“Me gustas democracia porque estás como ausente”, cantaba Javier
Krahe (y adoptó el 15-M), versionando el célebre “Me gustas cuando callas…” de
Pablo Neruda. “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, decían también, o
el escueto y directo: “No nos representan”. Fue la revuelta de los indignados, en
la que se debatía cómo convertir la indignación en acción, aunque la terca
realidad (y los torbellinos de la política, propia y ajena) se encargaría
después de engullir aquella insolencia, aquel bendito maximalismo.
“Cuando ves a un hombre de edad avanzada que aún filosofa y
no renuncia a ello, pienso, Sócrates, que este hombre debiera ser azotado”,
reflexiona Platón con sorprendente prudencia, sabiendo que es fácil que el
filósofo se deje llevar por el maximalismo. Seamos realistas, pidamos lo
imposible, decía mayo de 1968, la playa aquella bajo los adoquines. Y vinieron la
búsqueda de la hegemonía, la tentación populista, la necesidad de separar los
bandos en disputa, la dialéctica amigo/enemigo. Los de abajo y la casta,
asaltar los cielos, se decía, como una homilía laica. La moral de combate exigía
consignas de impacto, y rechazar matices, simplificar (todo un fracaso, ya que
los matices no dejaron de proliferar y dividir, hasta que tocaba sumar, pero tampoco
así. Como los filósofos que desatienden el consejo platónico y se convierten en
mártires si no lo dejan a tiempo). Pero la confrontación cambiaría de signo,
cabalgada por la ola autoritaria del neofascismo global, con estrategias de
polarización a un paso de ser verdaderas fábricas de odio, un paso que dan
alegremente cada día las redes sociales.
Cada vez que oigo maximalismo pienso en los azotes de Platón,
cada vez que oigo política del odio pienso en Gaza. Nada que no sea la
destrucción del adversario es aceptable (lo proclama el Estado israelí cooptado
por el integrismo judío, como desde hace décadas milicias islámicas como
Hamás).
Hay que insistir sobre Palestina, ver el espejo que nos
devuelve, aquello de lo que nos advierte. La tragedia televisada instaura en
las mentes la nueva normalidad del horror. Al final de “Si esto es un hombre”
Primo Levi se preguntaba si “los alemanes sabían” (parte de la respuesta es que
no querían saber), pero ahora no hay duda, ahora vemos, aunque la visión
continuada produzca el efecto de adormecer las conciencias y cada vez se
reaccione menos.
En las guerras siempre se miente. Al catastrofismo cotidiano
(que sigue al querido maximalismo) conviene contraponer dosis razonables de
optimismo estratégico. Para muestra, ahí está la posibilidad de reactivación
del derecho internacional, tras la admisión a trámite de la denuncia
sudafricana contra Israel en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.
El abogado y escritor Philippe Sands cuenta con gran detalle (en “La última
colonia”) la reclamación a Gran Bretaña ante el TIJ del territorio del archipiélago
de Chagos, por parte de la República de Mauricio. Sands, que participó en el
proceso, señala un cambio de tendencia que puede ser decisivo en el futuro: en
la resolución de 2018 (favorable a la restitución de Chagos a Mauricio), “se
habían dirigido a la Corte cuarenta y tres letrados, entre ellos diez mujeres”,
y, además, “una escasa mayoría de caucásicos”, dice Sands, ya que también había
negros, hispanos, asiáticos y árabes. Hay una clara tendencia de que “el
derecho internacional se está descolonizando”, concluye. Y ahora el TIJ lo
preside la abogada Joan E. Donoghue.
Publicado en El Progreso el 3/03/2024