miércoles, 22 de octubre de 2025

POPULISMO SIN PUEBLO

 

El mundo está patas arriba. La decadencia del viejo orden (de la hegemonía neoliberal norteamericana) ha generado un estallido que multiplica los centros de poder, al hilo del ascenso de China (y demás BRICs) y el triunfo de la reacción, tanto en el nuevo imperio putinista ruso como en el MAGA trumpismo que pone a la democracia americana en riesgo de implosión, a la vez que extiende su onda expansiva por Latinoamérica y Europa. La triste Europa del seguidismo del amo, incapaz de sacudirse su desprecio y tener una voz propia, asomada de nuevo al abismo. Cuando las botas teutonas (de los cachorros de Orban y los neonazis de AFD con todas sus réplicas hasta VOX) resuenen en las calles de la Little Caracas del ayusismo, que tiemble el mundo.

Es el colapso moral del viejo universalismo vestido de diplomacia, el monstruo burocrático de Bruselas cortocircuitado por la doble moral mostrada ante Rusia e Israel (ante Ucrania y Gaza), al que solo le queda encomendarse al éxito de los planes de Trump y su carrera hacia el premio Nobel de la paz (aunque este año no pudo ser…). A los europeos, carentes de poder real, les queda la guerra del símbolo, como con la flotilla Global Sumud.

Está en juego el derecho internacional, cuya defensa es tachada de peligroso “activismo” por la misma lógica perversa que considera “politizar” la denuncia del genocidio, por ejemplo en las aulas, promoviendo como “neutralidad ideológica” la complicidad con la violación sistemática de ese mismo derecho internacional. Un mundo al revés.

Es una guerra de conceptos que enfrenta al pueblo con la democracia (Feijóo: prosperidad frente a democracia), y que bien se ve quién va perdiendo: un modo de vida que asume lo inevitable del conflicto y lo imperioso de negociar y transigir, que para unos (todo el espectro de neoconservadores más o menos nostálgicos, animados por la pulsión nacionalista y jerárquica) es demasiado permisivo, y para otros, los neolibertarios inflamados de individualismo, demasiado restrictivo, imponiéndose a un lado y otro una lógica del “todo o nada” que reduce el espacio para un acuerdo transversal.

Lo que va ganando es la política populista, el outsider metido a político alternativo que apela a los instintos más primarios del ser humano, el miedo al otro, el victimismo y la venganza (como con el patrioterismo que se moviliza frente a los inmigrantes), y lo que se va perdiendo es la autoconstitución positiva del pueblo, el consenso básico de una multitud en marcha unida por algún tipo de conciencia colectiva y un propósito común de autodeterminarse. Algo que aflora en situaciones límite (como en la dana de 2024 en la que se oía aquello de “solo el pueblo salva al pueblo”, o en los aplausos del confinamiento) pero que luego pronto se diluye con el retorno de la “normalidad”.

Claro que en ese “solo” (solo el pueblo…) había un interés en deslegitimar a las instituciones, que aprovechaba las graves negligencias cometidas (triste que continúe Mazón) para sumarse a la ola de desafección general al sistema, los políticos y la democracia misma, olvidando que quienes más invocan al “pueblo” suelen ser los que lo laminan y magnifican las innumerables brechas que es posible invocar: boomers contra milennials, nacionales contra foráneos, rurales con apego a lo tradicional contra progres urbanos, y un ejército de precarios que miran de reojo a los intelectuales como si fuesen stablishment. Cunde la sensación de agravio permanente, caldo de cultivo para el crecimiento del voto ultra.

 

Octubre 2025

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

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