domingo, 24 de octubre de 2021

MANERAS DE TERMINAR UNA PANDEMIA

 

De un túnel hay que salir pero una trinchera no se debe abandonar. La pandemia de coronavirus ha sido nuestro túnel, una experiencia crucial que marcará la vida de diferentes generaciones, mayores, jóvenes, los que ven declinar su horizonte y los que tendrían que estar comenzando a labrarse la vida. Labrarse la vida, y también ser labrado y esculpido por ella, una piedra desnuda, una hoja al viento. La pandemia dejará en mucha gente la sensación de ser zarandeados por la adversidad, algo que nubla el horizonte y reduce la perspectiva, por eso las sociedades dan bandazos y basculan a los extremos, cunde la atracción por el vértigo.

Como para tanta gente, para muchos artistas y escritores la pandemia ha supuesto un antes y un después, la ocasión para llevar un proyecto creativo al terreno de lo existencial. De ahí surgen distintas maneras de dar la pandemia por terminada, tentativas para salir del túnel con distintos balances y estrategias de supervivencia.

Por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina el diario de los días del confinamiento en “Volver a dónde” (el sedentarismo obligado, las lecturas, los aplausos, las salidas al super o a hacer ejercicio, las copas de vino en el balcón con las plantas convertidas en novedoso objeto de atención) le da pie para una reflexión sobre la indigencia política del momento y una crítica de la deriva de España. Escribir es una trinchera contra el avance  de la estupidez organizada. “El  mundo de después” (como titula Lois Caeiro su “Carta abierta” sobre Muñoz Molina y el compromiso) es parecido al de antes pero como puede serlo una caricatura, con los defectos acentuados, “igual de habitado por adictos al ruido y la quema de combustibles fósiles”. No es el mundo de antes que ha vuelto sino “otro mundo raro que se parece al que existirá cuando yo no pueda verlo”. El autor nos hace asistir al desvanecimiento de un mundo del que quiere ser testigo (porque “nadie sospechó que esos mundos infantiles inalterables estaban acabándose”) y así va creciendo otra línea argumental que es una exploración de la infancia y un viaje de la memoria.

Hay otras formas más salvajes de salir del túnel, con una bomba de mano dispuesta a dinamitarlo todo y buscar una luz más drástica. Es el caso de “La vida pequeña. El arte de la fuga” de J.Á. González Sainz, fragmentos que parten también del propósito de reconsiderar la vida de antes y, poco a poco, de manera íntima y juguetona, procede a una impugnación radical de lo existente. El autor recuerda el final de “La peste” donde Albert Camus refiere la alegría insensata de la población que se prometía unas vacaciones para el día después, olvidando que “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”. La estupidez, la vanidad y el poder son otras tantas formas de impedir la vida, de empobrecerla y descuidarla. Frente a ello “seamos imposibles, pidamos lo real”, y para ello hace falta tanto un aprendizaje de la fuga (“tiempos de desconexión, tiempos de pausa, de repliegue y resuello; tiempos de tiempo y ya está”) como una “reconsideración de lo que andamos haciendo y de cómo lo andamos haciendo, y también de las modalidades y calidad de reconexión”. Tentativas de huida y también de aproximación para reconectar con “la vida pequeña” mediante un lenguaje que enriquece, que cuida y acoge, que da y deja y expande.

De lo contrario, si no hay reconexión y lo que viene es más descuido y más indiferencia, seremos habitantes anestesiados de la “sociedad paliativa” (Byung-Chul Han). Aceptar, aceptar sin leer solo para poder seguir, complacidos con nuestra propia conformidad, excitados por el escupitajo amable de cada like. Y el inevitable hate. Por fin tendremos, como dice Nietzsche hablando del “último hombre”, “nuestro pequeño placer para el día y nuestro pequeño placer para la noche”. Lo cita el pensador germano-coreano, que añade: “El imperativo de ser feliz genera una presión más devastadora que el imperativo de ser obediente”.

Definitivamente es otro mundo. Por lo menos parece que salimos del túnel y ojalá que sea esa la luz pero cuidado, que no se nos atragante el día después. Por si acaso, no abandonemos la trinchera.  

 

OCTUBRE 2021

(Artículo en El Progreso 23/X/21)

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