De un túnel hay que salir pero una trinchera no se debe abandonar. La pandemia de coronavirus ha sido nuestro túnel, una experiencia crucial que marcará la vida de diferentes generaciones, mayores, jóvenes, los que ven declinar su horizonte y los que tendrían que estar comenzando a labrarse la vida. Labrarse la vida, y también ser labrado y esculpido por ella, una piedra desnuda, una hoja al viento. La pandemia dejará en mucha gente la sensación de ser zarandeados por la adversidad, algo que nubla el horizonte y reduce la perspectiva, por eso las sociedades dan bandazos y basculan a los extremos, cunde la atracción por el vértigo.
Como para tanta gente, para muchos artistas y escritores la
pandemia ha supuesto un antes y un después, la ocasión para llevar un proyecto
creativo al terreno de lo existencial. De ahí surgen distintas maneras de dar
la pandemia por terminada, tentativas para salir del túnel con distintos
balances y estrategias de supervivencia.
Por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina el diario de los días del
confinamiento en “Volver a dónde” (el sedentarismo obligado, las lecturas, los
aplausos, las salidas al super o a hacer ejercicio, las copas de vino en el
balcón con las plantas convertidas en novedoso objeto de atención) le da pie
para una reflexión sobre la indigencia política del momento y una crítica de la
deriva de España. Escribir es una trinchera contra el avance de la estupidez organizada. “El mundo de después” (como titula Lois Caeiro su
“Carta abierta” sobre Muñoz Molina y el compromiso) es parecido al de antes
pero como puede serlo una caricatura, con los defectos acentuados, “igual de
habitado por adictos al ruido y la quema de combustibles fósiles”. No es el
mundo de antes que ha vuelto sino “otro mundo raro que se parece al que existirá
cuando yo no pueda verlo”. El autor nos hace asistir al desvanecimiento de un
mundo del que quiere ser testigo (porque “nadie sospechó que esos mundos
infantiles inalterables estaban acabándose”) y así va creciendo otra línea
argumental que es una exploración de la infancia y un viaje de la memoria.
Hay otras formas más salvajes de salir del túnel, con una
bomba de mano dispuesta a dinamitarlo todo y buscar una luz más drástica. Es el
caso de “La vida pequeña. El arte de la fuga” de J.Á. González Sainz,
fragmentos que parten también del propósito de reconsiderar la vida de antes y,
poco a poco, de manera íntima y juguetona, procede a una impugnación radical de
lo existente. El autor recuerda el final de “La peste” donde Albert Camus
refiere la alegría insensata de la población que se prometía unas vacaciones
para el día después, olvidando que “el bacilo de la peste no muere ni
desaparece jamás”. La estupidez, la vanidad y el poder son otras tantas formas
de impedir la vida, de empobrecerla y descuidarla. Frente a ello “seamos
imposibles, pidamos lo real”, y para ello hace falta tanto un aprendizaje de la
fuga (“tiempos de desconexión, tiempos de pausa, de repliegue y resuello;
tiempos de tiempo y ya está”) como una “reconsideración de lo que andamos
haciendo y de cómo lo andamos haciendo, y también de las modalidades y calidad
de reconexión”. Tentativas de huida y también de aproximación para reconectar
con “la vida pequeña” mediante un lenguaje que enriquece, que cuida y acoge,
que da y deja y expande.
De lo contrario, si no hay reconexión y lo que viene es más
descuido y más indiferencia, seremos habitantes anestesiados de la “sociedad
paliativa” (Byung-Chul Han). Aceptar, aceptar sin leer solo para poder seguir,
complacidos con nuestra propia conformidad, excitados por el escupitajo amable
de cada like. Y el inevitable hate. Por fin tendremos, como dice
Nietzsche hablando del “último hombre”, “nuestro pequeño placer para el día y nuestro
pequeño placer para la noche”. Lo cita el pensador germano-coreano, que añade:
“El imperativo de ser feliz genera una presión más devastadora que el
imperativo de ser obediente”.
Definitivamente es otro mundo. Por lo menos parece que salimos
del túnel y ojalá que sea esa la luz pero cuidado, que no se nos atragante el
día después. Por si acaso, no abandonemos la trinchera.
OCTUBRE 2021
(Artículo en El Progreso 23/X/21)
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