martes, 1 de febrero de 2022

Fragmentos del sujeto

Marqueses rojos y bestias pardas de la clase obrera fueron moneda corriente en el viejo siglo XX, como en el XXI ejecutivos de alpargata y humildes chavales del rural con rugientes coches de gama alta. ¿Debe uno escandalizarse de los obreros que votan a la extrema derecha, o de los gays que apoyan a partidos que niegan sus derechos? También conocemos la existencia de élites negras, por no hablar de las tremendas historias de los judíos colaboracionistas. Los bucles de la identidad son tan intrincados como queramos, y la consistencia de los sujetos quizá haya pasado a mejor vida. Pero no aplicamos siempre el mismo rasero y tendemos a indignarnos por parroquias, solemos practicar alguna forma de inconsistencia. Ya Max Weber había explorado el ámbito social como un juego de interacciones que no se despliegan sobre un único eje (por ejemplo, izquierda/derecha, o conservadores/progresistas), con lo que dejó al descubierto el flanco débil de una parte de la tradición marxista, un determinismo económico de dirección única al que el propio Marx era más bien ajeno.

Ni las voluntades individuales se trasladan al entramado institucional (como podría hacer pensar la ficción constituyente del contrato social) ni las elecciones políticas son el resultado de un conjunto previo de circunstancias objetivables. Mal que le pese a la ideología del mercado, no somos “preferidores racionales”. Las filiaciones, pertenencias y elecciones resultan muchas veces de motivos entrecruzados, no siempre compatibles si solo los miramos desde un punto de vista estrictamente lógico. Eso genera en una enorme volatilidad en las democracias liberales, limitada por una agenda económica muy parecida a ambos lados del espectro político que lleva las diferencias al terreno de lo cultural, donde se hacen máximas y polarizan a las sociedades. ¿No debería ser más bien al revés, que hubiera acuerdo en cuestiones básicas y sustantivas, transversales (relativas por ejemplo a igualdad, derechos humanos o medio ambiente), y se abriese el abanico de opciones reales en las cuestiones más instrumentales (la política económica, el sistema impositivo, la distribución de la riqueza y cosas así)?

Weber pretendía justificar el pluralismo de valores en nuestras sociedades, y la agenda neoliberal de finales del siglo XX supo atrapar ese discurso y adaptarlo a sus fines. El discurso de la diversidad, convertido en una buena estrategia de marketing. ¿Es parte de esa estrategia todo el barullo identitario, o constituye más bien un estado previo de la cuestión, una ola que es cabalgada por la cultura del capitalismo actual?

La antropóloga Mary Douglas elaboró una tipología cultural para arrojar algo de luz sobre la multiplicidad que atraviesa nuestras elecciones vitales. Con nuestras decisiones y comportamientos intentamos cada uno realizar de manera más o menos consciente un cierto ideal de vida comunitaria que ponemos de manifiesto en nuestras adhesiones y rechazos; de manera que formaríamos cuatro estilos esencialmente conflictivos entre sí: el “jerárquico”, aquel que tiende a aceptar el orden establecido; el individualista competitivo; el protestatario, capaz de generar un “enclave disidente”; y el ecléctico o “aislado”, que prefiere evitar los controles opresivos de las demás formas de vida y se sustrae a la competencia. Entre ellos se producen afinidades y distancias que no es el caso pormenorizar aquí, y aunque Mary Douglas estimaba que era muy difícil salirse del grupo en el que cada uno se va socializando, yo pienso que nos hemos volatilizado aún más y tenemos cada día comportamientos de uno y otro tipo en una espiral agotadora.

Conforme los sueños utópicos se van convirtiendo en negocio experimentamos la dificultad de darle sentido a nuestras vidas, quedamos atrapados en una “disonancia cognitiva”. No resulta fácil conciliar diferentes metas ni convertirlas en acciones consecuentes o eficaces (véase el ejemplo del cambio climático). Somos sujetos zarandeados, entre los flujos de la circulación económica y los de nuestra sostenibilidad emocional, “capital humano” para una economía de los afectos que sustituye a la pasión política.

Utilizando las figuras retóricas de Aristóteles podríamos decir que falta “logos” (esto es, discursos que apelen al intelecto) y también “ethos” (la ejemplaridad que da confianza y suscita respeto) y, en su lugar, tenemos una sobreabundancia de “pathos”: en lugar de sociedad civil somos una audiencia sometida al flujo incesante de las imágenes, llevada más por emociones que por argumentos, proclive a dejarse seducir por aprendices de brujo (véase el negacionismo rampante). ¿Disolución de lo social? Al  menos su mutación, que reafirma vectores de poder emergentes al precio de precarizar las condiciones vitales de la mayoría, en espera de alguna ruptura que habrá de llegar (Piketty: estamos como antes de la Revolución francesa).

 


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