“Desde su casa en Illinois, un hombre de 26 años ayudó a
diseñar un arma impresa en 3D que ha sido vinculada a terroristas, traficantes
de drogas y luchadores por la libertad en al menos 15 países”, rezaba un
titular de la edición española del New York Times. Armas e ideas, una pareja de
mucha conveniencia mutua, aunque a veces se enfrenten como dos divorciados
resentidos que creen que es falso todo su pasado en común. El fabricante de
Illinois es John Elik, conocido como Iván el Troll en el floreciente mundo de
las armas de fabricación doméstica que parecen talmente juguetes. Cualquiera
con una impresora 3D, un poco de dinero para el material y la habilidad
necesaria puede tener su arma, algo que en un país de tradición libertaria como
Estados Unidos es un gran problema de seguridad. Y ya vemos quien marca tendencia. Afortunadamente
en Europa tenemos otra cultura más restrictiva con las armas, pero comienzan a
verse modelos inusitados en los disturbios de barrios problemáticos que dan
idea de un mercado floreciente al que sirve de paraguas el furor belicista de la
OTAN, al que se suman incluso países de tradición pacifista y feminista como
Suecia y Finlandia, con un entusiasmo poco comprensible.
Lo de los luchadores por la libertad no es solo una licencia
propia de la tradición libertaria e individualista que promueve la autodefensa
(y, como es sabido, el ataque como la mejor defensa, lección bien aprendida por
los halcones de Israel). Es una parte de la historia común de las ideas y las
armas. En uno de sus últimos libros, Paul Auster trazó una breve historia de la
Norteamérica moderna a través del uso de las armas (“Un país bañado en
sangre”), señalando “la ironía de que un movimiento predominantemente blanco,
rural y conservador” –en referencia a la ANF, Asociación Nacional del Rifle de
tanta influencia– “cobrara vida gracias
a que adoptó la filosofía de las armas de un grupo que era negro, urbano y
radical”, en referencia a los Panteras Negras que en 1967 irrumpieron armados
en el Capitolio de California para protestar contra un proyecto de ley sobre
control de armas (por cierto, un proyecto republicano) y enarbolar su derecho a
la defensa, contra el maltrato que recibía la población negra a manos de la
policía.
Hasta hace poco las armas eran un privilegio de cuerpos
militarizados (además de cazadores y delincuentes), pero su uso se ha ido
ampliando hasta que, con su fabricación doméstica, tienden a inundar el
mercado. Su objetivo es armar a la mayor cantidad posible de personas comunes.
“No es solo un arma, es también una ideología”, dice un oficial de inteligencia
sueco refiriéndose a las FGC-9 que tienen aspecto de un Lego, en cuyas
instrucciones de montaje figura el lema “Vive libre o muere” para ser grabado
en cada ejemplar. Es el lema adoptado por el Estado de New Hampshire, que ensalza a uno de sus
héroes locales, el general John Stark. Una frase con múltiples variantes, como
nuestra Pasionaria evocando a Emiliano Zapata “vale más morir de pie que vivir
arrodillado”. ¿Quién no lo suscribiría cuando estás convencido de estar en el
lado correcto de la historia? Pero ahora parece que es la libertad la que ha
cambiado de bando y se convierte en palabra gastada, dice cualquier cosa y no
dice ninguna, una bandera de conveniencia que disimula un estandarte pirata,
pero allí nadie responde. En lugares así como New Hampshire se decidirán las
elecciones norteamericanas el próximo día 5, por un margen que se espera muy
estrecho. Aunque eso no parece que vaya a afectar mucho al general aprecio por
las armas, los halcones volarán incluso con Harris.
OCTUBRE 2024
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