jueves, 9 de febrero de 2023

LA POBREZA Y EL MAL

 

LA POBREZA Y EL MAL

Club Mundial de Filosofía

Congreso sobre la pobreza

Barcelona 7/febrero/2023

 

1.                LA IRRUPCIÓN DEL MAL SOCIAL

 

Desde los tiempos en que el mal era un principio de justicia cósmica inapelable, como lo expresó tan bellamente Anaximandro con su idea de la justicia[1], y después de considerar el  mal como el castigo de un Dios que redoblaba la apuesta ante la osadía humana de la libertad, hemos aprendido al fin que el mal es un producto humano, algo que deriva de las condiciones en las que organizamos nuestra convivencia. Somos productores del mal, lo hemos afirmado tanto dentro como fuera de nosotros, lo hemos distribuido y esparcido al ritmo de nuestras capacidades técnicas, sin que nuestro poder haya encontrado la fórmula para conjurarlo.

De los males contemporáneos, la pobreza es una constante que tiende a ser invisibilizada a fuerza de permanecer. Quizá reteniendo algo de ese origen insondable, la pobreza tiene el halo de una condena, da igual si dictada por Dios o por la furia de la naturaleza. Un mal que parece obstinarse, pero ahora ya no olvidamos que somos su causa y que por tanto es nuestra responsabilidad, sigue siendo así un producto de la libertad pero sin la sanción de un Dios que la haga inevitable.

Antiguamente la pobreza formaba parte de la distribución natural de las cosas, y sus aspectos negativos quedaban asociados a la inferioridad natural de los pobres. La tesis del castigo divino vino a establecer dicho estado de cosas como parte del buen orden de la creación, y revistió a la pobreza de un aura de prestigio, en cuanto condición electiva que denotaba una renuncia virtuosa a la ambición material, llegando a convertirse el “voto de pobreza” en un elemento de elevación espiritual. “Dios proveerá”, pensaba el pobre, mientras el triunfo (provisional) de la Providencia divina sobre el “libre albedrío” ennoblecía su condición.

El racionalismo moderno encontró un mejor aliado en el elogio protestante y calvinista de la laboriosidad, que santificaba la aspiración a la riqueza. De nuevo los pobres quedaron relegados por las tendencias emergentes, hasta que la destrucción de Lisboa en el terremoto de 1755 hizo saltar a Voltaire contra la concepción angelical del orden de lo creado, que incluía la desigualdad más indiscriminada. Fue ocasión privilegiada para considerar el mal como algo social.

La reacción del cristianismo anticipó su pérdida de influencia. El mal encontraba su justificación tradicional en el dramatismo de la libertad humana (San Agustín), pero ahora y ante el pueblo la Iglesia tenía necesidad de culpables, y estos por fuerza tenían que ser agentes del maligno combatibles con la suficiente dosis de crueldad, así que la Inquisición decidió celebrar un Auto de fe, con su fila de condenados en la plaza central de la ciudad todavía salpicada de escombros.

Era difícil atribuir aquella destrucción a un Dios benevolente. En su “Poema sobre el desastre de Lisboa”, Voltaire rompió la visión angelical de la teodicea y rechazó la justificación teológica del sufrimiento en función de un bien mayor que no se podía apreciar por ningún lado, con la muerte de tantos inocentes. Dios ya no podía seguir siendo la razón última del mal porque en tal caso debía tratarse de un Dios aberrante que permitía aquellas injusticias, un Dios incapaz de gobernar los asuntos del mundo, alguien que ya no podía ser el mismo Dios al que imploraba la Iglesia.[2]

El terremoto fue un desafío al optimismo ilustrado. Y fue Rousseau quien acabó de desplazar la cuestión del plano teológico al social, afirmando en respuesta a Voltaire que el origen del sufrimiento de los lisboetas no era Dios sino sus propias acciones, por ejemplo en las formas de construir la ciudad o en todo lo que exige y requiere la propia vida social. "La naturaleza no reunió allí las veinte mil casas de seis a siete pisos, y si los habitantes de esa gran ciudad se hubieran distribuido de un modo más uniforme, y se hubieran alojado debidamente, la catástrofe hubiera sido menor o incluso nula".[3] El mal se abate sobre quien lo ha propiciado, otra forma de explicarlo en relación con causas naturales a la que también contribuirá Kant (que escribió tres textos sobre el desastre).

Rousseau no solo fue pionero en diagnosticar el carácter social de los males que por comodidad o pereza atribuimos a la naturaleza (o a Dios). Sus planteamientos conformaban una visión general de la evolución social humana en la que la pobreza juega un papel determinante. La división entre ricos y pobres  resulta del establecimiento de la propiedad, que finalmente deriva en la diferencia política entre amos y esclavos. Ya sea para apropiarse de lo que no se tiene, ya sea para defender lo que se tiene, el uso de la violencia como arma política adquiere carta de naturaleza. Es en ese contexto en el que hay que entender la aparición de una ley común: ese artificio político ideado, según se dice, para contener a los fuertes y proteger a los débiles, pero que en realidad se apropia de la fuerza de la multitud para proteger los intereses de los poderosos[4].

Con Rousseau comenzamos a advertir la cara oculta del pacto social que el marxismo confirmará desde la perspectiva de clase, y comenzamos a advertir la responsabilidad social de los males humanos. La pobreza ya es vista como una consecuencia de la estructura social, algo a lo que es factible poner remedio desde el ámbito de la acción política. El mal deja de ser un principio explicativo metafísico, se pluraliza, y adquiere concreción social en las distintas formas de lucha de clases que ha vivido el mundo contemporáneo, que hoy vuelven a hacerse patentes, después de la experiencia declinante del Estado social-liberal y su idea de bienestar, cuando la desigualdad se sitúa de nuevo en el centro del debate político.

 

 

2.     RECLUSIÓN PSICOLÓGICA DEL MAL

 

            Entretanto, el mal iba a encontrar otro espacio en el que fundarse, al hilo de la construcción moderna del sujeto y la idea de individuo. Aun admitiendo la amoralidad del mundo, quedaba el espacio de la subjetividad como reducto para la construcción del bien, desde Kant una tarea del individuo que constituye su especial dignidad. Combatir el mal es combatir la propia minoría de edad, exorcizar la ignorancia, atreverse a pensar. La filosofía de Kant confiere al propósito de la Ilustración una base que durante un tiempo parecerá firme, el sujeto moral irreductible a la naturaleza, la densidad ética de una conquista de la autonomía y la libertad que se confronta al vacío de los espacios exteriores (la ley moral en mí, radicalmente distinta al cielo estrellado sobre mí). El humano en Kant es bifronte, una existencia heideggerianamente arrojada al mundo y, a la vez, un proyecto de superación del mundo por parte de un sujeto que se ve emplazado por la retirada de Dios. “Una vez que la antigua metafísica se ha desplazado con Kant hasta el interior del sujeto, de Dios no queda más que una moral rigurosa”[5].

            El sujeto ético adquiere su carta de naturaleza al distinguirse del sujeto epistemológico, y todo proyecto de carácter ético o político podrá ser visto como la prolongación de la singular psicología humana, que sitúa en su centro la idea arquetípica de una “buena voluntad”. Pero el mismo Safranski nos deja una pista sobre las tempestades que estaban a punto de desatarse con esa reclusión psicológica. Según él, “Kant retrocedió con espanto ante el pensamiento de que el mal mantiene un vínculo secreto con la transcendencia del bien”, ya que ambos pueden imponerse con la misma capacidad (¿y legitimidad?, eso mejor no pensarlo) a los intereses de la propia conservación. “¿Por qué la libertad ha de conducir solo en el sentido bueno, y no en el sentido malo?... Ese es precisamente el punto en el que se apoya el doble sombrío de Kant: el marqués de Sade”[6].  

            Doble sombrío porque la transcendencia se pone al servicio no del orden sino del exceso, de una pasión por la crueldad para la que los placeres del sexo no son más que un medio para afirmar la propia soberanía mediante la aniquilación del ser. La modernidad corre ahí por una vía secundaria que se emancipa de la luminosa corriente principal que deviene en el crudo positivismo del mercado capitalista. Vía alternativa que será profusamente transitada por artistas, escritores, estetas, desde “Las flores del mal” (Baudelaire) a “El corazón de las tinieblas” (Conrad), encarnando el mal en los personajes más fascinantes del cine o la literatura que encontrarán su lugar con Freud en el interior del sujeto, como la atávica pulsión de muerte que la civilización no acaba de doblegar, la energía libidinal invertida, el placer obtenido a través del dolor.

            Si la buena voluntad es conducida al sistema de la producción y convertida en el sujeto de una sociedad articulada por el trabajo, el mal será el doble sombrío del idealismo moral, la sospecha permanente que desatan Freud, Marx o Nietzsche, las raíces animales con las que el darwinismo obliga a confrontar. El instinto salvaje, el impulso gregario, la permanente lucha, serán caracteres que se atribuyan a la clase no tanto de los pobres cuanto de los depauperados por el sistema organizado de la explotación capitalista, el sujeto de la alienación, emplazado además como sujeto de la revolución. Los pobres adquieren con el marxismo carta de naturaleza como sujeto político, pero la transformación revolucionaria del sistema productivo no será nada si no se traslada al interior de las conciencias y produce una transformación de la naturaleza humana que extirpe su animalidad y dicte el fin de la prehistoria y el comienzo de la verdadera historia de la humanidad. Es el anhelo de Marx, que será duplicado en el de Nietzsche por superar el nihilismo.  

            Entretanto, la sociedad se ve obligada a lucir sus costuras y mostrar la sangre y el sufrimiento. El proyectado sujeto universal vampiriza las diferencias desde una posición de superioridad moral que desprecia la diversidad de clase, de raza, de género, mientras el proletariado, las razas inferiorizadas y las mujeres inician un lento emerger desde las sombras, facilitado por la afirmación romántica de la singularidad. Desde el buen salvaje de Rousseau al líder revolucionario o el poeta maldito, el prototipo de la civilización será más bien un anti-héroe, como podrían serlo hoy el migrante o el sin techo.

            Emerge la cultura de lo particular, de lo que no se somete a la normatividad de la conciencia ni del sistema pero reclama su lugar. Es la explosión de un inconsciente social que se populariza en las formas de la cultura, por ejemplo en el cine, medio idóneo para el sujeto de la cultura de masas y los circuitos del consumo. Entran en escena las diferencias, que acaban por nivelar las antiguas jerarquías. (La posmodernidad recogerá más tarde ese impulso nivelador de la esfera cultural al difuminar la separación entre alta cultura y cultura popular, con lo que “un par de botas equivale a Shakespeare”[7]). Es un proceso complejo que ocurre al tiempo que los pioneros de la antropología establecen el presupuesto básico del relativismo y que el sufragio femenino alcanza un umbral definitivo de reconocimiento, dos fenómenos que abren la modernidad, la tensionan y la enriquecen, estableciendo un juego de fuerzas más plural que debilita al sujeto que se pretendía universal (hombre blanco occidental, clase media en ascenso).

            Es la concepción antropológica que venía sirviendo de referencia principal en el pensamiento moderno lo que se tambalea, obligada a introducir en su seno variaciones antes excluidas a los márgenes. Es la diversidad de género, de raza, de clase y de cultura, el difuminado tanto genético como psicológico de los límites de lo humano. El instinto animal que anida en nuestra psique, cuyo (auto)control es fundamento de civilización, permite identificar como descontrol patológico el origen de nuestros males, a la vez que una idea de continuidad entre animal y humano, consolidada por cada avance en la comprensión del comportamiento animal y nuestras similitudes con él. ¿Adónde nos lleva este borrado de nuestra preciada singularidad pasada, en el plano de nuestros conflictos éticos, sociales y políticos? ¿Cómo se traslada a este plano la disolución de las jerarquías? Humanidad ampliada o desfondada, horizontes subhumanos y transcendencia del hombre; su obsolescencia, (Gunther Anders), o bien el origen tecnológico de todos los transhumanismos que nos hacen pensar no en un reencuentro sino en una fuga de nosotros mismos, en una fusión del Übermensch y el marciano.

 

 

3.     MATAR DE HAMBRE

            La sociedad industrial ha elaborado nuevas formas de producir el mal, en una escala mayor y en modos específicos. Ya no hablamos de estratos profundos de la psique (ya no más maldiciones divinas ni simples errores humanos) sino de todo un sistema de producción: una vez que se impone el fin (la producción de riqueza) se asume que este fin tiene un precio, y ese precio se traduce en una cuota de hambre. La pobreza es la reserva de esa producción, su fondo oculto, su condición de posibilidad. Una realidad incómoda porque nos hace ver los pies de barro del mundo desarrollado, y que se oculta al convertirla en una postal que contemplamos con distancia, como una metáfora exótica de nuestras impotencias.

            El mal estético podía integrarse fácilmente en los circuitos del consumo; ahora, nos referimos a la producción técnica de la maldad, expresada como injusticia, desigualdad y pobreza. El mal radical, que Kant había intuido y rechazado, encuentra su instrumento poniéndose al servicio de voluntades e intereses (la raza, la clase, la nación privilegiada) que apelan a un poderío amenazado del que habría que reapropiarse, y un futuro que exige purificación. Para ello se ponen en juego prácticas de masas que tienden a ocupar la totalidad del espacio, tanto hacia dentro, mediante la colonización de las relaciones sociales y la producción de formas de subjetividad sometidas a la masa, como hacia fuera, físicamente, con la búsqueda de mayor espacio vital (argumento privilegiado de autócratas, de Hitler a Putin).

            La historia del capitalismo contemporáneo es la de las prácticas de producción de riqueza que requieren de un constante crecimiento económico, historia jalonada por tres modelos principales: el modelo colonial, el totalitario y el neoliberal. De la mano del saber moderno, forjado desde su origen etnocéntrico y patriarcal y consolidado con el positivismo, los tres modelos forman parte de un mismo proceso de expropiación planificada de recursos, en uno u otro grado, de uno u otro tipo, pero siempre con el efecto similar de producir pobreza. Aunque interesadamente se revista con los oropeles del progreso, o incluso se niegue, cuando se la considera un mero daño colateral.

 

            El hecho es que entre 1875 y 1914 las potencias coloniales se repartieron un cuarto de la superficie de la Tierra. Las nuevas capacidades técnicas y militares permitieron conseguir recursos ajenos para ampliar mercados, lo que sirvió para combatir el desempleo en las metrópolis, que estaban en plena industrialización. La conquista y reparto de territorios y la concentración masiva de la propiedad de la tierra cumplían fines económicamente virtuosos, que sin embargo tenían el coste del sometimiento y la desposesión de innumerables poblaciones autóctonas y la expropiación de sus modos de vida. Millones de campesinos tradicionales se fueron convirtiendo en nuevos siervos deudores de la metrópoli, a lo sumo proletarios rurales a los que el desarrollo occidental ancló a su atraso.

            El desarrollo económico que conocemos de los últimos 100 o 150 años en los países occidentales fue posible por ese proceso, intenso y prolongado en el tiempo, de expropiación colonial, una continuación ampliada de la desigualdad radical que venía practicándose desde el comercio de esclavos. La abolición de la esclavitud promovida por las ideas ilustradas abrió el camino al universalismo antropológico, pero desplazó el lugar de la desigualdad al plano de lo social, y es ahí donde se consolida el colonialismo, entre la emergente lucha de clases y su entrelazamiento con justificaciones pseudocientíficas de los comportamientos prototípicos de las razas, dentro del dominante darwinismo social.

            Visto en perspectiva puede decirse que ese proceso de expropiación no ha concluido, ya que fueron grandes propietarios occidentales (y su pléyade de socios autóctonos) quienes acabaron gestionando la descolonización, sin revertir la estructura de la propiedad heredada del extractivismo colonial.

 

            El segundo modelo fue el totalitario, que ocupó buena parte de la Europa de entreguerras y del que el programa nazi fue prototipo. La constitución extrema de un “nosotros” frente a un “ellos” que deben ser directamente exterminados puede considerarse la encarnación más palpable del mal contemporáneo, el “mal radical” del que hablaba Hannah Arendt.

            Esta forma del mal abarcó todos los frentes: desde las justificaciones ideológicas (la higiene racial, el antisemitismo, la mística de la guerra) hasta los detallados planes de exterminio (como el Hungerplan, con sus cuatro categorías, los “bien alimentados”, los “insuficientemente alimentados”, los “hambreados” y los “exterminados por hambre”, con sus estrictas asignaciones de comida)[8], incluyendo los recursos de la sociedad de masas y la publicidad, puestos al servicio del culto al líder. El objetivo no era inferiorizar una masa social sino la aniquilación moral de la dignidad humana, la supresión de todo rastro de individualidad. Ese era el objeto de los campos de concentración y exterminio, auténticos laboratorios de experimentación criminal que no se limitaban a producir la muerte física, sino que buscaban despersonalizar, aniquilar la singularidad, borrar las huellas de la existencia de la considerada población excedente[9].

            Observamos ese mal en la producción de una masa de cadáveres vivos, que nos dicen que es posible aniquilar a los seres humanos sin su eliminación física, que hasta ahí llega el poder, capaz de domesticar la vida y, con ello, privar de significado a la muerte y truncar toda posibilidad de sentido. Por eso la conciencia (lacerante pero poco atendida) de que “después de Auschwitz” no es posible pensar igual que antes, que no es posible seguir haciendo poesía igual que antes, que nada puede ser igual.

            Solo queda un mal perfectamente banal, como el que identificó Arendt en Eichmann[10], capaz de sacudirse toda responsabilidad e incluso el odio bajo el manto de la simple obediencia, alegando un perverso cumplimiento del deber.

            Podríamos encontrar cobijo intelectual con la condena de Eichmann o, en general, con la derrota del nazismo y el breve destello posterior, cuando se funda la ONU y se aprueba la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sin embargo, tras unos años de impulso a las luchas por los derechos humanos y la descolonización, ¿no queda la sensación de que, en sociedades anestesiadas en el régimen de la imagen y la comunicación global, vivimos aún bajo un automatismo similar al que invocaba Eichmann? ¿O bajo un régimen de exclusión para muchos, aunque hayan cambiado los procedimientos y se presenten bajo la pátina amable de la democracia liberal?[11]

 

            Tras unos años de crecimiento económico acompañado de políticas redistributivas que provocaron un avance en las condiciones materiales de los países desarrollados (lo que llamamos Estados de bienestar), ese momento dio paso al neoliberalismo, la reacción de las élites iniciada en el último cuarto del siglo XX, dentro de la que se articuló la globalización como si de un imparable tsunami se tratara.

            En las décadas de 1960 y 1970 comienzan a descender las tasas de crecimiento y, tras las dos crisis del petróleo y más tarde la caída de la URSS la respuesta es bien conocida: liberalización de los flujos de capital, desregulación financiera, aumento explosivo de la “creatividad” (mercados de derivados, fondos de inversión y demás innovaciones financieras). Se habla mucho de los inicios de estas políticas bajo la administración de Reagan y Thatcher, pero fue un marco común del que los demócratas fueron tanto o más entusiastas, como muestra la anulación de la Ley Glass-Steagal, que separaba desde hacía décadas las bancas de ahorro y de inversión, por parte de la administración de Clinton en 1999. Mientras tanto en Europa la izquierda se domesticaba, con la tercera vía de Tony Blair y Gerhard Schröder en Alemania.

            El Consenso de Washington  procedió a la articulación competitiva del mercado global mediante las políticas de ajuste del Fondo Monetario Internacional, con rebajas fiscales al capital y reducción de la protección social. Los tambores de crisis ecológica, el declive de la fuerza de trabajo, tanto agraria como industrial (con el impulso de la emigración a las ciudades tras la Revolución Verde y la automatización de la Tercera Revolución Industrial), y la creación ideológica de un “capitalismo inmaterial” y su promesa de un mayor progreso y bienestar, todos ellos fueron factores que hicieron natural el someter cualquier producto a la lógica financiera, incluidos los recursos alimentarios. Un ejemplo fue la creación del Goldman Sachs Comodity Index en 1991, con el que productos alimentarios esenciales fueron convertidos en objeto de especulación, que habría de ser muy lucrativa para algunos ejecutivos occidentales, pero desastrosa para poblaciones enteras de los países en desarrollo. Aportaré solo un par de datos; el primero: entre 2003 y 2008 (año crítico no solo para las bolsas sino también para las estadísticas del hambre) las inversiones financieras en productos alimentarios se incrementaron desde 13.000 millones hasta 317.000 millones de dólares (casi veinticinco veces más, con la consecuencia del aumento disparado de los precios para el consumidor local). Y otro: la especulación con el precio del trigo en la bolsa de Chicago mueve cincuenta veces más dinero que el valor de la producción mundial de trigo[12]. La economía real queda sobrepasada con creces por la creatividad financiera.

            Las dificultades de acceso a un sustento básico para millones de personas (cientos de millones; 828 millones según la última estimación del Programa Mundial de Alimentos de la ONU) es una realidad que no nos ha abandonado en el siglo XXI, al contrario, es una variable apuntalada desde múltiples frentes, como las reiteradas subidas de precios de los alimentos o las apropiaciones de tierras (“land grab”), que desde 2007 experimentaron una gran aceleración, justo al inicio de la debacle financiera, como si urgiese un retorno al suelo nutricio de la economía real. Matar de hambre ya forma parte de una guerra silenciosa que castiga sobre todo a mujeres y niños, y por toda respuesta lo que hay es repliegue en la defensa de las situaciones de privilegio. Los países de la OCDE emplean seis veces más dinero en subsidiar la producción agraria propia que en ayuda humanitaria, un resto destinado a poblaciones que desde el punto de vista de los centros de poder ya han sido declaradas superfluas. Aunque se sepa que es posible, económicamente, acabar con el hambre en el mundo.

            Con todo, sabemos que la ayuda humanitaria no es suficiente, que es un mecanismo que subsidia la pobreza y crea poblaciones dependientes. No llega ni siquiera con la idea timorata de redistribución. Pero en lugar de articular una respuesta estructural (quizá la única revolución con sentido), la pobreza pierde presencia en el debate público, y cuanto más ubicua es su presencia en las sociedades del mundo desarrollado, menor es su peso político. Interesa presentar una pobreza renaturalizada, reubicada en la normalidad de un mundo que parece hecho para soportar diferencias extremas en las condiciones materiales de existencia, sin Dios, pero con los mismos efectos de una voluntad ciega e incomprensible.

            Para impedir que el ser humano pueda ser dueño de sí mismo quizá lo que interesa es recluirnos en la caverna y, a base de altos muros de separación, con sus vallas recortadas y cámaras de vigilancia, hacerla inexpugnable. Pero también eso será polvo algún día. Y contra la realidad del hambre, acabar con ella será de nuevo un programa político.

 

 

 

 

 

 

Referencias bibliográficas:

 

-Caparrós (215), El Hambre, Barcelona: Anagrama.

-Rousseau (1976), Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Barcelona: Península.

-Rubio, A. (2009), Los nazis y el mal. La destrucción del ser humano, Barcelona: UOC.

-Safranski, R. (2010), El mal. O el drama de la libertad, Barcelona: Tusquets.

-Vilar (ed., 1995), Voltaire-Rousseau. En torno al mal y la desdicha, Madrid: Alianza.

 



[1] “Las cosas perecen en lo mismo que les dio el ser, según la necesidad. Y es que se dan mutuamente justa retribución por la injusticia, según la disposición del tiempo”. Citado en Bernabé, A. (1995), Fragmentos presocráticos, Barcelona: Altaya, 54.

[2] “¿Dirán ustedes, al ver ese montón de víctimas: ´Se ha vengado Dios; su muerte paga sus crímenes?”. El poema está recogido en Voltaire-Rousseau. En torno al mal y la desdicha (edición a cargo de Alicia Vilar, 1995).

[3] Respuesta de Rousseau  a Voltaire (op. cit.: 187).

[4] “He aquí que el rico, apremiado por la necesidad, concibió por fin el proyecto más meditado que jamás entrara en la mente humana: fue el de emplear en favor suyo las propias fuerzas de los que le atacaban, y convertir a sus adversarios en defensores suyos (…)”, de  manera que “todos corrieron hacia sus grilletes creyendo asegurar su libertad”. Rousseau (1976), Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. 85,86. 

[5] Safranski, R. (2010), El mal o el drama de la libertad, 167.

[6] Íd.,169.

[7] Finkielkraut, A. (1987), La derrota del pensamiento, 115.  

[8] Caparrós, M (2015)., El Hambre, 240.

[9] Rubio, A. (2009), Los nazis y el mal. La destrucción del ser humano, 98.

[10] Arendt, H.(1999), Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Barcelona: Lumen.

[11] Es la tesis del “totalitarismo invertido”, sostenida por Sheldon Wolin (2008), “Democracia S.A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido”, Buenos Aires: Katz.

[12] Caparrós, op. cit.: 323, 324.

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