martes, 1 de diciembre de 2020

viernes, 6 de noviembre de 2020

LA CAVERNA PORTÁTIL

LA CAVERNA PORTÁTIL

Cada época tiene sus iconos. Pueden ser personajes, textos o escenas de especial carga simbólica, lugares o momentos que  concentran el sentido de una época mejor que extensos y abstrusos tratados. La muerte de Sócrates, por ejemplo, es una escena así. Es tal la densidad de lo que representa que puede verse como emblema de un momento crucial en la antigua civilización griega, y de hecho así la consideró Platón, porque era el síntoma de una decadencia que ya estaba ahí aunque sus protagonistas no fueran conscientes de ella, algo que habría de ser confirmado por el discurrir posterior de los hechos tal como fueron consignados por la historia.

Platón vió la importancia de ese hecho porque también fue clave para él mismo. Él vivió la muerte de su maestro como un trauma personal cuya superación fue la tarea de su vida y el leit motiv de su filosofía; toda su larga carrera fue una lucha por deshacer ese maleficio del que a la postre no podría desprenderse, y ese sea quizá el sentido profundo de sus repetidos fracasos.

La muerte asumida, que no voluntaria, de Sócrates es sin embargo una escena que hoy ya no tiene el simbolismo que pudo tener para alguien como Platón. Hoy en día no tenemos ese sentido antiguo del honor, y lo más fácil es que malentendamos las razones que llevaron a Sócrates a tomar la cicuta. De hecho es una escena que aunque haya sido repetidamente versionada por la literatura y el teatro, no forma parte de la imaginería popular griega actual; es una escena anacrónica, cuya representación es escasa en la artesanía comercial. Ya no entendemos a Sócrates, forma parte de un mundo desaparecido.

Hay otra escena que sin embargo no ha perdido nada de su vigencia. “Imagina unos hombres en una especie de morada subterránea en forma de caverna, con una larga entrada abierta a la luz, e imagina que están allí desde niños con las piernas y el cuello encadenados de manera que tienen que permanecer allí y mirar únicamente hacia delante, pues las cadenas les impiden volver la cabeza…” El texto continúa pero quizá no sea necesario aportar más porque ¿quién no sabe algo de esta historia? Es la famosa caverna de Platón, un relato que está en el origen de nuestra cultura y que al mismo tiempo sorprende por su actualidad. Dentro de la caverna hay todo un dispositivo de proyección que convierte a los prisioneros en constantes espectadores de las formas que bailan en la pared del fondo, el paralelismo con una sala de cine es tan evidente que lo que nos cuenta Platón tiene la verosimilitud que no podía tener para los atenienses de hace dos mil cuatrocientos años, más aún si pensamos que la presencia de las imágenes desborda el fenómeno del cine y ocupa hoy la totalidad del espacio, social y sobre todo privado.

El texto platónico contiene multitud de escenas que le dan un carácter aventurero: el prisionero que después de salir de la caverna vuelve a entrar en ella y discute con los que allí quedaron, las suspicacias con las que se encuentra, el riesgo de muerte que afronta. Con todo, lo que le da al relato de la caverna un carácter fundacional no es la imaginería tan audiovisual, que incluye efectos de sonido, sino el significado que transmite: los prisioneros son una representación de la humanidad, y el texto viene a decirnos que vivimos en un mundo de apariencias, y distingue entre el interior sombrío de la caverna y el claro mundo exterior, entre lo que simplemente nos parece y lo verdaderamente real. No hay definición mejor de la filosofía que esta, el tránsito de la apariencia sensible a la verdad, la salida de la caverna. Todo el trabajo filosófico y científico, incluso el humanismo moderno y los fundamentos de la política, beben de ese mismo impulso de traspasar lo dado hacia una realidad más auténtica, esa imagen de la caverna que nos define como seres separados de nuestra plenitud y sometidos al designio de las circunstancias históricas, confrontados a la ignorancia, el pecado, la alienación. Es una constante de nuestra tradición cultural, la imagen iluminista y revolucionaria de la caverna, el camino hacia un conocimiento liberador y una sociedad redimida.

Pero hay otra lectura posible de la caverna en la que esa dualidad de planos de lo real es una condición estructural que está bajo toda variable histórica. Es una lectura menos complaciente de la condición humana, escindida de raíz entre el impulso de intervenir en lo real (la audacia técnica de Prometeo que le roba el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres) y lo que en los mitos representaba su hermano Epimeteo, el que solo comprende “después” y que por eso siempre llega demasiado tarde, como la lechuza de la sabiduría que según Hegel levanta el vuelo al atardecer, después de haber ocurrido los hechos del día, una condición por ese motivo expuesta a la decepción, vulnerable ante los males del mundo que el propio Epimeteo provoca al abrir la caja de Pandora.

Si la primera imagen de la caverna agudiza la oposición entre la razón (el prisionero liberado) y otras formas inferiores del saber que nos mantienen en la oscura ignorancia, abonando una interpretación racionalista que acabaría por ser canónica en la historia de la filosofía, la segunda es una imagen más trágica, y más vinculada a la sabiduría arcaica (no solo griega) que subrayaba la distancia entre la irrealidad de la vida humana y la verdadera realidad en la que vivían los dioses, de la que es un trasunto el abismo platónico entre las cosas y las Ideas. Pero lo que me interesa señalar es que comparadas ambas lecturas al decurso de los hechos históricos, hay muchas objeciones que hacerle a la interpretación iluminista y emancipadora de la caverna, mientras que la lectura trágica no solo no es desmentida sino que parece confirmarse a cada paso. ¿No fue acaso el cristianismo un inmenso dispositivo de ilusionismo filosófico? Y qué decir de la potencia simbólica del capitalismo para hacer pasar por voluntarios los nuevos mecanismos de servidumbre, una potencia que las formas avanzadas de tardocapitalismo o como queramos llamarle (sociedad de la información, mundo digital) no hacen sino acentuar.

 

Así que la caverna está más vigente que nunca, multiplicada e individualizada por todo tipo de dispositivos portátiles a una escala antes impensable. Igual que los prisioneros de Platón, estamos acostumbrados a una interfaz que mediatiza nuestra experiencia. Da igual ocio o trabajo, cada vez nos cuesta más prescindir de la prótesis digital que llevamos en el bolsillo para calmar nuestra adicción, ya no somos capaces de imaginar cómo era la vida antes del teléfono móvil.

 

No se trata de demonizar el artefacto porque los beneficios están a la vista de todos, el asunto es ser consciente de lo que se pierde tanto como de lo que se gana, y que cada quién ajuste sus balances. Toda tecnología, decía McLuhan, es tanto una extensión de nuestro cuerpo físico como una amputación de algunas de sus funciones. Los medios de transporte amplían nuestro radio de acción y al mismo tiempo nos hacen ineficaces, torpes y cómodos, pero hay que reconocer que la vida “antes de” (del móvil y no digamos de la televisión, el coche o la electricidad) nos traslada a escenarios casi inimaginables.

 

Lo malo de los teléfonos móviles no es solo que sean inteligentes (denominación esta que ya lleva consigo nuestra depreciación como animales racionales, igual que la condición civilizada acabó con nuestro origen cazador) sino que acaben por tomar nuestras decisiones. Amputados no solo de entendimiento sino también de voluntad. Hemos de admitir que nunca más serán como antes ni las relaciones humanas ni el conocimiento ni la política, nada en la vida será igual. Bienvenido sea, mientras esté claro quien lleva el control, lo cual no es un reto menor. El asunto es pluralizarse, y cada vez es más cierto que eso hoy pasa por defender espacios libres del monopolio digital. Vivir en la caverna saliendo a cada poco a respirar algo de aire puro mientras eso sea todavía posible.

 


domingo, 18 de octubre de 2020

TODA LA LUZ. VERANO DEL 14

Rescato un poema de hace ya un tiempo para arrojárselo a la cara a esta tarde mustia y decirle venga, no me vengas con esas, que yo fui señor antes de siervo y el que tuvo...


Toda la luz (verano del 14)

 

Toda la luz que atesoraba el día de aquel verano

La espuma de las olas trenzadas como crestas

En los tablones del embarcadero

Su ondulación como una danza

Atravesando el aire

Llevada hacia dónde

Por alas de gaviotas febriles

 

Toda aquella luz descendió

Como un foco que recorta una silueta

En las profundidades

Pantalón blanco, blusa blanca

Gafas de sol, melena al viento

Pasos que tratan de adivinar el ritmo

De las olas sobre las tablas recias

Tus ojos mirando de pronto

Mis ojos tristes de entonces

Diciendo sin palabras dónde estaba mi futuro.

 

Será para siempre ¿no?

Me atreví a responder en voz alta

A la angustia de no saber

Y aún así estar allí

Tras los cristales rotos del pasado

Cosido con los reflejos de aquella luz

Y el hilo de seda de nuestros pocos recuerdos.

 

Será para siempre, dije

Queriendo atrapar aquella luz

Que temblaba en nuestro mediodía.

Y en un murmullo oí: yo nunca te dije otra cosa

Y esa respuesta traspasó la piel del tiempo.

 

No sé medir lo que vino después.

La luz se hizo más intensa hacia el atardecer

Los cuerpos se fueron tensando

Y después de camas deshechas y casas llenas

Y carreteras con puentes dorados

Y vacíos que se fueron llenando

Aún brilla alguna década

Más de media vida después

En los tablones que se van gastando.

 

¿Para siempre? Eso no lo podía saber entonces

Como nadie más sabe la respuesta

Tiempo añadido al tiempo

Y bien a la vista

El regalo de la única felicidad sin precio.

lunes, 12 de octubre de 2020

POLÍTICAS DE LA INMUNIDAD

POLÍTICAS DE LA INMUNIDAD 

Nuevo artículo publicado en El Progreso el 10/X/2020.Otro más sobre la pandemia: 

                       

                             "Políticas de la inmunidad"

Después de siete meses de pandemia, la curuxa a la que hacemos honor en esta sección ya puede levantar su vuelo vespertino e ir dejando algún concepto para la reflexión. Que el mundo no es un sistema cerrado y previsible ya lo sabíamos, y que nuestro conocimiento forma una pequeña luz en un mar de incertidumbres. Si ya antes se trataba de un diagnóstico plausible, válido para el mundo a pesar de sus leyes físicas, lo es mucho más para las sociedades, afectas de suyo a lo complejo e imprevisible. Ahora, con la pandemia, todos los ámbitos de nuestra vida están mediatizados por un proceso sobre el que poseemos escaso control, y la incertidumbre se vuelve una condición de existencia, casi una descripción del estado de las cosas. El virus coloniza lo real, y es como si revelase algunas verdades incómodas que antes solo sospechábamos.

Una de ellas es que el peligro en realidad  somos nosotros, los anfitriones del virus, los medios privilegiados para su subsistencia y propagación. El virus sigue la misma lógica comunitaria que seguimos los humanos, por eso solo podemos combatirlo debilitándonos a nosotros mismos, poniendo la distancia que atenúa los contactos y debilita nuestra sociabilidad. En el horizonte aparece una sociedad más atomizada, que contrasta con la concentración del poder y el dinero en núcleos más potentes y escasos.

Otra verdad incómoda atañe a nuestro modo de vida depredador, que incrementa el peligro que suponemos, también para nosotros mismos. El fenómeno del contagio nos sitúa ante un dilema funesto, entre la paranoia y la irresponsabilidad. La experiencia del confinamiento nos ha mostrado que el decrecimiento es posible, pero a un precio catastrófico para nuestro modo de vida.

A la lógica de la extensión viral se superpone la de la inmunidad que buscamos. Roberto Expósito ha defendido hace tiempo la naturaleza inmunitaria de las sociedades modernas, contrapuesta a la idea de comunidad. Según su análisis, inmune es quien no le debe nada a nadie, el que está exento de la obligación de lo común. Esa era una dispensa de la que antes gozaban los soberanos, pero en las sociedades del individuo y el mercado es una prerrogativa que se extiende a todo el cuerpo social, hasta el punto de que la seguridad del individuo, su inmunidad, se convierte desde Hobbes en el objetivo principal del Estado. La política ya no está para el mejor gobierno de la república, al modo de la excelencia que cultivaban los antiguos, sino para la conservación de la vida en su materialidad biológica. Política y vida biológica se vuelven inseparables, la política se convierte en biopolítica, y esta es necropolítica, porque vida y muerte no pueden desenredarse. De ahí también que tantos fenómenos vitales sean vistos como patologías que deben medicalizarse.

Igual que buscamos una vacuna que nos proteja de los patógenos, buscamos limitar y controlar el poder para protegernos de su desmesura y someterlo a los intereses de nuestra conservación. El contrato social sería esa vacuna que nos inocula algo del peligro que combatimos, que encauzamos en leyes, instituciones y autoridades, igual que firmamos pólizas y contratamos seguros para someter lo inclemente de la existencia, hasta que un día descubrimos que estamos expuestos a un poder que nos supera, y nos descubrimos vulnerables y dependientes en una medida inesperada.

Y luego está ese fascinante concepto epidemiológico de la inmunidad de grupo, que nos pone ante un vínculo mucho más estrecho entre individuo y comunidad de lo que sugería la contraposición comentada del filósofo italiano. Dando por descontada la dificultad de establecer ese umbral inmunitario, que es uno de los grandes enigmas de la pandemia ya que implica una compleja combinación de cálculo matemático y distribución demográfica, pensemos que alcanzarlo resulta de un fracaso en la contención del virus tras el cual, sin embargo, va desapareciendo la ocasión propicia para su propagación. Una gran tentación para los políticos que tienen que tomar las decisiones, pero a un precio demasiado alto en términos de vidas humanas. Por eso los que como Boris Johnson adoptaron en principio la idea enseguida recularon alarmados, aunque quizá solo fuese porque el virus acabó contagiándolo. Otros como Donald Trump se muestran sin embargo mucho más contumaces, con las poblaciones tomadas como objeto de experimentos de resultados inciertos. Mientras aquí seguimos a nuestros líos, con la política nublándolo todo.

sábado, 26 de septiembre de 2020

 

LA MÁSCARA

En cada puerto de este blog pueden atracar viejos paquebotes que vienen de otro tiempo, o simplemente retazos de escritura rescatados de mis cuadernos antiguos o recientes. No sé cuál es mi género, pero hay unos cuantos escritos que tienen la forma de un poema. Solo unos pocos vieron la luz. Es lo más recóndito de mis horas.

Este verano hice un poema a las mascarillas que se convirtieron en parte del atuendo general. A falta de otro título le puse LA MÁSCARA.


            En la ladera del basurero crecían flores increíbles

            pero nadie las veía

           tampoco era fácil pisotearlas

           la inteligencia no puede ser tan siniestra

           como la vergüenza

            o el exceso de visibilidad

            llega con media cara tapada

            debió de pensar alguien

            para ocultar las marcas del cansancio

            hacer de la presencia una forma de ausencia

            que resbala, como el sudor

            hacia tu libertad interior incomunicada

            en el abismo que separa tu teatro privado

            y las sombras que te cruzas por la calle

            el contorno difuminado de las panaderías

            en una película de astronautas antiguos. 


            Creíste manejar la comunicación entre los dos mundos

            solo moviendo los ojos

            y para eso refinaste el arte de la mirada

           pero no adivinaste que las sombras

           también se camuflan, enmascaran

            el tedio, la alegría igual que la pena

            todo igual, al abrigo de los gestos íntimos

            como si no existieran los deseos

            todos iguales

            en lo que ocultan, artistas

            del disfraz con vocación de solitarios. 


            Existe la fundada sospecha

            de que alguien encontró una solución mágica

            para ganar con la plural derrota

            mientras las sombras

            solo cambian de lugar.


                            VERANO 2020



lunes, 7 de septiembre de 2020

APUNTE DE NUEVA YORK

 

APUNTE DE NUEVA YORK

 

Antes de partir miras una y otra vez el contenido de la maleta, repasas por si se te olvida algo importante, piensas que puede llover, que tendrás que afeitarte, calculas cuántos días y noches serán. Las maletas siempre tienen que llevar alguna incongruencia, allá en el fondo del último bolsillo con cremallera, un por si acaso. Ya se encargará la vida de desmentirte, de dejarte tirado después de hacerte cargar con cosas que no necesitaste. Los viajes son un juego al despiste sobre lo que importa y lo que no. Me gustaría llevar una brújula si no estuviera estropeada. Veo la maleta cerrada y pienso en lo que aún me quedará por improvisar.

 

Los largos viajes aéreos: cientos de asientos con pantallas individuales, el entertaiment como parte de la producción industrial del movimiento, el viaje encapsulado de masas.

 

Cuando escribes sobre una ciudad en realidad lo haces sobre tu experiencia de ella, yo os contaré una parte de lo que viví que puede que no haya existido más que en mi atribulada cabeza. Ni siquiera he visto todo lo que puedo contar, muchas veces dejo que ella sea mis ojos, y así no tengo que registrar tantos detalles y puedo entregarme a mis ensoñaciones. Es cálido dejarse llevar como quien sigue un hechizo. Llevo un libro de Colson Whitehead, “El coloso de Nueva York”, en el que leo: “Necesitas un hechizo para saber ver las cosas”. Ella es mi hechizo, y a veces es tan veloz que me quedo atrás y me siento lejos de todo, aunque de hecho esté en el centro del mundo.

 

Después de un largo tiempo en la aduana donde somos extranjeros del común, entramos en Nueva York desde el aeropuerto JFK. Las primeras imágenes no son los rascacielos sino los suburbios que tantas veces hemos visto en las películas. Grupos de negros enormes rondando las pistas deportivas. Un larguísimo cementerio bordea la carretera, cada tumba una pequeña lápida vertical clavada en el suelo, un bosque minúsculo que se pierde de vista. El taxista no conoce bien la forma mejor de llegar a nuestro destino pero al fin bajamos frente al hotel Nirvana de Queens y dan ganas de besar el suelo, si no fuera una avenida polvorienta en una especie de polígono posindustrial. Pero es nuestro nirvana y cumple bien su función, allí nadie hace muchas preguntas.

 

En el primer desayuno multicultural pienso en Henry James cartografiando la distancia entre Europa y América. Me siento a la vez en el bando de los mejores (y me doy cuenta de mi ingenuidad) y de los perdedores. El crisol americano es una centrifugadora de la que sale despedido lo más extremo. En lo privado reina la anarquía siempre que no moleste, la idea de lo colectivo no encuentra donde crecer. Veo las montañas de plástico que se tiran cada día, platos, vasos y cubiertos y pienso en bombas cayendo en un lejano desierto. En el vestíbulo se puede pasar un rato agradable de espera, comprobando un gusto exquisito por las imitaciones.

 

Nuestros días son de largas caminatas por las calles y avenidas, desde nuestro nirvana de Queens tenemos dos opciones para coger el metro hacia Manhattan, la estación de Queensbridge cerca del hotel pero con menos conexiones y otra más lejos, Queensboro Plaza, desde donde viajamos directamente a la Quinta Avenida. Tenemos que exprimir el tiempo y no hay parada más que para lo imprescindible, mientras yo fantaseo con esos viajeros que pasan largas horas encerrados en su habitación de hotel en ciudades extrañas, decantando sobre un cuaderno o un teclado las emociones vividas. Yo llego al hotel ya de noche y solo soy capaz de escribir unas líneas, cuando no es el sueño del cansancio el que nos atrapa antes. A veces, tan lejos y tan cerca, tenemos nuestros momentos de rápido amor.

 

Nuestra primera salida a la superficie en Manhattan desde el metro nos hace levantar las cabezas para admirar los rascacielos. Estamos en Times Square, el río del mundo. Una muñeca rusa repleta de copias, con todos los colores y lenguas. En las fachadas parpadean los letreros luminosos que reclaman atención y distraen de las esquinas donde los pobres ocultan su miseria. No hay alarde en la pobreza ni en la opulencia, hay como una normalidad en la que cada cual acepta su lugar en el mundo, en el vasto río. Yo pensaba en extensiones enormes y sin embargo hay como una medida humana, de manera que es fácil habituarse y poco a poco la ciudad se va haciendo tan familiar como nos lo parecía en el cine.

 

Los dos primeros días cogemos un bus turístico para adquirir nuestras primeras impresiones de la ciudad. Desde Times Square descendemos las avenidas hacia el Downtown y el puente de Brooklyn, y lo cruzamos entero con la idea de volver pero no sabíamos que esa iba a ser la única vez que lo haríamos. Los lugares que nunca vuelves a ver te dejan una cuenta pendiente, como una relación dejada a cajas destempladas, pero no fue el caso con el puente de Brooklyn que se convirtió nuestros días en Nueva York en un centro de atracción al que volvíamos una y otra vez y alrededor del que exploramos el sur de Manhattan. El torrente humano de Times Square, encerrado entre los altos rascacielos, se convierte aquí en otro tipo de río que se mezcla con el mar y te da otra dimensión de Nueva York, desde el borde, viendo su perfil, que se convierte en mítico si consigues superponerle el escorzo de un trozo del puente de Brooklyn.

Antes de cruzar el puente estuvimos un rato los niños y yo mirando la actuación de unos acróbatas negros, y claro, me tocó, cuando reclamaron la participación del público ví cómo un negrazo me hacía gestos y allá voy, en una fila de hombres que hablábamos seis o siete lenguas en medio de la plaza, y una chica al extremo de la fila. Nos ordenaron por altura y el reto consistía en que otro atleta saltase por encima de todos nosotros, a mí me tocó junto a la chica, el españolito más bajo junto a un portugués y un chino. Menos mal que después de unas cuantas chanzas que solo entendí a medias me eliminaron del juego, por no haber sido a su juicio suficientemente generoso. Yo ya me sentía de sobras cobrado así que no lo tomé a mal. Pudimos irnos de allí y pasar al otro lado, en Brooklyn, donde comimos en una animadísima Street Pizza y después regresamos en el subway. Aquella parte de la ciudad nos regalaba otro Nueva York, con la presencia poderosa del mar. Todavía habíamos de volver a Brooklyn una vez más, al barrio judío de Williamsburg. Lástima que era un sábado y los comercios estaban cerrados, aun así era como espiar otro mundo. Fuera del tiempo y la velocidad. Igual que los colores de la piel negra y los olores de las especias de oriente, aquellos niños con tirabuzones quedaron a fuego en nuestra escenografía de Nueva York.

 

Una de las excursiones nos lleva a la Zona Cero. Destaca  desde lejos un edificio de Calatrava con forma de águila desplegada que sirve como intercambiador de transportes, allí cerca se abren en el suelo dos inmensos huecos en el lugar que ocupaban las Torres Gemelas. Hacia dentro los huecos son grandes cascadas de agua que desaparece hacia lo profundo de la tierra, que parece poder engullirlo todo, y alrededor, grabados en el metal, se pueden leer los nombres de todos los que murieron allí. El lugar sobrecoge. Poco más puede hacer uno que acodarse hacia el agua que cae y fundirse con el silencio del abismo de agua. Pensar en lo que pudo haber sido la catástrofe, en los días, semanas y meses que el polvo continuaba flotando en el aire e impregnándolo todo del recuerdo de la muerte.

 

Perdidos por el Midtown West acabamos cerca de la estación de Port Authority, donde –cuenta Colson Whitehead– “los autobuses parten con quienes necesitan marcharse y vuelven con recambios desde todos los estados”. Nuestro paseo acaba con una cena ligera en el Gotham Wes Market, y de nuevo al metro. En el vagón hay un anuncio de cursos de filosofía sobre la felicidad y, a su lado, otro donde se ofrece atención a los enganchados a la heroína. Ambos anuncios resuenan con una complicidad secreta. Todo muy terapéutico, aséptico en las formas pero dejando entrever un fondo de oscuras perturbaciones que conviven con la puntualidad variable de los trenes. Quien sabe qué mundos se esconden en cada pasajero atrapado en su teléfono móvil. El orden normal de las cosas está lleno de agujeros negros.

 

Los primeros días en Nueva York cuesta enlazar las imágenes tan dispares que se suceden como en un caleidoscopio. De la harapienta boca de metro sales al pie de un rascacielos, entras creyéndote un intruso en las entrañas del Rockefeller Centre y te sorprendes como un invitado más a la fiesta, al poco estás al borde de la pista de hielo viendo patinar a tu hijo como si fuese tu misma vida, con su mezcla de descaro y precaución, pero al poco comienza a llover y los patinadores se van retirando. Después bajamos por la Cuarta y  atravesamos por la cuarenta y cinco y ante nosotros aparece Grand Central Station y pienso en Cary Grant huyendo a las órdenes de Hitchcock. Los niños se entretienen con el placebo de Appel mientras nos hacemos una psicofonías. Seguimos nuestros callejeos intermitentes deslumbrados por el gusto exquisito de los escaparates. De allí a poco, cuando va cayendo la noche, nos encontramos otra vez ante el skyline de Manhattan envuelto en las sombras, como un bosque de piedras misteriosas, y te preguntas cuánta fantasía es precisa para creer lo que ves, qué historias se esconden entre sus paredes metálicas, qué nos dicen del cielo al que apuntan. Voy tan aturdido que de vuelta quiero saltarme la entrada del metro por las bravas, tropiezo y me veo en el aire haciendo absurdas piruetas, por poco no doy con la crisma en las barras de acero. Después me compensan las risas de todos a cuenta de mi torpeza y sobre todo el brillo en sus ojos, esos que tanto nos alegran, mientras se desternilla y se revuelca también por el suelo.

 

Estamos en el país de usar y tirar, no pensar mucho en el mañana, también en el reino del disfraz, de la simulación y la imitación. Es difícil que entiendan que solo quieres café, con sabor a café y no a cualquier otra cosa, cómo no elegir lo que quieres a cada momento si el mundo ofrece posibilidades ilimitadas. El mundo entero está aquí. En la babel de lenguas que se entienden sin oírse.

Vemos un rato la televisión antes de dormir. Vemos arder Notre Dame. Algo habíamos visto en el teléfono mientras nos hacíamos un tentempié en Grand Central Station. Por la noche las noticias se mezclan con anuncios de publicidad con una obscenidad a la que ya estamos acostumbrados. Estamos en el reino del entretenimiento, esto es Broadway.

 

Pues sí, this is Broadway! Una de las mejores cosas que se pueden hacer en Nueva York es ir a un musical en el Broadway Theatre, y allí vamos, a un estreno que hace gala a la palabra espectáculo: King Kong. Se trata de un montaje que te deja boquiabierto. King Kong es un icono de mi propia infancia. Más o menos a la edad de J. ahora, cuando se hizo el remake setentero de la mítica historia del gran simio, yo fui un completo fan de King Kong, y Jessica Lange uno de mis primeros mitos eróticos. Después, nunca dejaron de interesarme esos seres a la vez tan imponentes y tan frágiles, tan vulnerables como nosotros pero mucho menos ruines. Así que para mí estar en el Broadway Theatre ante aquella tenebrosa marioneta articulada de más de mil quilos, movida por un enjambre de bailarines con la ayuda de sensores de movimiento de alta precisión, era anudar un hilo entre nosotros que nos permitía estar allí, tan lejos de nuestra casa, y ser como exploradores y permanecer unidos ante lo que pueda pasar. Por el escenario desfilaron los salones donde se gestó la historia, la travesía en barco por el océano, la selva y el retorno a la gran ciudad, con subida al Empire State incluida y el preceptivo descenso final a los infiernos, todo con su música en vivo y sus rugidos de terror y enamoramiento. Un festival de sensaciones a partir de una bestia de acero y carbono, dos horas y media atados a la butaca, con solo un breve descanso para ir al bar y contemplar las galas de los impacientes por el cóctel y la prometedora noche.

 

Nueva York es una ciudad repleta de emblemas del mundo contemporáneo. No podría entenderse la industria del entretenimiento sin Broadway, ni la de las finanzas sin Wall Street. Otros dos símbolos mayores que no pueden dejar de contemplarse en Nueva York son la Estatua de la Libertad y Central Park. Contemplarlas y vivirlas. Tras una larga espera en los muelles de Battery Park salimos en el ferry hacia Liberty Island en un buen día de sol. La travesía te muestra otro perfil impactante de la ciudad, con la mole del nuevo OneWTC destacando hacia el centro de la panorámica, y toda esa selva de cemento y acero aparece de pronto como si fuera un animal marino que se eriza desde las profundidades, donde se mezclan las aguas que bajan del Hudson y del East. Entonces aparece. El brazo en alto sosteniendo la antorcha es lo primero que atrae la atención, después su diadema de rayos, los pliegues de su túnica, su inmenso pedestal. El ferry se acerca y la rodea, permitiendo observar sus matices y ya aislarla de todo, concentrada en sí como si estuviera en medio de un océano, ya acoplarla al lejano fondo urbano de Manhattan, Brooklyn o New Jersey. Nuestro viaje no permite bajarse en la isla, y al regreso, entre souvenires, bebidas, perritos y música, con un negro cantarín y chistoso amenizando, se monta casi una fiesta, un remedo de una sesión de jazz que entretiene el final del trayecto. Falta aún la escena jocosa del día, eso a lo que inexplicablemente soy tan propicio; cuando voy al angosto baño del ferry y abro la puerta, una mujer negra allí sentada me grita, y a su grito sucede el mío y después el coro de la concurrencia, y el colofón de nuestras interminables risas.

Y Central Park. No se puede ir  a Nueva York sin ir al corazón verde donde la ciudad desaparece o queda relegada a un decorado. Caminos, colinas y lagos de gusto elegante, el exquisito Paseo del Mall, las bicicletas adelantando a los coches de caballos, todo hace de Central Park una isla verde en medio de la isla de Manhattan. Para apreciar el conjunto nada mejor que subir al piso 62 del Rockefeller Centre, adonde vamos esa tarde, buscando las luces del atardecer. Subimos en un ascensor ultrarápido, un grupo que se une a otros allá arriba, apartándonos los codos en busca de la mejor perspectiva de la ciudad. Es tal la feria que consigo perderme sin querer y encontrarme y volverme a perder, y todos los puntos cardinales de conjuran para fabricar un efecto del mal de la altura. Menos mal que hay tiendas de recuerdos donde ver en papel fotos profesionales que te mostrarán la majestuosidad de la panorámica, lo real siempre está acompañado de su representación, tan potente que lo destaca y lo mejora. La capacidad de crear un efecto es tan tentadora que muchos buscan el encuadre solitario en una ventana, como si fueran los amos del lugar contemplando sus posesiones. Mi habitación privada con vistas. Un lujo solo al alcance de una imaginación desbordada.

 

Además del teatro la vida cultural de Nueva York  tiene su otro pilar en los museos. Visitamos dos de los más populares e imprescindibles (coinciden los dos criterios), el Museo de Historia Natural y el MoMA. El de Natural History (a mí me gusta llamarlo así, en inglés, aunque también se le llame de Ciencias Naturales) es inabarcable, para perderse en él y recopilar retazos de la vasta historia de la humanidad y sus ecosistemas, tanto de la naturaleza como de la cultura, por eso prefiero esa denominación aunque suene antigua de Historia Natural: los fósiles, animales extintos como los dinosaurios, todo tipo de faunas, objetos de los diferentes hábitats, fragmentos de rocas de la luna. Una enciclopedia del planeta y la diversidad humana.

Del MoMA recordaré las aglomeraciones para contemplar a duras penas un Van Gogh, y la búsqueda errática de Andy Warhol, como en un laberinto del que finalmente salimos encontrando solo una pieza menor, casi disimulada al lado del restaurante. Había un especial de Joan Miró que nos sirvió de aperitivo a un muestrario de lujo, de Cezanne y Matisse a Picasso, Dalí, Mondrian, Paul Klee o Duchamp, y los grandes americanos, sobre todo Pollock y un Hooper que solo vemos de refilón.

 

Los barrios de Nueva York son mundos que solo se miran de reojo. Desde el Dowtown hasta el top de la Quinta Avenida, con la catedral de St. Patrick y las avenidas elegantes del Upper East Side que bordean Central Park, como la Avenida Madison, hay un viaje con proporciones de historia, un museo viviente de la humanidad que tiende a mezclarse en el bullicioso Midtown, alrededor de los teatros de Broadway. Entre ir y venir a veces disfrutamos de los secretos que la ciudad te confía, como el teleférico de Roosvelt Island o los bajos del hotel Plaza y sus tiendecitas atentas al detalle.

 

La despedida tiene sabor a confidencia, con el desfile de Pascua en la Quinta Avenida. Ahí sí parece vérseles realmente, a los neoyorquinos, tal como son, cuando se disfrazan. Con sus atuendos preciosistas y disparatados también ellos tienen su tradición inventada, como todas. Son los amos de la representación, con excelentes imitaciones de personajes y dominio de la escena. Y de todas las prendas destaca la estrambótica y colorista procesión de inusitados sombreros, algo que solo puedes ver ese día, en ese momento y lugar que permanecerá en nuestros corazones mucho más que en una memoria poco de fiar. Un gran colofón para el viaje soñado cuyas voces son el eco de las nuestras, Luci, Luis, Jorge, y mi amor en esta latitud de la vida, mi Paqui que a todos nos guía.

 

Nueva York, abril 2019

Lugo, mayo 2019

 

 

 

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

VERBOS

 


VERBOS


Los dos verbos más importantes en el arte de la vida son desatar y medir. 

Medir es conectar el pensamiento con el cuerpo, hacerse cargo de la situación, calibrar cada paso. Es vivir en el bucle de la expectativa y la rememoración, que amenazan con inavadir el presente, cortarle el paso a la sensación. 

Desatar es comprender los límites, navegar la incertidumbre, abrir la mano. Un punto de deliciosa inconsciencia que lubrifica la vida. Considerar que ni siquiera lo tuyo es tuyo, saberse completamente desnudo.

La obsesión y el despego son los riesgos del medir y el desatar, de una y otra manera puedes llegar a ver cómo todo se pierde. 

El tercer verbo es amar, si hay una única palabra que lo conjugue en voz activa y pasiva. Ahí están las reglas más importantes, pero no están escritas, cada uno escribe las suyas. Con el tú que existe después del nosotros y el yo, en realidad tercera persona del singular, ella siempre aquí. 

Ese verbo imposible es el que pone las reglas, el que da la clave del juego. Porque es el único que puede ayudarte a evitar la obsesión y el desapego, los excesos de la preocupación y la despreocupación, del medir y el desatar. Lo único capaz de hacerte sentir que eres algo. 


CUADERNO VERANO 2020


sábado, 5 de septiembre de 2020

 ¿Migrarán a este espacio los cuadernos llenos de pequeños escritos del momento? Solo en parte, supongo que no tendré la paciencia necesaria para revisarme. 

martes, 1 de septiembre de 2020

 Retomo el título del verso de Borges, cada tarde es un puerto, porque resuena en mí y me habla de llegadas y partidas, de señales y rastros y refugios. Ese eco es lo que me hace escribir. 

CONTRA EL PENSAMIENTO ESCOLAR

 

CONTRA EL PENSAMIENTO ESCOLAR

Ni Darwin era darwinista, ni Maquiavelo maquiavélico ni Hobbes hobbesiano, del mismo modo que hay motivos para dudar de que hubiera sido marxista Marx. Grandes autores que desafiaron convenciones consideradas obvias, como la inferioridad racial de los pueblos nativos, las dependencias teológicas del poder político o el funcionamiento socialmente neutral de la economía de mercado. Autores que sin embargo se han reconvertido en la historia del pensamiento en imágenes que los distorsionan e incluso los convierten en defensores de ideas que nunca tuvieron.

Cuando las políticas neoliberales de detraimiento de lo público y de la actividad reguladora del Estado en la actividad económica se denominan darwinistas, no se advierte el significado real de lo que pensaba Charles Darwin. Tendemos a quedarnos en la superficie engañosa de ideas que prendieron fácilmente en el imaginario, como la competencia salvaje y la supervivencia de los más fuertes, que ni siquiera pertenecen a Darwin sino que fueron elaboradas por Herbert Spencer como parte de un evolucionismo filosófico general, totalmente ajeno a las pretensiones de Darwin de describir procesos biológicos que ocurren en la vida de las especies, y no para referirse a la vida social de los individuos de la especie humana.

Más allá de lo estrictamente biológico, la grandeza de Darwin no está donde es de esperar cuando se habla de darwinismo aunque se apostille de social; por el contrario, se muestra en su desacuerdo con los compañeros de viaje del Beagle, que justificaban la esclavitud por la que consideraban obvia inferioridad racial de los nativos. La grandeza estaba en desafiar lo obvio, y sus intuiciones sobre la evolución humana (terreno en el que realmente fue muy parco) habrían de jugar un papel importante en las disputas americanas sobre el abolicionismo.

Tampoco podían ser más certeros los consejos de Nicolás Maquiavelo a Lorenzo de Médicis, ni más aberrante la definición de "maquiavélico" que da el diccionario como "astuto y engañoso". La sutileza de su versión moderna de la política quedó asociada para siempre con aquellos rasgos de carácter que no encajaban en absoluto con el personaje, y con el tan popular lema "el fin justifica los medios" que nunca escribió como tal. Con el tiempo y el uso escolar se van formando auténticas leyendas en las que lo menos relevante es el origen que podría darles veracidad. Nos atenemos de buena gana a funcionar con clichés, que en todo caso son útiles para un correcto pensamiento escolar.

La grandeza de Thomas Hobbes tampoco consistía en reutilizar una frase lapidaria de Plauto ("homo homini lupus") y considerarlo un abanderado del pesimismo antropológico, sino en desafiar la obviedad que seguía siendo la dependencia divina del poder político y afirmar la soberanía del contrato social. Sin embargo, llamamos hobbesiano al absolutismo político, y así traicionamos las pretensiones originales de lo que fue un espíritu crítico y libre, y por el contrario damos pie a una interpretación al servicio de los intereses del intérprete de turno, y convertimos un pensamiento que fue singular en pensamiento propio de escuela. En general es difícil que los grandes maestros se recuerden por lo que los hace de verdad memorables. La posteridad suele ser traicionera, o muchas veces ocurre simplemente que los epígonos no tienen la altura necesaria. Tiende a imponerse el espíritu de escuela, con las consabidas disputas entre facciones y la pretensión de detentar la interpretación correcta, la voluntad de constituir una ortodoxia.

Es algo habitual con los más grandes, y sobre todo con los más innovadores. Son legión los intérpretes de Platón que dieron forma a lo que se llamó platonismo, que significaría para siempre algo mucho más metafísico y menos político de lo que era, más dogmático y menos crítico. Se fundó una escuela contra la que los tiempos modernos han tenido que hacer enormes esfuerzos de deconstrucción, como arqueólogos en busca de evidencias de la pureza original, tan necesaria como difícil de establecer. Pero siempre acaban siendo falsos los intentos de extrapolar las ideas fuera de sus circunstancias de origen, como inútil creerse en posesión de recetas mágicas para todo.

El modelo más contundente de esta forma de proceder nos lo dió la escolástica medieval. Dado un texto sagrado y algunos otros canónicos, la mayor parte de su producción consistió en comentarios sobre esos textos, y comentarios sobre otros comentarios, en un bucle que alcanzó niveles muy altos tanto de sofisticación intelectual como de distanciamiento respecto de cualquier realidad constatable. Y siempre con el argumento de la autoridad como criterio superior para resolver el conflicto de interpretaciones.

Los medievales refinaron al extremo esta manera de proceder, y por extensión consideramos "escolástica" una actitud similar en cualquier otra circunstancia, como por ejemplo la que se dió en la tradición marxista-leninista en torno a la ortodoxia soviética. Que un corpus teórico alcanzara tal grado de sacralidad todavía me parece uno de los grandes fenómenos intelectuales de los tiempos modernos, aunque hoy tenemos la perspectiva suficiente para saber que lo más perdurable de todo eso no fue precisamente lo que permaneció más fiel o se mostró más inflexible. Las ortodoxias no sobreviven mucho, a no ser que se conviertan en un fuerte aparato de poder.

No se puede negar el interés pedagógico de la práctica escolar, del pensamiento escolar. De hecho, los principales trámites de la educación clásica, las clases magistrales, las pequeñas tutorías y los grupos reunidos en seminario, son lo que los medievales denominaron "lectio", "questio" y "disputatio", y la educación on line na ha ido aún mucho más allá, siguen siendo el fondo de toda educación.

La fusión de práctica pedagógica y pensamiento creativo es un privilegio que sólo está al alcance de los grandes maestros, esos que al estilo de Hegel arrastraron a los alumnos hasta dejar vacías las aulas de sus colegas. Pero todo profesor sabe que reproducir y crear son cosas distintas, y que los mejores alumnos son los que cuestionan el saber recibido.

Los mejores maestros son los que nos animan a seguir un camino propio, no los que exigen obediencia. Algunos, como Nietzsche, son imposibles de reproducir, refractarios al espíritu de escuela, aunque eso no les reste influencia. Hay toda una pléyade de nietzscheanos que no es que disputaran los matices de la interpretación textual sino que tenían diferencias realmente drásticas, por lo que anarquistas, fascistas, apolíticos, posmodernistas, hermenéuticos o estetas parecen convocados por un lema como "¡Nietzscheanos del mundo, dividíos!" 

El pensamiento escolar es útil pero empobrecedor, más propio de la corrección (política) académica que de la creación intelectual. Le gustan las etiquetas que identifican, obviando que están expuestas a una historiografía tramposa. Ni los cínicos eran cínicos ni los estoicos imperturbables ni los racionalistas enemigos de la metafísica. Un autor como Wittgenstein a menudo se considera un ejemplo de neopositivismo cuando fue uno de los primeros en abjurar de sus postulados. Y pensadores religiosos como Guillermo de Ockham que en el fondo eran unos perfectos ateos. No es fácil hacer identificaciones históricas inequívocas. Por eso los contextos son tan importantes. 

Y los matices, como los necesarios para hablar de Dios un ateo o para expresar sus dudas un creyente. "Horda insensible a los matices", como decía Vladimir Nabokov. Para aspirar a un pensamiento relevante hay que desviarse de la línea que marcan los sacerdotes del rigor, sacudirse el celo despiadado del que hacen gala los comisarios, y ser como el átomo que se aparta de su caída inexorable en la física del poeta Lucrecio, otro de los inclasificables, como Nietzsche. Los mejores maestros son imposibles de secundar. Solo se repiten como una parodia de lo que fueron, mayormente unos solitarios. 

Pero más que independencia, el público espera consignas claras y contundentes para sentirse identificado y, sobre todo en momentos adversos como estos, mira con recelo a los que no les gusta llevar banderas, los que solo pretenden hablar por sí mismos.

 

Setembro 2020

 

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

  El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico   de las últimas seis décad...