ESTE TEXTO SE PUBLICÓ EN EL PROGRESO DE LUGO EL 28 DE MAYO DE 2023, DÍA DE ELECCIONES MUNICIPALES.
(ANTES DE UNOS RESULTADOS QUE TRASTOCARÍAN EL PANORAMA POLÍTICO Y HAN PRECIPITADO UN ADELANTO ELECTORAL)
Se acabó el baile y llega el momento de la verdad, el rito
del voto dentro de un ciclo electoral interminable (al menos hasta las
generales de fin de año). A la vez el color local lo llena todo de pequeños
detalles que pueden resultar decisivos. El vínculo colectivo que expresa el
voto se funde con otros factores más volátiles, y para tomar la decisión pocos
habrán hecho una sesuda comparación de programas, serán más decisivas las
filias y fobias del momento, la imagen del líder, el detalle repetido y
amplificado en pantallas y redes. Es lo que tiene la maltrecha subjetividad en
la era del espectáculo, menos mal que el resultado será reflejo de algún tipo
de inteligencia colectiva, quizás la única que existe.
Es la democracia representativa, y el voto su símbolo
central, su instrumento de legitimación. Nada como una buena participación para
generar conformidad, nada como una elevada abstención para restar confianza en
el sistema político. La política-espectáculo produce distancia que aleja al
público de la política, y eso acaba en desafección con la democracia misma,
cada vez más discutida y menos sentida. Está en la naturaleza del espectáculo, despojar
al rito de su sustancia y transformarlo en una cáscara vacía, como la
performance de un chamán que retransmite desde su teléfono móvil. ¿Cuánto hay en
ello de ejercicio de autodeterminación política, y cuánto de simulacro?
¿Qué mueve al voto, las ideas o los intereses? Ahí no hay un
auténtico dilema pues ambos están vinculados y sometidos a lo espectacular (el
líder, la imagen, el eslogan, la encarnizada batalla por la atención). La
derecha está acostumbrada (desde los modelos competitivos y elitistas de democracia)
a un voto más pragmático en defensa de intereses, mientras que la izquierda
hace gala de idealismo y vota más por principios, aunque también defienda otros
intereses. Pero las fidelidades hoy son porosas, y abundan los que creyendo
votar a favor de sus principios votan en contra de sus intereses.
Después de haber proclamado el fin de las ideologías la
derecha parece haberse re-ideologizado y se afianza en posiciones tradicionales,
aprovechando la onda expansiva de los populismos triunfantes, mientras la
izquierda se ha visto obligada a ser más defensiva (por ejemplo del Estado) y más
posibilista, aunque la izquierda también maneja el espectáculo y se hace “izquierda
estética”, cediendo el ideal de la emancipación a la realidad de la
comunicación.
El espectáculo es una forma técnica de entender la política,
que deriva en uno y otro lado en el objetivo prioritario de defender posiciones
de poder. Las diferencias son destacadas mediante la constante descalificación
del adversario, mientras las grandes cuestiones sobrevuelan intactas la
cacofonía del debate público. Hay un fondo común, social, en el que la
democracia no es sentida ni practicada en los ámbitos diversos de lo cotidiano,
por parte de individuos demasiado aislados y narcisistas, encerrados en las pequeñas
diferencias. La democracia representativa corre el riesgo de ser un mecanismo
vaciado de sustancia participativa, no llega a ser un modo de vida.
Sea como sea, el espectáculo no dejará de tener importantes
efectos prácticos, producirá nuevos repartos de poder y se impulsarán unas u
otras políticas públicas. No es poca cosa, así que toca votar y esperar a ver
cuál de las victorias que se proclamen será la buena.