jueves, 3 de febrero de 2022

El antropólogo ya no es inocente

 

“El antropólogo inocente” es una obra de Nigel Barley[1] que tuvo su éxito en el público español en los años 90. Barley contaba en un tono desenfadado las peripecias de su primer trabajo de campo entre los dowayo de Camerún, y conseguía hacer de los contrastes entre trabajo académico y problemas de orden práctico un relato desternillante. Era un antropólogo sin prejuicios, con más sentido común que anteojeras académicas, un antropólogo inocente como solo puede serlo alguien desprendido y abierto a la experiencia.

Pero si Nigel Barley podía adoptar esa mirada virginal, es dudoso que a la antropología pueda adjudicársele alguna vez algo así. Como mostró Michel Foucault, toda forma de conocimiento tiene vínculos, confesables o no, con dispositivos de poder, y esa relación forma parte sustantiva del proyecto epistemológico moderno, del que la antropología es una especie de brazo ejecutor, gracias a su posición destacada en el cruce de la naturaleza y la cultura, la biología y las ciencias sociales. Al pensamiento de lo universal, que podríamos cifrar en la subjetividad kantiana, le faltaba una confrontación empírica con el fenómeno de la diversidad cultural, y eso fue lo que deslumbró a los antropólogos de primera generación, como Lewis Henry Morgan o Edward Burnett Tylor, aunque solo los de la generación siguiente consiguieron sacar de ello las consecuencias apropiadas.

La primera generación fue presa de un desenfoque retrospectivo, comprensible desde una forma de racionalidad propia todavía de la ilustración. Descubrir (muchas veces a distancia) a los pueblos exóticos era verse de nuevo ante el mito, como si la cultura moderna protagonizase un nuevo nacimiento de la razón de la mano de la mentalidad positivista y el evolucionismo, una razón que venía como anillo al dedo al colonialismo europeo que así podía enarbolar la idea de una unidad humana que recogía de manera jerárquica el descubrimiento de la atomización cultural.

El artificio unificador fue la idea de progreso, el mito del progreso, que permitía una clasificación cuantificable de los pueblos, objetiva según el criterio de la razón científica y, al mismo tiempo, fácilmente asimilable por el uso prolijo a finales del siglo XIX del método comparativo. Es la eclosión del primitivismo, la auténtica invención de los pueblos primitivos y de una racionalidad primitiva que representaba un vestigio del pasado. Todo contribuía a reforzar el sentido de esa línea imaginaria que va de lo primitivo a lo moderno, desde la primera comprensión de las migraciones a las discusiones sobre el concepto de raza, en la misma época en que se estaban elaborando las bases del racismo.

La segunda generación, con Franz Boas o Bronislaw Malinowski, puso en tela de juicio la idea de progreso. El polaco Malinowski, obligado a permanecer en las islas Trobriand hasta que finalizase la Primera Guerra Mundial, gracias a lo que completó su estudio del intercambio ceremonial del kula, fue pionero de la inmersión cultural, lo que en la jerga antropológica se llama “observación participante”, que es la base metodológica de todo trabajo de campo que se precie. Como Boas entre los inuit, leyendo a Kant en un iglú, nadie como ellos había comprendido que la singularidad cultural no se puede medir en términos de progreso; aunque se trataba de explicar fenómenos sociales con métodos científicos y, por tanto, de apelar a algún tipo de base universal del conocimiento social, este no abonaba la reducción de la singularidad a una métrica elaborada desde la cultura occidental, y menos si se trataba de imponerla por la fuerza. En ese justo momento la empresa imperialista estaba perdiendo el amparo de la ciencia; aunque eso no le impidiese prosperar después por otras vías, o encarnarse en delirios terminales como el nazi. ¿De verdad terminales? ¿Puede pensarse el totalitarismo como un ensayo inacabado, a la luz de lo ocurrido después?

Así que el título habría que matizarlo y decir que el antropólogo ya no es inocente, si es que alguna vez lo fue. Podríamos considerar el relato de Bartley como la constatación irónica de una pérdida de la inocencia que es consustancial al avance del conocimiento etnográfico, que alcanza su punto de madurez en las décadas finales del siglo XX, al mismo tiempo que iban decayendo las ambiciones universalistas (de estructuralismo, cognitivismo y otros ismos que fueron víctimas de sus propios excesos).

Poco antes de la primera visita de Bartley a los dovayo la antropóloga Annette Weiner acudió a las míticas islas Tröbriand de Malinowski, en principio para una investigación muy concreta, sobre cómo habían ido cambiando las tallas nativas de madera a medida que se integraban en los circuitos comerciales del turismo, y en qué medida eso podía haber alterado el sistema económico tradicional que había descrito Malinowski medio siglo antes (el circuito del kula como piedra de toque de la idea de intercambio recíproco).

Según relata Weiner, ya en su primer día de trabajo de campo observó que “las mujeres estaban en el centro de la aldea haciendo algo con algo que me dijeron que era como dinero”, lo que contradecía el supuesto (implícito en Malinowski) de que las mujeres ocupaban la periferia de la sociedad trobriandesa y no manejaban nada que pudiera considerarse dinero.

Al continuar con sus investigaciones, Weiner descubre que “Malinowski estaba equivocado por la forma en que se movían los objetos. Había recortado el movimiento: nunca había seguido completamente el circuito de las cosas”, y eso fue así porque Malinowski “no siguió a las mujeres”. Cuando Weiner hace ese seguimiento de las mujeres descubre “la interelación entre hombres y mujeres. No podías analizar a los hombres por aquí y a las mujeres por allá. Esa bipolaridad no funcionaba”.[2]

La deconstrucción del oficio antropológico por la mirada feminista es un factor decisivo en esa pérdida de la inocencia antropológica que la disciplina acaba de certificar a fines del siglo XX. Pero no solo concierne a la cuestión del género. Se trata de un cambio general de paradigma. En aras de proporcionarle objetividad y carácter científico a la antropología, Malinowski había reconducido todo el proceso del kula al mecanismo básico de la reciprocidad, llegando (sigue Weiner en la citada entrevista) a “registrar reciprocidad por todos lados”. La antropología clásica había procedido de modo ingenuamente simple y positivista, pensando en totalidades sociales conformadas por partes discretas susceptibles de análisis separados (el parentesco, la magia, el sistema político, la guerra…), un modelo que se compadece mal con la aspiración antropológica de un conocimiento verdaderamente bio-socio-cultural.

En un gesto similar al que representa de manera hilarante el relato de Bartley, Weiner se planteaba que “tenemos que invertir toda esa tendencia (…) y construir las cosas otra vez, poniéndolas una encima de otra e incrustando una dentro de otra”. Lo que había descubierto acerca de la interrelación de hombres y mujeres había que llevarlo más allá y convertirlo en una visión transversal de los fenómenos socioculturales, entendidos como procesos complejos y cambiantes. El paradigma clásico y positivista tenía que ser superado, y tendría que llegar una tercera generación, la de los Cliford Geertz, Marshall Sahlins, Arjum Appadurai, Edgar Morin y la propia Annette Weiner ente muchos otros (faltan mujeres!!!) para poner sobre la mesa la necesidad de asumir nuevas formas de conocimiento e investigación, en orden a construir una antropología más crítica y más acorde con la reconocible complejidad del ser humano en el mundo contemporáneo.  

 

 



[1] Londres, 1983. Traducción castellana en Barcelona, Crónicas Anagrama, 1989.

[2] Todas las citas de Annette Weiner pertenecen al texto “Arte y cultura material. Una conversación con Annette Weiner”, de Fred. R Myers y Barbara Kirshenblatt-Gimblett

(Traducción de María Florencia Blanco Esmoris, Yanina Faccio y María Jazmín Ohanian)

Publicar - Año XIV N° XXVIII// Julio de 2020 - ISSN 0327-6627 // ISSN (en línea) 2250-7671

La entrevista fue realizada entre 1986 y 1987 (y la traducción fue enviada el 21 de abril de 2020). El texto de la misma se puede consultar en:

https://www.researchgate.net/publication/343999004_Arte_y_cultura_material_una_conversacion_con_Annette_Weiner

 

martes, 1 de febrero de 2022

Yolanda Díaz e a teoría cultural

 

Boa parte do éxito dun liderado político reside no atractivo persoal. Max Weber falaba de carisma e Aristóteles de “ethos” como virtude de dar confianza, a capacidade para fascinar a un público (hoxe diríamos: unha audiencia) fóra dunha pura adhesión lóxica ou ideolóxica, por riba da pertenza á tribu, dirixíndose a calquera. A Yolanda Díaz góstalle falar de “transversalidade”.

 

Haberá quen pense que transversalidade é dicirlle a cada quen o que quere escoitar e, no canto diso, esixa máis monolitismo e contundencia. Iso suporía esquecer a evolución das sociedades modernas cara un pluralismo que deixou atrás antigas pretensións hexemónicas, de fondo relixioso. Ese pluralismo de ideais de vida debería ser irrenunciable, a pesar de que a axenda neoliberal soubese atrapar a diversidade e adaptala ós seus fins, converténdoa nunha interminable disputa identitaria na que as lexítimas loitas polo recoñecemento máis parecen estratexias de marketing.

 

Resulta difícil pensar en termos solo racionais, padecemos en xeral unha “disonancia cognitiva” da que non saímos excepto en momentos luminosos pero marxinais. Non é fácil conciliar diferentes metas nin convertelas en accións consecuentes ou eficaces (como exemplo o cambio climático, paralizados entre o que sabemos que habería que facer e o que estamos dispostos a facer). Somos  zarandeados polos fluxos da circulación económica, reducidos a “capital humano” nunha economía dos afectos que sustitúe á política.

 

O tempo dirá se o atractivo persoal de Yolanda Díaz se converte en carisma. Se se consuma o éxito da reforma laboral, pode ser o salto cualitativo que precisa para ser lideresa, máis alá do estreito xogo parlamentario. Ó seu favor terá o discurso do contrato social, idea potente pero que para ser eficaz necesita a dose suficiente de innovación para suscitar emocións fóra dos predispostos a ese discurso e atraer sectores doutras órbitas e mesmo despolitizados.

 

As eleccións que facemos non son solo racionais e discursivas senón tamén emotivas, configurando, según a antropóloga Mary Douglas (“Estilos de pensar”), un cadro de catro posicións conflitivas entre si: están o xerárquico que tende a aceptar a orde establecida e actuar conforme ó status; o individualista competitivo, que se move no seu elemento nas sociedades de mercado e sábelles sacar partido; o protestatario, capaz de xerar “enclaves disidentes” e conformar normatividades alternativas, persoas fortemente ideoloxizadas (que, no extremo, poden chegar a ser sectarias); e finalmente a xente ecléctica ou “illada”, que en xeral prefire evitar os controis opresivos das demais formas de vida, se substrae á competencia e simplemente prefire que a deixen en paz.

 

As sociedades chamadas democráticas son presas dunha gran volatilidade, ó fío das afinidades e distancias entre distintos “estilos de pensar”. Mary Douglas pensaba que era difícil saírse do grupo no que un se socializa, pero as pertenzas tenden a ser fluidas e cambiantes. Aínda que a imaxe pública acompañe hoxe a Yolanda Díaz e o seu núcleo discursivo funcione, queda aínda o dictame inapelable da audiencia, que pide emocións fortes e caricaturas extremas, un terreo minado onde enseguida crecen os ananos e non é de esperar moita fidelidade.

 

Nese vaivén e nesa vertixe é onde pode fraguar o carisma, si o enclave dos propios consigue comunicar coas grandes bolsas de illados, precarios e desafectos da política, nunha tanxente ou diagonal idealista. Un recomenzo quincemaísta coas leccións aprendidas e bagaxe institucional. Eso sería romper barreiras, establecer un novo marco de prioridades, poñer foco na desigualdade, a extensión de dereitos (e a garantía dos xa recoñecidos, como a vivenda), a protección do medio, en definitiva concretar aqueles elementos que deben ser básicos, sustantivos e transversais. E que no demáis, no que é máis accesorio e instrumental (cómo chegar a onde queremos?), haxa un abano de opcións reais, tanto en política económica como na articulación territorial do Estado, cuestións que non deberían ser obxecto de guerra cultural, coma se fosen esencias  inamovibles nunha confrontación grosa de todo ou nada, senón un terreo de negociación permanente. Eso sería cabalgar as mutacións sociais que vivimos; se non, podemos vernos abocados a afrontar (como dí o economista Thomas Piketty) un escenario similar ó preludio da Revolución francesa.


(EL PROGRESO, 29/01/2022)

Boa parte do éxito dun liderado político reside no atractivo persoal. Max Weber falaba de carisma e Aristóteles de “ethos” como virtude de dar confianza, a capacidade para fascinar a un público (hoxe diríamos: unha audiencia) fóra dunha pura adhesión lóxica ou ideolóxica, por riba da pertenza á tribu, dirixíndose a calquera. A Yolanda Díaz góstalle falar de “transversalidade”.

 

Haberá quen pense que transversalidade é dicirlle a cada quen o que quere escoitar e, no canto diso, esixa máis monolitismo e contundencia. Iso suporía esquecer a evolución das sociedades modernas cara un pluralismo que deixou atrás antigas pretensións hexemónicas, de fondo relixioso. Ese pluralismo de ideais de vida debería ser irrenunciable, a pesar de que a axenda neoliberal soubese atrapar a diversidade e adaptala ós seus fins, converténdoa nunha interminable disputa identitaria na que as lexítimas loitas polo recoñecemento máis parecen estratexias de marketing.

 

Resulta difícil pensar en termos solo racionais, padecemos en xeral unha “disonancia cognitiva” da que non saímos excepto en momentos luminosos pero marxinais. Non é fácil conciliar diferentes metas nin convertelas en accións consecuentes ou eficaces (como exemplo o cambio climático, paralizados entre o que sabemos que habería que facer e o que estamos dispostos a facer). Somos  zarandeados polos fluxos da circulación económica, reducidos a “capital humano” nunha economía dos afectos que sustitúe á política.

 

O tempo dirá se o atractivo persoal de Yolanda Díaz se converte en carisma. Se se consuma o éxito da reforma laboral, pode ser o salto cualitativo que precisa para ser lideresa, máis alá do estreito xogo parlamentario. Ó seu favor terá o discurso do contrato social, idea potente pero que para ser eficaz necesita a dose suficiente de innovación para suscitar emocións fóra dos predispostos a ese discurso e atraer sectores doutras órbitas e mesmo despolitizados.

 

As eleccións que facemos non son solo racionais e discursivas senón tamén emotivas, configurando, según a antropóloga Mary Douglas (“Estilos de pensar”), un cadro de catro posicións conflitivas entre si: están o xerárquico que tende a aceptar a orde establecida e actuar conforme ó status; o individualista competitivo, que se move no seu elemento nas sociedades de mercado e sábelles sacar partido; o protestatario, capaz de xerar “enclaves disidentes” e conformar normatividades alternativas, persoas fortemente ideoloxizadas (que, no extremo, poden chegar a ser sectarias); e finalmente a xente ecléctica ou “illada”, que en xeral prefire evitar os controis opresivos das demais formas de vida, se substrae á competencia e simplemente prefire que a deixen en paz.

 

As sociedades chamadas democráticas son presas dunha gran volatilidade, ó fío das afinidades e distancias entre distintos “estilos de pensar”. Mary Douglas pensaba que era difícil saírse do grupo no que un se socializa, pero as pertenzas tenden a ser fluidas e cambiantes. Aínda que a imaxe pública acompañe hoxe a Yolanda Díaz e o seu núcleo discursivo funcione, queda aínda o dictame inapelable da audiencia, que pide emocións fortes e caricaturas extremas, un terreo minado onde enseguida crecen os ananos e non é de esperar moita fidelidade.

 

Nese vaivén e nesa vertixe é onde pode fraguar o carisma, si o enclave dos propios consigue comunicar coas grandes bolsas de illados, precarios e desafectos da política, nunha tanxente ou diagonal idealista. Un recomenzo quincemaísta coas leccións aprendidas e bagaxe institucional. Eso sería romper barreiras, establecer un novo marco de prioridades, poñer foco na desigualdade, a extensión de dereitos (e a garantía dos xa recoñecidos, como a vivenda), a protección do medio, en definitiva concretar aqueles elementos que deben ser básicos, sustantivos e transversais. E que no demáis, no que é máis accesorio e instrumental (cómo chegar a onde queremos?), haxa un abano de opcións reais, tanto en política económica como na articulación territorial do Estado, cuestións que non deberían ser obxecto de guerra cultural, coma se fosen esencias  inamovibles nunha confrontación grosa de todo ou nada, senón un terreo de negociación permanente. Eso sería cabalgar as mutacións sociais que vivimos; se non, podemos vernos abocados a afrontar (como dí o economista Thomas Piketty) un escenario similar ó preludio da Revolución francesa.

Fragmentos del sujeto

Marqueses rojos y bestias pardas de la clase obrera fueron moneda corriente en el viejo siglo XX, como en el XXI ejecutivos de alpargata y humildes chavales del rural con rugientes coches de gama alta. ¿Debe uno escandalizarse de los obreros que votan a la extrema derecha, o de los gays que apoyan a partidos que niegan sus derechos? También conocemos la existencia de élites negras, por no hablar de las tremendas historias de los judíos colaboracionistas. Los bucles de la identidad son tan intrincados como queramos, y la consistencia de los sujetos quizá haya pasado a mejor vida. Pero no aplicamos siempre el mismo rasero y tendemos a indignarnos por parroquias, solemos practicar alguna forma de inconsistencia. Ya Max Weber había explorado el ámbito social como un juego de interacciones que no se despliegan sobre un único eje (por ejemplo, izquierda/derecha, o conservadores/progresistas), con lo que dejó al descubierto el flanco débil de una parte de la tradición marxista, un determinismo económico de dirección única al que el propio Marx era más bien ajeno.

Ni las voluntades individuales se trasladan al entramado institucional (como podría hacer pensar la ficción constituyente del contrato social) ni las elecciones políticas son el resultado de un conjunto previo de circunstancias objetivables. Mal que le pese a la ideología del mercado, no somos “preferidores racionales”. Las filiaciones, pertenencias y elecciones resultan muchas veces de motivos entrecruzados, no siempre compatibles si solo los miramos desde un punto de vista estrictamente lógico. Eso genera en una enorme volatilidad en las democracias liberales, limitada por una agenda económica muy parecida a ambos lados del espectro político que lleva las diferencias al terreno de lo cultural, donde se hacen máximas y polarizan a las sociedades. ¿No debería ser más bien al revés, que hubiera acuerdo en cuestiones básicas y sustantivas, transversales (relativas por ejemplo a igualdad, derechos humanos o medio ambiente), y se abriese el abanico de opciones reales en las cuestiones más instrumentales (la política económica, el sistema impositivo, la distribución de la riqueza y cosas así)?

Weber pretendía justificar el pluralismo de valores en nuestras sociedades, y la agenda neoliberal de finales del siglo XX supo atrapar ese discurso y adaptarlo a sus fines. El discurso de la diversidad, convertido en una buena estrategia de marketing. ¿Es parte de esa estrategia todo el barullo identitario, o constituye más bien un estado previo de la cuestión, una ola que es cabalgada por la cultura del capitalismo actual?

La antropóloga Mary Douglas elaboró una tipología cultural para arrojar algo de luz sobre la multiplicidad que atraviesa nuestras elecciones vitales. Con nuestras decisiones y comportamientos intentamos cada uno realizar de manera más o menos consciente un cierto ideal de vida comunitaria que ponemos de manifiesto en nuestras adhesiones y rechazos; de manera que formaríamos cuatro estilos esencialmente conflictivos entre sí: el “jerárquico”, aquel que tiende a aceptar el orden establecido; el individualista competitivo; el protestatario, capaz de generar un “enclave disidente”; y el ecléctico o “aislado”, que prefiere evitar los controles opresivos de las demás formas de vida y se sustrae a la competencia. Entre ellos se producen afinidades y distancias que no es el caso pormenorizar aquí, y aunque Mary Douglas estimaba que era muy difícil salirse del grupo en el que cada uno se va socializando, yo pienso que nos hemos volatilizado aún más y tenemos cada día comportamientos de uno y otro tipo en una espiral agotadora.

Conforme los sueños utópicos se van convirtiendo en negocio experimentamos la dificultad de darle sentido a nuestras vidas, quedamos atrapados en una “disonancia cognitiva”. No resulta fácil conciliar diferentes metas ni convertirlas en acciones consecuentes o eficaces (véase el ejemplo del cambio climático). Somos sujetos zarandeados, entre los flujos de la circulación económica y los de nuestra sostenibilidad emocional, “capital humano” para una economía de los afectos que sustituye a la pasión política.

Utilizando las figuras retóricas de Aristóteles podríamos decir que falta “logos” (esto es, discursos que apelen al intelecto) y también “ethos” (la ejemplaridad que da confianza y suscita respeto) y, en su lugar, tenemos una sobreabundancia de “pathos”: en lugar de sociedad civil somos una audiencia sometida al flujo incesante de las imágenes, llevada más por emociones que por argumentos, proclive a dejarse seducir por aprendices de brujo (véase el negacionismo rampante). ¿Disolución de lo social? Al  menos su mutación, que reafirma vectores de poder emergentes al precio de precarizar las condiciones vitales de la mayoría, en espera de alguna ruptura que habrá de llegar (Piketty: estamos como antes de la Revolución francesa).

 


EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

  El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico   de las últimas seis décad...