Marqueses rojos y bestias pardas de la clase obrera fueron
moneda corriente en el viejo siglo XX, como en el XXI ejecutivos de alpargata y
humildes chavales del rural con rugientes coches de gama alta. ¿Debe uno
escandalizarse de los obreros que votan a la extrema derecha, o de los gays que
apoyan a partidos que niegan sus derechos? También conocemos la existencia de
élites negras, por no hablar de las tremendas historias de los judíos
colaboracionistas. Los bucles de la identidad son tan intrincados como
queramos, y la consistencia de los sujetos quizá haya pasado a mejor vida. Pero
no aplicamos siempre el mismo rasero y tendemos a indignarnos por parroquias, solemos
practicar alguna forma de inconsistencia. Ya Max Weber había explorado el
ámbito social como un juego de interacciones que no se despliegan sobre un
único eje (por ejemplo, izquierda/derecha, o conservadores/progresistas), con lo
que dejó al descubierto el flanco débil de una parte de la tradición marxista,
un determinismo económico de dirección única al que el propio Marx era más bien
ajeno.
Ni las voluntades individuales se trasladan al entramado
institucional (como podría hacer pensar la ficción constituyente del contrato
social) ni las elecciones políticas son el resultado de un conjunto previo de
circunstancias objetivables. Mal que le pese a la ideología del mercado, no
somos “preferidores racionales”. Las filiaciones, pertenencias y elecciones
resultan muchas veces de motivos entrecruzados, no siempre compatibles si solo
los miramos desde un punto de vista estrictamente lógico. Eso genera en una
enorme volatilidad en las democracias liberales, limitada por una agenda
económica muy parecida a ambos lados del espectro político que lleva las
diferencias al terreno de lo cultural, donde se hacen máximas y polarizan a las
sociedades. ¿No debería ser más bien al revés, que hubiera acuerdo en
cuestiones básicas y sustantivas, transversales (relativas por ejemplo a
igualdad, derechos humanos o medio ambiente), y se abriese el abanico de
opciones reales en las cuestiones más instrumentales (la política económica, el
sistema impositivo, la distribución de la riqueza y cosas así)?
Weber pretendía justificar el pluralismo de valores en
nuestras sociedades, y la agenda neoliberal de finales del siglo XX supo
atrapar ese discurso y adaptarlo a sus fines. El discurso de la diversidad,
convertido en una buena estrategia de marketing. ¿Es parte de esa estrategia
todo el barullo identitario, o constituye más bien un estado previo de la cuestión,
una ola que es cabalgada por la cultura del capitalismo actual?
La antropóloga Mary Douglas elaboró una tipología cultural
para arrojar algo de luz sobre la multiplicidad que atraviesa nuestras
elecciones vitales. Con nuestras decisiones y comportamientos intentamos cada
uno realizar de manera más o menos consciente un cierto ideal de vida
comunitaria que ponemos de manifiesto en nuestras adhesiones y rechazos; de
manera que formaríamos cuatro estilos esencialmente conflictivos entre sí: el
“jerárquico”, aquel que tiende a aceptar el orden establecido; el
individualista competitivo; el protestatario, capaz de generar un “enclave
disidente”; y el ecléctico o “aislado”, que prefiere evitar los controles
opresivos de las demás formas de vida y se sustrae a la competencia. Entre
ellos se producen afinidades y distancias que no es el caso pormenorizar aquí,
y aunque Mary Douglas estimaba que era muy difícil salirse del grupo en el que
cada uno se va socializando, yo pienso que nos hemos volatilizado aún más y
tenemos cada día comportamientos de uno y otro tipo en una espiral agotadora.
Conforme los sueños utópicos se van convirtiendo en negocio
experimentamos la dificultad de darle sentido a nuestras vidas, quedamos
atrapados en una “disonancia cognitiva”. No resulta fácil conciliar diferentes
metas ni convertirlas en acciones consecuentes o eficaces (véase el ejemplo del
cambio climático). Somos sujetos zarandeados, entre los flujos de la
circulación económica y los de nuestra sostenibilidad emocional, “capital
humano” para una economía de los afectos que sustituye a la pasión política.
Utilizando las figuras retóricas de Aristóteles podríamos
decir que falta “logos” (esto es, discursos que apelen al intelecto) y también
“ethos” (la ejemplaridad que da confianza y suscita respeto) y, en su lugar,
tenemos una sobreabundancia de “pathos”: en lugar de sociedad civil somos una
audiencia sometida al flujo incesante de las imágenes, llevada más por
emociones que por argumentos, proclive a dejarse seducir por aprendices de
brujo (véase el negacionismo rampante). ¿Disolución de lo social? Al menos su mutación, que reafirma vectores de
poder emergentes al precio de precarizar las condiciones vitales de la mayoría,
en espera de alguna ruptura que habrá de llegar (Piketty: estamos como antes de
la Revolución francesa).
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