El mundo está patas arriba. La decadencia del viejo
orden (de la hegemonía neoliberal norteamericana) ha generado un estallido que
multiplica los centros de poder, al hilo del ascenso de China (y demás BRICs) y
el triunfo de la reacción, tanto en el nuevo imperio putinista ruso como en el
MAGA trumpismo que pone a la democracia americana en riesgo de implosión, a la
vez que extiende su onda expansiva por Latinoamérica y Europa. La triste Europa
del seguidismo del amo, incapaz de sacudirse su desprecio y tener una voz
propia, asomada de nuevo al abismo. Cuando las botas teutonas (de los cachorros
de Orban y los neonazis de AFD con todas sus réplicas hasta VOX) resuenen en
las calles de la Little Caracas del ayusismo, que tiemble el mundo.
Es el colapso moral del viejo universalismo vestido de
diplomacia, el monstruo burocrático de Bruselas cortocircuitado por la doble
moral mostrada ante Rusia e Israel (ante Ucrania y Gaza), al que solo le queda
encomendarse al éxito de los planes de Trump y su carrera hacia el premio Nobel
de la paz (aunque este año no pudo ser…). A los europeos, carentes de poder
real, les queda la guerra del símbolo, como con la flotilla Global Sumud.
Está en juego el derecho internacional, cuya defensa es
tachada de peligroso “activismo” por la misma lógica perversa que considera
“politizar” la denuncia del genocidio, por ejemplo en las aulas, promoviendo
como “neutralidad ideológica” la complicidad con la violación sistemática de
ese mismo derecho internacional. Un mundo al revés.
Es una guerra de conceptos que enfrenta al pueblo con
la democracia (Feijóo: prosperidad frente a democracia), y que bien se ve quién
va perdiendo: un modo de vida que asume lo inevitable del conflicto y lo
imperioso de negociar y transigir, que para unos (todo el espectro de
neoconservadores más o menos nostálgicos, animados por la pulsión nacionalista
y jerárquica) es demasiado permisivo, y para otros, los neolibertarios
inflamados de individualismo, demasiado restrictivo, imponiéndose a un lado y
otro una lógica del “todo o nada” que reduce el espacio para un acuerdo
transversal.
Lo que va ganando es la política populista, el outsider
metido a político alternativo que apela a los instintos más primarios del ser
humano, el miedo al otro, el victimismo y la venganza (como con el
patrioterismo que se moviliza frente a los inmigrantes), y lo que se va
perdiendo es la autoconstitución positiva del pueblo, el consenso básico de una
multitud en marcha unida por algún tipo de conciencia colectiva y un propósito común
de autodeterminarse. Algo que aflora en situaciones límite (como en la dana de
2024 en la que se oía aquello de “solo el pueblo salva al pueblo”, o en los
aplausos del confinamiento) pero que luego pronto se diluye con el retorno de
la “normalidad”.
Claro que en ese “solo” (solo el pueblo…) había un
interés en deslegitimar a las instituciones, que aprovechaba las graves negligencias
cometidas (triste que continúe Mazón) para sumarse a la ola de desafección
general al sistema, los políticos y la democracia misma, olvidando que quienes
más invocan al “pueblo” suelen ser los que lo laminan y magnifican las
innumerables brechas que es posible invocar: boomers contra milennials,
nacionales contra foráneos, rurales con apego a lo tradicional contra progres
urbanos, y un ejército de precarios que miran de reojo a los intelectuales como
si fuesen stablishment. Cunde la sensación de agravio permanente, caldo de
cultivo para el crecimiento del voto ultra.
Octubre 2025