¿Es usted de los que hacen gala
de sus tatuajes? o, por el contrario, ¿le parecen una moda pasajera, ajena a su
estilo, de la que muchos se arrepentirán en el futuro? Quizá pertenezca al
grupo de los discretos y, ahora que llega el verano y los cuerpos se van descubriendo,
deje aparecer ese tatuaje que el resto del año pasa desapercibido. Las marcas
en la piel ya no son una extravagancia. Hay datos según los que un tercio de la
población lleva algún tatuaje, un 20% llevan dos y un 10% más de seis, con tendencia
creciente en los últimos treinta años. No se trata solo de un atavismo antropológico,
presente en todas las culturas desde hace milenios, sino una moda que vale como
síntoma, una práctica que nos dice algo acerca de nosotros mismos y de en qué
configuración cultural vivimos y, viendo las tendencias, de hacia dónde nos
dirigimos.
El tatuaje es de larga historia
en las culturas humanas. Podríamos remontarnos hasta el famoso hombre de hielo
encontrado en los Alpes, Ötzi, que tenía docenas por todo el cuerpo, pero
fueron exploradores británicos del siglo XVIII quienes importaron una práctica asociada
al estigma (como la “letra escarlata”) que en el XIX se populariza, sobre todo
en París, acercando el tatuaje al espectáculo de lo anómalo, sacando a la luz
ese rostro atávico de la modernidad que diagnosticó Walter Benjamin. Hasta que
el fenómeno, en el siglo XX, se emancipa de sus funciones más narrativas y adquiere
rango de fenómeno puramente estético, que incluye el exhibicionismo y la
provocación de célebres “performers” (como el Lizardman de Erik Sprague, con su
lengua bífida y el cuerpo recubierto).
La antropología y la historia se
ocuparon largamente de un tema al que le encaja bien el análisis pionero que
hizo Georg Simmel sobre la moda, a partir de una doble tendencia a
uniformizarse y distinguirse. La reciente “Filosofía del tatuaje” del italiano
Federico Vercellone va sin embargo más allá y convierte el fenómeno en todo un síntoma
de alcance metafísico y político. A un nivel más obvio, nos tatuamos porque
buscamos signos de identidad alternativos que nos reconecten con el cuerpo,
porque vivimos una cultura de lo superficial
que nos lleva a hacer ostentación de nuestras marcas de pertenencia, y
la piel es nuestra superficie propia, nuestra identidad visible. “Lo más
profundo es la piel”, decía Paul Valery.
Todo esto hace eco con las insatisfacciones del modo de vida moderno.
Pero hay algo más, como decíamos.
La “era del tatuaje” que iniciamos es aquella en la que todo ha entrado en
crisis, la del ocaso del humanismo, un mundo en el que se establece “el intercambio
entre verdad y autenticidad”. El tatuaje como símbolo de un “capitalismo
estético” que sustituye lo verdadero por lo auténtico, el equívoco fundamental que
resulta de nuestra condición nihilista.
Y de fondo la crisis de la
democracia en favor del populismo. ¿Hay quien dé más? Entre el ancla que
llevaba mi abuelo en la mano izquierda y mis hijos que quien sabe pero son
firmes candidatos, se disolvió el clasicismo de mis padres que tendrían una
opinión tan negativa como la de Kant, para el que eran impropios de la dignidad
de un hombre los tatuajes que llevaban los neozelandeses. Entretanto, se abrió
paso este mundo postmetafísico que antes de Nietzsche ya anunció Hegel: la
modificación de la naturaleza como testimonio de la libertad; algo que, sin
embrago, solo conocemos en su versión más bárbara, todavía. Piénsenlo, sobre
todo cuando estén bajo la luz de su tatuador.
PUBLICADO O 30 DE XUÑO 2024
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