Un cuarto de siglo XXI ya consumido, y una sensación de que
en lugar de una línea que avanza el tiempo es más un bucle armado con retornos
y variaciones en torno a las mismas ansiedades y búsquedas. Ponemos los años
uno detrás de otro para crear la ilusión de lo nuevo, pero sobre todo
celebramos lo que hay de continuidad, repetición, ciclo, como el propio cambio
de año, un momento propicio a los balances.
Uno de los temas de los que más se ha hablado en estos meses
es el retorno de la religión. Hace unas semanas en esta misma sección el
compañero Ramón Cando traía el tema a colación, y vinculaba la religión con
diferentes formas del miedo, ya sea el ancestral miedo a la muerte ya sean
miedos socialmente inducidos y políticamente interesados. En este sentido la
religión es política, y su retorno puede situarse dentro de la reacción
conservadora que se va instalando como tendencia del siglo, un repliegue en la
tradición frente al pluralismo inherente a las democracias que habrían ido
demasiado lejos, de ahí que toque revertir las conquistas sociales e implantar
una especie de economía de guerra para rentabilizar los recursos y protegerse
las élites de las turbulencias que puedan venir.
Estaríamos asistiendo a la reversión del progreso que
secularizó el impulso religioso y le dio fundamento humano, concentrado en la
regla de oro del imperativo kantiano: “No quieras para otro lo que no quieres
para ti”. La ética ya no necesitaba a
Dios (como en ese viejo mundo de Dostoievski en el que “si Dios no existe, todo
está permitido”) sino que podía basarse en la autonomía de una humanidad
empoderada.
Pero la “muerte de Dios” proclamada por Nietzsche no era solo
dejar constancia de la pérdida de los valores religiosos, sino de lo difícil y
peligroso que era vivir sin ellos. La regla de oro reconvierte un precepto
bíblico en la nueva religión de la humanidad, con la ciencia elevada a los
altares del credo materialista (“Catecismo positivista”, Comte), cuyo corolario
era la planificación del futuro y la solución técnica y política de todos los
aspectos de la vida; un pedestal que comienza a desmoronarse en los campos
nazis y los escombros de Hiroshima. Y después, el tiempo de un espejismo (la
construcción de una legalidad internacional y los Estados de bienestar) que
ahora también se desmorona.
Nietzsche profetizó dos siglos de destrucción creativa para
reconstruir un mundo nuevo de las ruinas del viejo, un plazo en el que todavía
nos debatimos. Tiene lógica que sintamos vértigo, y que rebrote la
espiritualidad de las miserias del materialismo, dejando un rastro cada vez más
reconocible en los usos culturales. La meditación y el misticismo se convierten
en moda (como capta tan bien la música de la última Rosalía), una espiritualidad
que se entremezcla con los adornos de la civilización moderna en sus versiones
más retrógradas, pero en otras (las más cercanas a los orígenes) se resiste a
ella y sirve como antídoto a las ansiedades de una existencia precaria, en un
mundo reducido a la dimensión utilitaria y paradójicamente empobrecido por la
abundancia de la extracción y el consumo.
Cabe plantearse si la reacción religiosa no tiene también un
componente transformador o incluso revolucionario, opuesto al globalismo
neoliberal y a las secuelas de la aceleración tecnológica del capitalismo. Una
aspiración a reconectarse con la tierra, la belleza o el silencio, y a
potenciar una visión global de la existencia, frente a una razón analítica que se empeña en perder la dimensión del misterio.
Una llamada a pensar menos, y a sentir más.
Diciembre 2025
No hay comentarios:
Publicar un comentario