(Homenaje a ORWELL)
“¡Tostadas con mantequilla!,
gritaban los milicianos en las trincheras de la Guerra Civil. La consigna
funcionaba como propaganda para deleitar los oídos de los fascistas y procurar
su deserción, y servía también como refuerzo de la moral propia al cantar a los
cuatro vientos una circunstancia más imaginaria que real, en un frente más bien
desabastecido. Lo cuenta Georges Orwell en su “Homenaje a Catalunya” y lo
recrea Rebecca Solnit en la espléndida “Las rosas de Orwell” (Lumen), que
destaca esa “libertad de los soldados republicanos para echarle teatro e
improvisar, para dejar atrás la ideología oficial, para formular una invitación
en vez de una amenaza”.
Sin ser un pensador profesional,
Orwell quizá haya reflejado como pocos los contornos del totalitarismo que avanzaba
en su época, en los años 30 y 40, pero que él proyectó como algo intemporal,
sobre todo (pero no solo) en “1984”, precursora del hoy célebre género
distópico. Esta novela, que ha cimentado en buena parte la fama de Orwell, es
reconocida como una denuncia del control totalitario que no ha perdido su vigencia,
al contrario, dado el enorme incremento de la capacidad para manipular la
verdad y producir un pensamiento conforme, bases del régimen descrito en
“1984”. A base de corromper la subjetividad y mostrar una apariencia engañosa e
inquietante, o de vaciar de sentido el ejercicio de los derechos y dejar
entrever un fondo siniestro que sin embargo nadie comprende bien, nuestro mundo
de la mentira planificada y la hipervigilancia es hoy si cabe más “orwelliano”
que nunca.
Pero la escritora americana
destaca otra faceta de Orwell menos conocida y puede que más decisiva para
determinar su figura. “En la primavera de 1936, un escritor plantó rosales”, la
frase introduce diferentes pasajes de su vida y obra y apunta esa otra faceta
que representan las rosas, protagonistas junto a Orwell del libro de Solnit. Las
rosas, y la vida en la naturaleza, adonde Orwell acudía después de sus andanzas
de escritor y reportero y donde encontró su último refugio. “El pan alimentaba
el cuerpo, y las rosas alimentaban algo más sutil: no solo los corazones, sino
también la imaginación, la psique, los sentidos y la identidad”, eran, sigue
Solnit, “una declaración contra la idea de que las necesidades de los seres
humanos se reducen a bienes y circunstancias cuantificables y tangibles”. Las
rosas que Orwell cultivaba simbolizan la alegría del aquí y ahora, los deseos
irreductibles y la fugacidad y vulnerabilidad de los seres humanos.
La devoción por la naturaleza (y
el presente y la sensibilidad) llevaron a Orwell a desconfiar de absolutos y
oponerse a las grandes ideologías que pretenden salvarnos; gran defensor de la
justicia, también rechazó el mito de una modernidad liberadora. El capitalismo
construyó su prosperidad sobre la esclavitud y la explotación colonial (que
conoció de primera mano en Birmania), sobre la desposesión de lo común en
beneficio de los poderosos (así nacieron el proletariado del siglo XIX y el
precariado de hoy).
Las ideologías rígidamente
asumidas son escudos inútiles, cuando no perniciosos garrotes, contra la
complejidad de la vida, fórmulas que exigen una virtud solo accesible con la
propia anulación. Orwell se enfrentó a esa renuncia y sufrió por ello la
inquina de inquisidores de uno y otro signo, por hablar de la justicia pero
también del pan, las tostadas y las rosas.
Julio 2022
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