2021 es el año de los propósitos adelgazados a lo esencial. Nunca hizo tanta falta sacar a relucir el doble rasero de vivir al día y, por otra parte, saberse testigo de grandes acontecimientos, portentos y amenazas de los que quedará un registro minucioso que no conseguirá impedir las flaquezas de la memoria.
A medida que se suceden las generaciones aumenta el recuerdo
gráfico de las vidas, hasta llegar a la autoexposición continua con vídeos y
apps que contradicen, por la vía de los hechos consumados, el discurso hipócrita
de la protección de la privacidad. Se ha dicho que los jóvenes se están ganando
a pulso un inconveniente currículum gráfico, repleto de ostentación y exhibicionismo,
para los buscadores de empleo de mañana. ¿Cuántos no tendrán que renegar de sí
mismos? Debería existir un sistema de borrado programable como ofrecen algunas
aplicaciones para desactivar las cuentas de los fallecidos, que pululan quien
sabe durante cuánto tiempo por el ciberespacio, enviándote siniestros
recordatorios de cumpleaños que nunca tendrán lugar. Un borrado para hacerse el
muerto, pero ¿quién se atrevería a decretar la extinción de su recuerdo
digital, sin caer presa del pánico de una
muerte en vida?
El escritor neoyorquino Ted Chiang (“Exhalación”) fabuló un
futuro en el que mucho después de que la gente ya se hubiera acostumbrado a ir
a todas partes con cámaras personales que capturan un vídeo continuo de la vida
entera, aparece un nuevo software que “monitoriza tu conversación en busca de
referencias y acto seguido despliega un vídeo de dicho acontecimiento en la
esquina inferior derecha de tu campo de visión”. Estos “proyectores retinianos”
funcionan como asistentes virtuales para cuestiones prácticas, pero en realidad
aspiran a sustituir a la memoria natural y convertirnos en “ciborgs cognitivos,
incapaces a todos los efectos de recordar mal nada”.
La sobresaturación de datos forma una infoesfera que puede
resultar aplastante. Ya Philip K. Dick se dedicaba, a su modo paranoico, a
denunciar los efectos destructivos en la psique de la dependencia tecnológica y
el exceso de información, y a ello añadía su sospecha sistemática respecto a
cualquier entidad autoritaria. La clave de si los androides pueden soñar (con
ovejas eléctricas) está en si podrán tener una historia personal que incluya
ser capaces de equivocarse y olvidar; si podrán jugar, alterar las reglas, y engañarse
unos a otros disfrutando el puro placer de la inconsecuencia.
El antropólogo mexicano Roger Bartra (“Chamanes y robots”) destaca
el hecho de que el cerebro humano no es una entidad orgánica autónoma sino una
realidad híbrida que enlaza circuitos neuronales con señales bioquímicas y
redes simbólicas socioculturales, concretadas en el lenguaje humano que
constituye un auténtico exocerebro. Bartra explora las condiciones bajo las que
veríamos aparecer una “conciencia robótica”,
a partir del vínculo entre el
poder de computación y redes simbólicas similares a la cultura, creando una
realidad nueva de la que internet sería solo un
anticipo. Otros autores han señalado en esta línea la función de mente
colectiva que cumple la red, pero la gran frontera está debajo, en aquello a lo
que se vincula la red, esto es, señales bioquímicas y neuronales en el caso de
la conciencia natural, o computación de datos en la caso de una conciencia por
fin artificial. La frontera está en si se pueden vincular esos dos registros,
insertar la biológico y lo mecánico, que es lo que hace tiempo indica la noción
de ciborg y ahora esperan los profetas de la singularidad (según la National
Sciencie Foundation entre 2029 y 2045 se produciría la Convergencia NBIC
(nano-bio-info-cogno).
Escritores como Chiang se sitúan lejos del entusiasmo tecnófilo
que predominaba en los clásicos de la ciencia ficción, aunque tan cerca como
ellos de preocupaciones humanistas. La memoria no es un dispositivo lineal que
proceda por acumulación, al contrario, sus flaquezas son esenciales, y nos desvelan
su naturaleza emocional y narrativa, imposible de sustituir por un archivo. Pero
inquieta pensar en el éxito social que puedan tener herramientas al fin
emancipadas de los designios e intereses humanos, una inquietud que corre
paralela a la que causa la degradación del medio ambiente y que explica el
éxito de las fantasías distópicas.
Xaneiro 2021
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