La utopía no está de moda. Como género literario hace tiempo que fue sustituida por la distopía, a veces con un apocalipsis de por medio y su correspondiente postapocalipsis –que no decaiga la esperanza.
A la pérdida de la utopía se añade el recurso nostálgico a la ucronía, la historia apócrifa de lo que pudo haber sido y no fue. Como no hay verdad, asistimos al conflicto de los relatos, una constante disputa cognitiva que reescribe la historia al dictado de los intereses en lucha. Como en la utopía, hay en la ucronía un elemento de negación que, en este caso, pretende rectificar no el impredecible futuro sino los presuntos desaciertos del pasado.
Para ello la tecnología aporta perfeccionismo y sutileza, pero el recurso ya estaba ahí antes de que cundiese la desinformación. Al referirse a la habilidad (hoy diríamos: tosquedad) obsesiva de los soviéticos para modificar fotografías que se vuelven incómodas, haciendo desaparecer, por ejemplo, a Trotski del lado de Lenin, el escritor Emmanuel Carrère cuenta el caso del camarada Beria caído en desgracia en 1953, cuya entrada en la Gran Enciclopedia Soviética fue sustituida por una referencia inusitada al estrecho de Bering. Todos los meses los miembros del Partido recibían ejemplares de la enciclopedia, y Carrère recuerda con razón a Orwell: la camarilla gobernante controlaba no solo el futuro sino también el pasado.
Yo no sé si el capitalismo ha entrado en una fase zombi o si hay realmente alguien al mando. Alguien quiere decir inteligencia, planificación, y no meramente capricho, ostentación, afán de poder. Si existe un plan de una élite forjada en el control de los recursos y la tecnología o, por el contrario, la entrada en un bucle descontrolado de la energía que osmotizamos con el exterior, que avanza ciega hacia un nuevo punto de inflexión con toda la pinta de parecerse a un abismo.
Simone Weil recordaba la advertencia de Tucídides de que la mera demostración de fuerza es más un signo de debilidad que de auténtico poder, un reconocimiento de que se carece de otras armas más sutiles y solo quedan los estertores del orgullo herido, como un león que se revuelve en el cieno. El futuro chino-ruso, periférico desde nuestra óptica, y autoritario sería lo que se acerca en el horizonte, y solo se puede resistir un poco, paliar, demorar. Y asalta la duda: ¿era realmente más eficaz el poder blando?, y sobre todo ¿para qué, para quién? ¿Habíamos interiorizado un cierto nivel de hipocresía que creíamos compatible con el discurso liberal y la retórica social? Pero ahora comprobamos que las normas son ineficaces cuando lo que domina es la fuerza.
La lucha por la eficacia se juega en la geografía y en la información, en ambos se trata de extender el control de los flujos y, para ello, dominar el tráfico en los océanos tanto como la producción de dispositivos que “datifican” lo que tocan y digitalizan la riqueza analógica de lo real. Todo es flujo en esta continuación perversa del paradigma de la comunicación, que parecía anunciar una salida democrática al laberinto de la civilización moderna. Había beneficiarios en ese flujo en el que se juegan continentes enteros, con sus grupos de privilegiados y neo-clases extremas.
¿Qué nueva pertenencia nos corresponde en un mundo que será postoccidental? El historiador Philipp Blom advierte para Europa un futuro de dictaduras vasallas que serían neo-colonias de un imperio, una utopía zombi para después de la distopía actual. Pero nada está escrito y, desde luego, nada ocurriría sin grandes resistencias, ni tampoco riesgos.
Publicado el 1/02/2026