanto de sofisticación intelectual como de distanciamiento respecto de
cualquier realidad constatable. Y siempre con el argumento de la autoridad como
criterio superior para resolver el conflicto de interpretaciones.
Los medievales
refinaron al extremo esta manera de proceder, y por extensión consideramos
"escolástica" una actitud similar en cualquier otra circunstancia,
como por ejemplo la que se dió en la tradición marxista-leninista en torno a la
ortodoxia soviética. Que un corpus teórico alcanzara tal grado de
sacralidad todavía me parece uno de los grandes fenómenos intelectuales de los
tiempos modernos, aunque hoy tenemos la perspectiva suficiente para saber que lo
más perdurable de todo eso no fue precisamente lo que permaneció más fiel o se
mostró más inflexible. Las ortodoxias no sobreviven mucho, a no ser que se
conviertan en un fuerte aparato de poder.
No se puede negar
el interés pedagógico de la práctica escolar, del pensamiento escolar. De
hecho, los principales trámites de la educación clásica, las clases
magistrales, las pequeñas tutorías y los grupos reunidos en seminario, son lo
que los medievales denominaron "lectio", "questio" y
"disputatio", y la educación on line na ha ido aún mucho más allá,
siguen siendo el fondo de toda educación.
La fusión de
práctica pedagógica y pensamiento creativo es un privilegio que sólo está al
alcance de los grandes maestros, esos que al estilo de Hegel arrastraron a los
alumnos hasta dejar vacías las aulas de sus colegas. Pero todo profesor
sabe que reproducir y crear son cosas distintas, y que los mejores alumnos son
los que cuestionan el saber recibido.
Los mejores
maestros son los que nos animan a seguir un camino propio, no los que exigen
obediencia. Algunos, como Nietzsche, son imposibles de reproducir,
refractarios al espíritu de escuela, aunque eso no les reste
influencia. Hay toda una pléyade de nietzscheanos que no es que disputaran
los matices de la interpretación textual sino que tenían diferencias realmente
drásticas, por lo que anarquistas, fascistas, apolíticos, posmodernistas,
hermenéuticos o estetas parecen convocados por un lema como "¡Nietzscheanos
del mundo, dividíos!"
El pensamiento
escolar es útil pero empobrecedor, más propio de la corrección (política)
académica que de la creación intelectual. Le gustan las etiquetas que
identifican, obviando que están expuestas a una historiografía tramposa. Ni
los cínicos eran cínicos ni los estoicos imperturbables ni los racionalistas
enemigos de la metafísica. Un autor como Wittgenstein a menudo se
considera un ejemplo de neopositivismo cuando fue uno de los primeros en
abjurar de sus postulados. Y pensadores religiosos como Guillermo de Ockham
que en el fondo eran unos perfectos ateos. No es fácil hacer
identificaciones históricas inequívocas. Por eso los contextos son tan
importantes.
Y los matices,
como los necesarios para hablar de Dios un ateo o para expresar sus dudas un
creyente. "Horda insensible a los matices", como decía Vladimir
Nabokov. Para aspirar a un pensamiento relevante hay que desviarse de la
línea que marcan los sacerdotes del rigor, sacudirse el celo despiadado del que
hacen gala los comisarios, y ser como el átomo que se aparta de su caída
inexorable en la física del poeta Lucrecio, otro de los inclasificables, como
Nietzsche. Los mejores maestros son imposibles de secundar. Solo se
repiten como una parodia de lo que fueron, mayormente unos solitarios.
Pero más que
independencia, el público espera consignas claras y contundentes para sentirse
identificado y, sobre todo en momentos adversos como estos, mira con recelo a
los que no les gusta llevar banderas, los que solo pretenden hablar por sí
mismos.
Setembro 2020
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