lunes, 24 de noviembre de 2025

BYUNG-CHUL HAN, ESTÉTICA DEL MALESTAR

 

Hacía tiempo que un filósofo no suscitaba tanto revuelo como el reciente premio Princesa de Asturias de Humanidades al germano-coreano Byung-Chul Han. Quizá sea motivo de sospecha que un filósofo consiga vender muchos libros, en un contexto (social y de mercado editorial) tan volátil y reacio a la reflexión pausada. Pedimos respuestas a problemas cada vez más urgentes, y olvidamos que el arte del filósofo siempre tuvo más que ver con formular las preguntas adecuadas.

¿Es Han un gran filósofo? Quizá no lo sea pero ¿quién puede ostentar hoy ese título sin sonar pretencioso y, digámoslo de una vez, anticuado? Uno puede sentirse arqueólogo defendiendo en las aulas al maestro Habermas más que comentando a Platón, la verdad, porque un clásico no pertenece a ningún tiempo, y el nuestro aún no sabemos adónde irá a parar pero sí que nos dejará un canon exótico y multicultural (decolonial como hoy se dice), con personajes de frontera y cultura híbrida. Han vale como síntoma y, si conseguimos ponerlo en contexto, quizá nos ayude a dejar en el aire alguna pregunta apropiada.

¿Vale como síntoma de qué? De una razón que se pensaba universal en el apogeo de nuestra orgullosa modernidad y, después, se vió impugnada por un torrente de diferencias y particularidades (intereses de clase, raza, género, nación, cultura, ideología) que deshacen a una subjetividad marcada para siempre como patriarcal y etnocéntrica. La idea misma de lo humano, que vertebró hasta ahora nuestra cultura, acaba por quedar difuminada.

Han vale como síntoma del fracaso de la mayoría de edad kantiana, de una razón enferma, entregada a la locura de la autoexplotación, y con un discurso al que solo le quedan fragmentos de difícil conexión. Sus breves libros, su estilo casi litúrgico de profeta del pesimismo, sus lamentos por las múltiples  pérdidas que acumulamos (la expulsión de lo distinto, la desaparición de Eros, la epidemia de la depresión) y sus diatribas contra el enjambre digital, todo eso compone la figura de un estilista del malestar contemporáneo muy del gusto del sistema, con sus tonos apocalípticos y algo reaccionarios que seguramente hayan contribuido a convertirlo en un rentable best-seller.

Byung-Chul Han suscita opiniones encontradas en el mundillo filosófico, algunas más fundadas que otras. Su pensamiento es un refrito de otros autores (pero ¿de cuántos se puede decir lo contrario?), y sus posiciones críticas contra una sociedad meramente paliativa cuya única aspiración es convertirse en un museo de lo exótico recorrido por el turista/consumidor dejan poco resquicio a una voluntad transformadora, aunque de la mano de Simone Weil se embarque en su último período en una deriva religiosa que prolonga su anterior defensa de la vida contemplativa en una reivindicación de la esperanza.

Algunas críticas son malévolas y parecen movidas por el resquemor por su éxito. Hay quien lo descalifica como filósofo de barra de bar, como si las ideas solo pudieran vivir entre los asfixiantes círculos de una academia de expertos que nadie entiende fuera de sus muros. Entiendo el recelo ante el cuñadismo de algunos opinadores sin medida, pero honestamente no me parece su caso (un tipo más bien receloso a los medios). Y la verdad, la barra de un bar no es un mal sitio para la filosofía, un buen lugar donde hablar al público y hacerse entender de materias abstrusas que nacieron precisamente en un banquete, alrededor de una mesa bien servida y regada, en páginas inmortales (de Platón) que ensalzaron la potencia escondida, aunque ciertamente peligrosa, del vino.

Novembro 2025

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