Hoy es el día de la República (siete años más y serán cien) y,
sin embargo, no hay un día de la Monarquía. De haberlo sería una fiesta de la
división y la institución saldría seguro mal parada, por eso no veremos fácilmente
un referéndum sobre el tema y lo evaden como pueden los sondeos de opinión. Es
un cascabel difícil. Diríase que las monarquías de hoy fían sus posibilidades
de éxito a pasar desapercibidas, su papel público pertenece al entretenimiento,
y cualquier otra noticia a que dé lugar, si no es banal, es negativa (por
ejemplo, la única intervención política relevante del actual rey, con el procés
catalán, fue bastante lamentable).
Siempre que planteé la cuestión a jóvenes estudiantes (y lo
hice muchas veces) nunca encontré argumentos mínimamente comprensivos con la institución, y cualquiera que se decida a
pensarlo ve lo que es obvio: que la monarquía es un vestigio del pasado. En
cuestión de concepto no hay duda: si estimamos valioso el avance de la idea
democrática, la monarquía es un vestigio de cuando el poder político se
legitimaba por el recurso a la tradición, a la religión, a la naturaleza
diferencial de los humanos o al puro ejercicio de la violencia. Los reyes son
figuras que retienen sentido allí donde todavía funcionan estas instancias,
pero allí donde se aspira a una ciudadanía surgida de la deliberación común y
forjadora de un espacio público democrático, la república (ese invento de la
civilización clásica reformulado en la historia al hilo de las transformaciones
políticas) encarna una estructura política más apropiada.
No ignoro que las cuestiones políticas no solo se determinan
con lo obvio, ni solo desde un punto de vista digamos intelectual o teórico.
Como todas las cuestiones políticas (y otras), cuentan mucho las emociones y
creencias, las costumbres y tradiciones, así como el medio geopolítico y las
relaciones de poder, tanto dentro como fuera del país, y también las
circunstancias de oportunidad política. Al final volvemos a los criterios
legitimadores antiguos que funcionan de modo encubierto, bajo la pátina moderna
del sistema democrático. Así es como aparecen soluciones de compromiso como la monarquía
parlamentaria.
En nuestro caso juegan también las inercias derivadas de la
transición, que opacaron el fondo de una historia nefasta de los Borbones. ¿Por
qué la desafección juvenil con la monarquía no se traduce en entusiasmo republicano? Quizá porque la política no solo es cuestión
de “logos” sino también de “mythos”, y la tradición republicana es en realidad muy
escasa, y muy asociada con la guerra civil desde la transición, cuando en el
capitalismo de consumo es difícil que las sociedades se entusiasmen con la épica
del combatiente.
Me temo que la memoria histórica (un bien menguante) no será
suficiente para inclinar ninguna balanza, y que en una hipotética consulta
pesaría más la capacidad del sistema de partidos para construir su propio relato
y suscitar la cuestión desde un punto de vista utilitario: ¿es positiva la
monarquía para España? Y entonces oiríamos hablar de estabilidad institucional,
y veríamos desfilar imágenes de realezas noruega, holandesa o danesa, y quizá llegásemos
a pensar que por qué no, si los nuestros no pueden ser un poco así, si no lo
son ya: un poco nórdicos y decorativos, figuras a las que se hace poco caso
fuera del papel cuché, que son consentidas mientras procuren un poco de
distracción para el pueblo y no den demasiados problemas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario