LA CAVERNA PORTÁTIL
Cada época tiene sus iconos.
Pueden ser personajes, textos o escenas de especial carga simbólica, lugares o
momentos que concentran el sentido de una
época mejor que extensos y abstrusos tratados. La muerte de Sócrates, por
ejemplo, es una escena así. Es tal la densidad de lo que representa que puede
verse como emblema de un momento crucial en la antigua civilización griega, y
de hecho así la consideró Platón, porque era el síntoma de una decadencia que
ya estaba ahí aunque sus protagonistas no fueran conscientes de ella, algo que
habría de ser confirmado por el discurrir posterior de los hechos tal como
fueron consignados por la historia.
Platón vió la importancia de
ese hecho porque también fue clave para él mismo. Él vivió la muerte de su
maestro como un trauma personal cuya superación fue la tarea de su vida y el leit motiv de su filosofía; toda su
larga carrera fue una lucha por deshacer ese maleficio del que a la postre no
podría desprenderse, y ese sea quizá el sentido profundo de sus repetidos
fracasos.
La muerte asumida, que no
voluntaria, de Sócrates es sin embargo una escena que hoy ya no tiene el
simbolismo que pudo tener para alguien como Platón. Hoy en día no tenemos ese
sentido antiguo del honor, y lo más fácil es que malentendamos las razones que
llevaron a Sócrates a tomar la cicuta. De hecho es una escena que aunque haya
sido repetidamente versionada por la literatura y el teatro, no forma parte de
la imaginería popular griega actual; es una escena anacrónica, cuya
representación es escasa en la artesanía comercial. Ya no entendemos a
Sócrates, forma parte de un mundo desaparecido.
Hay otra escena que sin
embargo no ha perdido nada de su vigencia. “Imagina unos hombres en una especie
de morada subterránea en forma de caverna, con una larga entrada abierta a la
luz, e imagina que están allí desde niños con las piernas y el cuello
encadenados de manera que tienen que permanecer allí y mirar únicamente hacia
delante, pues las cadenas les impiden volver la cabeza…” El texto continúa pero
quizá no sea necesario aportar más porque ¿quién no sabe algo de esta historia?
Es la famosa caverna de Platón, un relato que está en el origen de nuestra cultura
y que al mismo tiempo sorprende por su actualidad. Dentro de la caverna hay
todo un dispositivo de proyección que convierte a los prisioneros en constantes
espectadores de las formas que bailan en la pared del fondo, el paralelismo con
una sala de cine es tan evidente que lo que nos cuenta Platón tiene la
verosimilitud que no podía tener para los atenienses de hace dos mil
cuatrocientos años, más aún si pensamos que la presencia de las imágenes
desborda el fenómeno del cine y ocupa hoy la totalidad del espacio, social y
sobre todo privado.
El texto platónico contiene
multitud de escenas que le dan un carácter aventurero: el prisionero que
después de salir de la caverna vuelve a entrar en ella y discute con los que
allí quedaron, las suspicacias con las que se encuentra, el riesgo de muerte
que afronta. Con todo, lo que le da al relato de la caverna un carácter
fundacional no es la imaginería tan audiovisual, que incluye efectos de sonido,
sino el significado que transmite: los prisioneros son una representación de la
humanidad, y el texto viene a decirnos que vivimos en un mundo de apariencias,
y distingue entre el interior sombrío de la caverna y el claro mundo exterior,
entre lo que simplemente nos parece y lo verdaderamente real. No hay definición
mejor de la filosofía que esta, el tránsito de la apariencia sensible a la
verdad, la salida de la caverna. Todo el trabajo filosófico y científico,
incluso el humanismo moderno y los fundamentos de la política, beben de ese
mismo impulso de traspasar lo dado hacia una realidad más auténtica, esa imagen
de la caverna que nos define como seres separados de nuestra plenitud y
sometidos al designio de las circunstancias históricas, confrontados a la
ignorancia, el pecado, la alienación. Es una constante de nuestra tradición
cultural, la imagen iluminista y revolucionaria de la caverna, el camino hacia
un conocimiento liberador y una sociedad redimida.
Pero hay otra lectura posible
de la caverna en la que esa dualidad de planos de lo real es una condición
estructural que está bajo toda variable histórica. Es una lectura menos
complaciente de la condición humana, escindida de raíz entre el impulso de
intervenir en lo real (la audacia técnica de Prometeo que le roba el fuego a
los dioses para entregárselo a los hombres) y lo que en los mitos representaba
su hermano Epimeteo, el que solo comprende “después” y que por eso siempre
llega demasiado tarde, como la lechuza de la sabiduría que según Hegel levanta
el vuelo al atardecer, después de haber ocurrido los hechos del día, una
condición por ese motivo expuesta a la decepción, vulnerable ante los males del
mundo que el propio Epimeteo provoca al abrir la caja de Pandora.
Si la primera imagen
de la caverna agudiza la oposición entre la razón (el prisionero liberado) y
otras formas inferiores del saber que nos mantienen en la oscura ignorancia,
abonando una interpretación racionalista que acabaría por ser canónica en la
historia de la filosofía, la segunda es una imagen más trágica, y más vinculada
a la sabiduría arcaica (no solo griega) que subrayaba la distancia entre la
irrealidad de la vida humana y la verdadera realidad en la que vivían los
dioses, de la que es un trasunto el abismo platónico entre las cosas y las Ideas.
Pero lo que me interesa señalar es que comparadas ambas lecturas al decurso de
los hechos históricos, hay muchas objeciones que hacerle a la interpretación
iluminista y emancipadora de la caverna, mientras que la lectura trágica no solo
no es desmentida sino que parece confirmarse a cada paso. ¿No fue acaso el
cristianismo un inmenso dispositivo de ilusionismo filosófico? Y qué decir de
la potencia simbólica del capitalismo para hacer pasar por voluntarios los
nuevos mecanismos de servidumbre, una potencia que las formas avanzadas de
tardocapitalismo o como queramos llamarle (sociedad de la información, mundo
digital) no hacen sino acentuar.
Así que la caverna
está más vigente que nunca, multiplicada e individualizada por todo tipo de
dispositivos portátiles a una escala antes impensable. Igual que los
prisioneros de Platón, estamos acostumbrados a una interfaz que mediatiza
nuestra experiencia. Da igual ocio o trabajo, cada vez nos cuesta más prescindir
de la prótesis digital que llevamos en el bolsillo para calmar nuestra
adicción, ya no somos capaces de imaginar cómo era la vida antes del teléfono móvil.
No se trata de
demonizar el artefacto porque los beneficios están a la vista de todos, el
asunto es ser consciente de lo que se pierde tanto como de lo que se gana, y
que cada quién ajuste sus balances. Toda tecnología, decía McLuhan, es tanto
una extensión de nuestro cuerpo físico como una amputación de algunas de sus
funciones. Los medios de transporte amplían nuestro radio de acción y al mismo
tiempo nos hacen ineficaces, torpes y cómodos, pero hay que reconocer que la
vida “antes de” (del móvil y no digamos de la televisión, el coche o la
electricidad) nos traslada a escenarios casi inimaginables.
Lo malo de los
teléfonos móviles no es solo que sean inteligentes (denominación esta que ya
lleva consigo nuestra depreciación como animales racionales, igual que la condición
civilizada acabó con nuestro origen cazador) sino que acaben por tomar nuestras
decisiones. Amputados no solo de entendimiento sino también de voluntad. Hemos
de admitir que nunca más serán como antes ni las relaciones humanas ni el
conocimiento ni la política, nada en la vida será igual. Bienvenido sea,
mientras esté claro quien lleva el control, lo cual no es un reto menor. El
asunto es pluralizarse, y cada vez es más cierto que eso hoy pasa por defender
espacios libres del monopolio digital. Vivir en la caverna saliendo a cada poco
a respirar algo de aire puro mientras eso sea todavía posible.
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