jueves, 21 de julio de 2022

TOSTADAS. JUSTICIA Y ROSAS

 

(Homenaje a ORWELL)

“¡Tostadas con mantequilla!, gritaban los milicianos en las trincheras de la Guerra Civil. La consigna funcionaba como propaganda para deleitar los oídos de los fascistas y procurar su deserción, y servía también como refuerzo de la moral propia al cantar a los cuatro vientos una circunstancia más imaginaria que real, en un frente más bien desabastecido. Lo cuenta Georges Orwell en su “Homenaje a Catalunya” y lo recrea Rebecca Solnit en la espléndida “Las rosas de Orwell” (Lumen), que destaca esa “libertad de los soldados republicanos para echarle teatro e improvisar, para dejar atrás la ideología oficial, para formular una invitación en vez de una amenaza”.

Sin ser un pensador profesional, Orwell quizá haya reflejado como pocos los contornos del totalitarismo que avanzaba en su época, en los años 30 y 40, pero que él proyectó como algo intemporal, sobre todo (pero no solo) en “1984”, precursora del hoy célebre género distópico. Esta novela, que ha cimentado en buena parte la fama de Orwell, es reconocida como una denuncia del control totalitario que no ha perdido su vigencia, al contrario, dado el enorme incremento de la capacidad para manipular la verdad y producir un pensamiento conforme, bases del régimen descrito en “1984”. A base de corromper la subjetividad y mostrar una apariencia engañosa e inquietante, o de vaciar de sentido el ejercicio de los derechos y dejar entrever un fondo siniestro que sin embargo nadie comprende bien, nuestro mundo de la mentira planificada y la hipervigilancia es hoy si cabe más “orwelliano” que nunca.

Pero la escritora americana destaca otra faceta de Orwell menos conocida y puede que más decisiva para determinar su figura. “En la primavera de 1936, un escritor plantó rosales”, la frase introduce diferentes pasajes de su vida y obra y apunta esa otra faceta que representan las rosas, protagonistas junto a Orwell del libro de Solnit. Las rosas, y la vida en la naturaleza, adonde Orwell acudía después de sus andanzas de escritor y reportero y donde encontró su último refugio. “El pan alimentaba el cuerpo, y las rosas alimentaban algo más sutil: no solo los corazones, sino también la imaginación, la psique, los sentidos y la identidad”, eran, sigue Solnit, “una declaración contra la idea de que las necesidades de los seres humanos se reducen a bienes y circunstancias cuantificables y tangibles”. Las rosas que Orwell cultivaba simbolizan la alegría del aquí y ahora, los deseos irreductibles y la fugacidad y vulnerabilidad de los seres humanos.

La devoción por la naturaleza (y el presente y la sensibilidad) llevaron a Orwell a desconfiar de absolutos y oponerse a las grandes ideologías que pretenden salvarnos; gran defensor de la justicia, también rechazó el mito de una modernidad liberadora. El capitalismo construyó su prosperidad sobre la esclavitud y la explotación colonial (que conoció de primera mano en Birmania), sobre la desposesión de lo común en beneficio de los poderosos (así nacieron el proletariado del siglo XIX y el precariado de hoy).

Las ideologías rígidamente asumidas son escudos inútiles, cuando no perniciosos garrotes, contra la complejidad de la vida, fórmulas que exigen una virtud solo accesible con la propia anulación. Orwell se enfrentó a esa renuncia y sufrió por ello la inquina de inquisidores de uno y otro signo, por hablar de la justicia pero también del pan, las tostadas y las rosas.


Julio 2022

LA JUSTICIA_Parlamento Filosófico

 

No siendo ya posible un respaldo religioso de la idea de justicia, ni tampoco pueda buscarse este en una supuesta naturaleza pura y original, solo cabe entenderla como una realización política que debe dar cabida tanto a la exigencia de derechos inalienables para los individuos como la protección de los grupos y en especial los más vulnerables, minorizados y amenazados en su supervivencia. La idea de justicia debe pivotar sobre esa resolución de la dialéctica entre los individuos y los grupos y la búsqueda de un equilibrio aunque sea inestable y precario en esa zona de conflictos.

La realización más acabada de esa idea es la existencia de un elenco abierto, flexible y ampliable de Derechos Humanos. Solo desde ellos se ha podido apuntar hacia la existencia de una Justicia universal; pero no debemos olvidar que esta idea solo se abrió camino bajo las más severas amenazas y realidades del totalitarismo. Ahí se forjaron conceptos como el de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”. Ello sitúa en el foco del problema de la justicia bajo su relación con los Estados: aspiramos a una justicia por encima del poder de los Estados, pero también aspiramos a que los Estados encarnen esa justicia, ya que solo ellos tienen la capacidad para implementarla. Y, por medio de los Estados, aspiramos a que la justicia palíe en lo humanamente posible la inseguridad de la existencia y haya un mínimo de protección ante las arbitrariedades de lo particular.

Por otra parte, sabemos que la implementación estatal de la justicia ha sido históricamente inseparable del uso de mecanismos de coerción y violencia, y que estos acaban por cobrar una vida propia, independizarse de cualquier fin y vincularse solo a su perpetuación, poniéndose al servicio de la protección de las élites de poder.

Contra la desmesura y las arbitrariedades del poder, ya sea la defensa ciega de los privilegios o la expansión y conquista de los Estados, contra individualismos egoístas y tendencias imperialistas, la idea de justicia debe ser lugar de acogida para las prácticas democráticas que surgen al margen del control estatal, y para nuevos artefactos institucionales que se superpongan a él y encarnen, en la medida de lo (im)posible, una forma superior de inteligencia general y colectiva para la humanidad. Ello es necesario si queremos evitar la disgregación salvaje de los particularismos tanto como los efectos nocivos y destructivos de una autoridad desatada (esa que vemos hoy proliferar por la vía de un refuerzo general del poder militar).

Queremos justicia, y también queremos pan, y rosas.

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

  El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico   de las últimas seis décad...