jueves, 23 de septiembre de 2021

CATÁSTROFES. EL 11-S VEINTE AÑOS DESPUÉS

 

CATÁSTROFES  (EL 11-S VEINTE AÑOS DESPUÉS)

Grupo DOXA

 

El derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York hace 20 años marcó con su estruendo y su nube de polvo el inicio del siglo XXI, un siglo que a estas alturas ya se ha labrado un perfil propio. Después de las Guerras Mundiales y la Guerra Fría que marcaron el siglo XX hemos ido hacia una especie de “paz caliente” o lo que Hans Magnus Enzensberger llamó “guerra civil molecular” (y Paul Virilio, “Estado suicida global”).  Las señales están por todas partes. Los atentados del 11 de septiembre fueron un símbolo, y la “guerra contra el terrorismo” el emblema que (pese al desastre afgano, de consecuencias todavía inciertas) dió carta de naturaleza a un nuevo modo de confrontación identitaria.

El siglo comenzó con ese giro geopolítico, al que se unió el estallido de la burbuja financiera y la Gran Recesión, coincidiendo con la puesta de largo china en las Olimpiadas de 2008 en Beijing. Se dibujaba una nueva rivalidad, que preparó el terreno para la estrambótica presidencia de Donald Trump. Entretanto, a este lado se desata la enésima crisis de identidad europea, solo en parte contenida por la longevidad política de Angela Merkel que ahora toca a su fin.

La emergencia de nuevos actores relevantes (Brasil, India, Rusia, Turquía…) transformó las relaciones de fuerza y echó por tierra el relato neoliberal de una globalización inevitable, de dirección única, determinada por el proceso económico. El panorama ya es otro, unos Estados que se rearman y unas políticas nacionales que se enfrentan a la hiperglobalización. Vuelven la dinámica de las zonas de influencia, los enclaves, los conflictos territoriales. En realidad nunca se han ido (para muestra ahí siguen Palestina o el Sáhara), pero si antes formaban parte de dinámicas exportadas a las periferias, ahora tienen que ver con la reconfiguración de los centros de poder (como fue el caso de Ucrania y ahora Afganistán).  

Todo es ya periferia, desde los pueblos amenazados por conflictos climáticos y problemas de escasez y acceso a recursos básicos hasta grandes naciones que se permiten el lujo del proteccionismo y el incremento de los presupuestos militares. No se trata ya de mundos opuestos al estilo de una política de bloques, que conferían cierta legitimidad y adhesión ideológica,  sino un mundo horadado y dividido en el que saltan a la vista las desigualdades y cunde la desafección política, un mundo atomizado, comunicado por flujos comerciales pero replegado en sí, individualista.

Por todas  partes están las señales de una mutación histórica en curso, un proceso complejo que captura no solo la actividad económica sino la totalidad de la vida cultural, y produce nuevas formas de subjetividad. Se habla de una subjetividad adaptable y flexible, creativa, en perpetua innovación, pero esas mismas proclamas funcionan como exigencias del capital, y sirven para precarizar el trabajo, interiorizar la explotación y convertirla en libre, soberana autoexplotación.

Al menos desde el inicio de la era nuclear, cuando se pone en marcha en 1947 el Doomsday Clock (Reloj del Juicio Final), pende la amenaza del desastre.  En poco tiempo los soviéticos llevarían a cabo su primera prueba nuclear y nacería la República Popular China. La disuasión nuclear, que llevó a la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, cumplía en el relato la misma función que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, disputar el dominio global después de la guerra y evitar la invasión soviética de Europa occidental (lo documenta  prolijamente Peter Watson en “Historia secreta de la bomba atómica”). Pero el siglo XXI no se ha desprendido del miedo permanente a la catástrofe, al contrario, esa doctrina no haría más que ampliarse e ir más allá del terreno de lo militar. Motivos para la alarma no faltan. El cambio climático, el agotamiento de recursos, la pobreza o el riesgo de nuevas pandemias no parecen tener visos de solución en plazos imaginables, y mientras tanto seguimos practicando el crecimiento como único remedio a un problema que tiene que ver con los límites de nuestro modo de vida. Pero ignoramos que ese remedio no es posible, y esa contradicción entre lo que sabemos (desde el punto de vista teórico y científico) y lo que hacemos (empujados por el mercado y la tecnología) nos atenaza, nubla el futuro. Es lógico que se normalice la sensación de colapso.

El impacto de los aviones en las torres y su desplome hace veinte años forman parte de la iconografía contemporánea de la catástrofe, como el hongo atómico de Hiroshima o la propagación del Covid-19. En realidad hay tantas imágenes posibles de la catástrofe que esta parece convertirse en una película continua a los ojos de un espectador acomodado, pero no olvidemos que para muchos es una tragedia cotidiana. Si en la guerra fría los misiles fueron contenidos, o cómodamente exportados, desde el  11 de septiembre de hace veinte años el mundo es todo él un inmenso arrabal donde revolotea la mariposa del caos. Un aleteo en las montañas afganas y que tiemble Wall Street. Como si la catástrofe fuese la única sustancia del mundo.

 

SEPTIEMBRE 2021

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