Si el cuidado fue el origen de la civilización
podría considerarse también como el imaginario simbólico más apropiado a
nuestra condición vulnerable. El cuidado no es una simple actividad o un
trabajo más sino una parte esencial de la humanización, la energía humana al
servicio de la conservación y reproducción de la vida. Como ideal civilizador,
el cuidado apunta a formas de relación social más igualitarias que ayudarían a
romper el círculo de pesadilla de un progreso ilimitado, tan imposible como
indeseable, y confrontarnos a una transición que algún día será ineludible,
desde una sociedad cegada por el valor de cambio y subordinada al mercado a
otro modelo social más orientado al cuidado y cultivo de lo que somos, más conscientes
de pertenecer a una Tierra limitada.
Con la crisis del coronavirus se habló mucho de
la recuperación del valor de los cuidados y de reconducir nuestros modos de
vida a lo esencial. Visto ahora, en el contexto de las dificultades económicas
y sociales de la pospandemia, parece que el espejismo se desvaneció pronto y
todo indica que un cuerpo social empobrecido y fragmentado hará más difícil la atención
a los cuidados, y que la bola de nieve de una civilización frenéticamente
técnica seguirá corriendo. Quizá hemos olvidado rápidamente lo más básico, que las
redes de ayuda son lo que nos sostiene y nos hace ser lo que somos, seres
corpóreos atravesados por necesidades y deseos que transcienden la
individualidad y emociones que nos hacen entregarnos sin cálculo.
Por ello el cuidado podría estar llamado a ser
una categoría política y clave para un nuevo contrato social. Si en principio
estaba vinculado a la reivindicación de la empatía y la responsabilidad por los
demás frente al individualismo abstracto del sujeto masculino, ese estricto
dualismo de género se vio desdibujado en algunos aspectos por las dinámicas
sociales, mientras ganaron peso los aspectos políticos vinculados al género
(“lo personal es político”, como decía un célebre lema feminista).
Y en la política moderna el contrato social es
la piedra angular del ordenamiento institucional, moldeado según los intereses
del capital. Con la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo se hizo
patente la centralidad social del cuidado y se abrió la vía a su
profesionalización. Y así como los cuidados habían sido tradicionalmente
excluidos de la categoría de trabajo remunerado, el retraimiento neoliberal del
Estado desde finales del siglo XX desarticuló esa incipiente dimensión social
de la economía y la sometió a exigencias de rentabilidad privada, con la
consecuencia bien conocida de una externalización de los cuidados que acaba por
retornarlos a mujeres de clases subalternas o inmigrantes.
El concepto de bienestar tiene los pies de
barro. Extracción intensiva de recursos naturales al servicio de una
distribución desigual entre razas, entre pueblos, entre géneros, entre clases, he
ahí la base del bienestar realmente existente, su precio. La extensión del
cuidado tendrá que enfrentar grandes resistencias: por un lado requiere
regulaciones de las que un Estado esquilmado es incapaz, y más en el contexto
de una renacida geopolítica chovinista. Del otro reclama otro tipo de actitudes
cotidianas, que sin embargo están hoy moldeadas por la extensión de modos cada
vez más alienados de vida, un individualismo de lo privado convenientemente
apoyado por toda una industria al respecto. Por mucho que nos obsesionemos con la autoprotección
o la salud, sin una idea integral del cuidado no estaremos más que transfiriendo
una responsabilidad social a la mayor gloria del Estado terapéutico y las
relaciones de mercado.
Si el bienestar
está vinculado a la civilización técnica y la idea de progreso, el cuidado
apuntaría a una nueva norma de lo humano, un
contrato social que asuma el cuidado como parte de la responsabilidad colectiva, en el marco del concepto
de “salud pública”, y no como objeto de mercado. Dignificar, repartir
y profesionalizar el cuidado, y garantizarlo como derecho humano, es tarea para
un Estado que asegurase unas condiciones dignas de vida para todas y todos; pero también es tarea para
las conciencias particulares el forjar formas renovadas de lo común que actúen como sistema inmunitario
del cuerpo social.
MAYO 2021
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