No es fácil escribir sobre la guerra en Ucrania cuando ya se
dicen tantas cosas mientras los acontecimientos no dejan de avasallarnos, pero
difícilmente se puede escribir de otra cosa y vence la necesidad de alguna luz para
atenuar el espanto. El orden internacional es un rey desnudo y Ucrania, una
pieza mayor en el juego de las potencias y sus zonas de influencia. El retorno
de la geopolítica ya no es una novedad pero sí es insólita una ruptura tan
brutal como la de Putin de las reglas del juego que daban apariencia política
al puro imperio de la fuerza, dejando al aire la piel desnuda del poder.
Lo más sólido son los interrogantes y se impone un principio
de cautela ante lo que puede ocurrir. El hecho de la agresión es insoslayable,
y la simpatía con el agredido una exigencia moral. Pero se tiene la impresión
de contemplar una burbuja creada por el torrente de información interesada en
construir un relato edificante y autocomplacerse con la maldad ajena (un malo
que nos convierte automáticamente en buenos), un mecanismo clásico de la
psicología de masas para agrupar a la tropa en este caso bajo la bandera de una
OTAN investida en gendarme de Occidente.
Hay que detenerse y mirar atrás, para lo que releo la crónica
del periodista polaco Ryszard Kapuscinski en “El Imperio”. Kapuscinski destaca
la belleza de Kiev, “la única de las grandes ciudades de la antigua URSS en la
que las calles sirven no para escabullirse a casa lo más deprisa posible sino
para caminar y pasear por ellas” (luego une también a San Petersburgo). El
libro, que ya tiene treinta años, habla de una Ucrania que son dos, la
occidental y la oriental, “la occidental es más “ucraniana” (parte de la
antigua Galitzia, a la que llama el Piamonte ucraniano), pero “la situación es
muy distinta en Ucrania oriental, donde viven más de trece millones de rusos de
pura cepa y por lo menos otros tantos semirrusos; aquí la rusificación fue más
intensa y brutal, aquí Stalin asesinó a casi toda la inteligentsia”, y los que pudieron huir hicieron que “la cultura
ucraniana se haya conservado mejor en Toronto y Vancouver que en Donietsk y
Járkov”. Las raíces de la rusificación de Ucrania se remontan a más de tres
siglos y el ucranio ya fue prohibido en las escuelas por el zar Alejandro II.
Con la Declaración de Soberanía de 1991, Ucrania decide ser
un Estado neutral y desnuclearizado, y renuncia al que podría ser el tercer
mayor arsenal nuclear del mundo a cambio del respeto a su seguridad e
integridad territorial, algo que Rusia solo aceptó a regañadientes (porque “sin
Ucrania, Moscú queda arrinconado en los bosques del norte”, como decía en los
años 30 un historiador polaco citado por Kapuscinski) pero al cabo tampoco la
OTAN-EE UU consideró necesario respetarlo, al aceptar desde 2007 el inicio de
un proceso de adhesión para Georgia y Ucrania.
Ucrania siempre fue objeto de la codicia del imperio ruso y
después de la URSS, como lo recordará siempre la masacre de Holodomor, y Putin
se ha intoxicado con la nostalgia de ese mundo perdido que la ideología
nacionalista (ahí el influyente pensador Alexander Dugin) proyecta en la idea
de un espacio vital ruso que quedaría descabezado sin Ucrania. La virtud (los
valores tradicionales amenazados) como ropaje de la necesidad y el interés
económico, y más encontrándose Ucrania en el centro de la disputa por el
control del gas. Nostalgia y megalomanía de un actor que lleva más de una
década buscando el reacomodo ruso en la multipolaridad abierta por el declive
norteamericano.
La razón moral siempre estará del lado de los inocentes que
sufren los bombardeos, pero hay que evitar ver el conflicto como una disputa
entre dos pueblos, en lugar de una disputa entre élites de poder de la que el
pueblo ucranio (y pronto el ruso) es rehén, como en su día lo fueron chechenos
o iraquíes. Espanta por ejemplo escuchar a Hillary Clinton considerar la opción
de armar a los ucranios como en su día se hizo con los afganos contra los
soviéticos, y ya se escucha al complejo militar-industrial frotarse las manos.
¿Qué cabe esperar (como decía Kant)? ¿Se abrirá paso la Rusia anti-Putin? ¿Perderán
apoyo los populismos europeos que coquetearon con él? ¿Será la apertura europea
de fronteras un ejemplo a seguir? ¿Se contendrá China con un poder blando que
no ponga en peligro su infiltración económica? ¿Descubrirá Europa la
oportunidad de un criterio propio y de algún tipo de acuerdo de convivencia con
Rusia? ¿O asistimos al inicio de un futuro bélico y autoritario? Si la especie
aspira a tener un futuro que habitar tiene que haber esperanzas para Ucrania o,
de lo contrario, la lógica imperial de las naciones agraviadas será la receta
segura para el desastre.
(PUBLICADO EN EL PROGRESO EL 12/03/2022)
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