lunes, 7 de septiembre de 2020

APUNTE DE NUEVA YORK

 

APUNTE DE NUEVA YORK

 

Antes de partir miras una y otra vez el contenido de la maleta, repasas por si se te olvida algo importante, piensas que puede llover, que tendrás que afeitarte, calculas cuántos días y noches serán. Las maletas siempre tienen que llevar alguna incongruencia, allá en el fondo del último bolsillo con cremallera, un por si acaso. Ya se encargará la vida de desmentirte, de dejarte tirado después de hacerte cargar con cosas que no necesitaste. Los viajes son un juego al despiste sobre lo que importa y lo que no. Me gustaría llevar una brújula si no estuviera estropeada. Veo la maleta cerrada y pienso en lo que aún me quedará por improvisar.

 

Los largos viajes aéreos: cientos de asientos con pantallas individuales, el entertaiment como parte de la producción industrial del movimiento, el viaje encapsulado de masas.

 

Cuando escribes sobre una ciudad en realidad lo haces sobre tu experiencia de ella, yo os contaré una parte de lo que viví que puede que no haya existido más que en mi atribulada cabeza. Ni siquiera he visto todo lo que puedo contar, muchas veces dejo que ella sea mis ojos, y así no tengo que registrar tantos detalles y puedo entregarme a mis ensoñaciones. Es cálido dejarse llevar como quien sigue un hechizo. Llevo un libro de Colson Whitehead, “El coloso de Nueva York”, en el que leo: “Necesitas un hechizo para saber ver las cosas”. Ella es mi hechizo, y a veces es tan veloz que me quedo atrás y me siento lejos de todo, aunque de hecho esté en el centro del mundo.

 

Después de un largo tiempo en la aduana donde somos extranjeros del común, entramos en Nueva York desde el aeropuerto JFK. Las primeras imágenes no son los rascacielos sino los suburbios que tantas veces hemos visto en las películas. Grupos de negros enormes rondando las pistas deportivas. Un larguísimo cementerio bordea la carretera, cada tumba una pequeña lápida vertical clavada en el suelo, un bosque minúsculo que se pierde de vista. El taxista no conoce bien la forma mejor de llegar a nuestro destino pero al fin bajamos frente al hotel Nirvana de Queens y dan ganas de besar el suelo, si no fuera una avenida polvorienta en una especie de polígono posindustrial. Pero es nuestro nirvana y cumple bien su función, allí nadie hace muchas preguntas.

 

En el primer desayuno multicultural pienso en Henry James cartografiando la distancia entre Europa y América. Me siento a la vez en el bando de los mejores (y me doy cuenta de mi ingenuidad) y de los perdedores. El crisol americano es una centrifugadora de la que sale despedido lo más extremo. En lo privado reina la anarquía siempre que no moleste, la idea de lo colectivo no encuentra donde crecer. Veo las montañas de plástico que se tiran cada día, platos, vasos y cubiertos y pienso en bombas cayendo en un lejano desierto. En el vestíbulo se puede pasar un rato agradable de espera, comprobando un gusto exquisito por las imitaciones.

 

Nuestros días son de largas caminatas por las calles y avenidas, desde nuestro nirvana de Queens tenemos dos opciones para coger el metro hacia Manhattan, la estación de Queensbridge cerca del hotel pero con menos conexiones y otra más lejos, Queensboro Plaza, desde donde viajamos directamente a la Quinta Avenida. Tenemos que exprimir el tiempo y no hay parada más que para lo imprescindible, mientras yo fantaseo con esos viajeros que pasan largas horas encerrados en su habitación de hotel en ciudades extrañas, decantando sobre un cuaderno o un teclado las emociones vividas. Yo llego al hotel ya de noche y solo soy capaz de escribir unas líneas, cuando no es el sueño del cansancio el que nos atrapa antes. A veces, tan lejos y tan cerca, tenemos nuestros momentos de rápido amor.

 

Nuestra primera salida a la superficie en Manhattan desde el metro nos hace levantar las cabezas para admirar los rascacielos. Estamos en Times Square, el río del mundo. Una muñeca rusa repleta de copias, con todos los colores y lenguas. En las fachadas parpadean los letreros luminosos que reclaman atención y distraen de las esquinas donde los pobres ocultan su miseria. No hay alarde en la pobreza ni en la opulencia, hay como una normalidad en la que cada cual acepta su lugar en el mundo, en el vasto río. Yo pensaba en extensiones enormes y sin embargo hay como una medida humana, de manera que es fácil habituarse y poco a poco la ciudad se va haciendo tan familiar como nos lo parecía en el cine.

 

Los dos primeros días cogemos un bus turístico para adquirir nuestras primeras impresiones de la ciudad. Desde Times Square descendemos las avenidas hacia el Downtown y el puente de Brooklyn, y lo cruzamos entero con la idea de volver pero no sabíamos que esa iba a ser la única vez que lo haríamos. Los lugares que nunca vuelves a ver te dejan una cuenta pendiente, como una relación dejada a cajas destempladas, pero no fue el caso con el puente de Brooklyn que se convirtió nuestros días en Nueva York en un centro de atracción al que volvíamos una y otra vez y alrededor del que exploramos el sur de Manhattan. El torrente humano de Times Square, encerrado entre los altos rascacielos, se convierte aquí en otro tipo de río que se mezcla con el mar y te da otra dimensión de Nueva York, desde el borde, viendo su perfil, que se convierte en mítico si consigues superponerle el escorzo de un trozo del puente de Brooklyn.

Antes de cruzar el puente estuvimos un rato los niños y yo mirando la actuación de unos acróbatas negros, y claro, me tocó, cuando reclamaron la participación del público ví cómo un negrazo me hacía gestos y allá voy, en una fila de hombres que hablábamos seis o siete lenguas en medio de la plaza, y una chica al extremo de la fila. Nos ordenaron por altura y el reto consistía en que otro atleta saltase por encima de todos nosotros, a mí me tocó junto a la chica, el españolito más bajo junto a un portugués y un chino. Menos mal que después de unas cuantas chanzas que solo entendí a medias me eliminaron del juego, por no haber sido a su juicio suficientemente generoso. Yo ya me sentía de sobras cobrado así que no lo tomé a mal. Pudimos irnos de allí y pasar al otro lado, en Brooklyn, donde comimos en una animadísima Street Pizza y después regresamos en el subway. Aquella parte de la ciudad nos regalaba otro Nueva York, con la presencia poderosa del mar. Todavía habíamos de volver a Brooklyn una vez más, al barrio judío de Williamsburg. Lástima que era un sábado y los comercios estaban cerrados, aun así era como espiar otro mundo. Fuera del tiempo y la velocidad. Igual que los colores de la piel negra y los olores de las especias de oriente, aquellos niños con tirabuzones quedaron a fuego en nuestra escenografía de Nueva York.

 

Una de las excursiones nos lleva a la Zona Cero. Destaca  desde lejos un edificio de Calatrava con forma de águila desplegada que sirve como intercambiador de transportes, allí cerca se abren en el suelo dos inmensos huecos en el lugar que ocupaban las Torres Gemelas. Hacia dentro los huecos son grandes cascadas de agua que desaparece hacia lo profundo de la tierra, que parece poder engullirlo todo, y alrededor, grabados en el metal, se pueden leer los nombres de todos los que murieron allí. El lugar sobrecoge. Poco más puede hacer uno que acodarse hacia el agua que cae y fundirse con el silencio del abismo de agua. Pensar en lo que pudo haber sido la catástrofe, en los días, semanas y meses que el polvo continuaba flotando en el aire e impregnándolo todo del recuerdo de la muerte.

 

Perdidos por el Midtown West acabamos cerca de la estación de Port Authority, donde –cuenta Colson Whitehead– “los autobuses parten con quienes necesitan marcharse y vuelven con recambios desde todos los estados”. Nuestro paseo acaba con una cena ligera en el Gotham Wes Market, y de nuevo al metro. En el vagón hay un anuncio de cursos de filosofía sobre la felicidad y, a su lado, otro donde se ofrece atención a los enganchados a la heroína. Ambos anuncios resuenan con una complicidad secreta. Todo muy terapéutico, aséptico en las formas pero dejando entrever un fondo de oscuras perturbaciones que conviven con la puntualidad variable de los trenes. Quien sabe qué mundos se esconden en cada pasajero atrapado en su teléfono móvil. El orden normal de las cosas está lleno de agujeros negros.

 

Los primeros días en Nueva York cuesta enlazar las imágenes tan dispares que se suceden como en un caleidoscopio. De la harapienta boca de metro sales al pie de un rascacielos, entras creyéndote un intruso en las entrañas del Rockefeller Centre y te sorprendes como un invitado más a la fiesta, al poco estás al borde de la pista de hielo viendo patinar a tu hijo como si fuese tu misma vida, con su mezcla de descaro y precaución, pero al poco comienza a llover y los patinadores se van retirando. Después bajamos por la Cuarta y  atravesamos por la cuarenta y cinco y ante nosotros aparece Grand Central Station y pienso en Cary Grant huyendo a las órdenes de Hitchcock. Los niños se entretienen con el placebo de Appel mientras nos hacemos una psicofonías. Seguimos nuestros callejeos intermitentes deslumbrados por el gusto exquisito de los escaparates. De allí a poco, cuando va cayendo la noche, nos encontramos otra vez ante el skyline de Manhattan envuelto en las sombras, como un bosque de piedras misteriosas, y te preguntas cuánta fantasía es precisa para creer lo que ves, qué historias se esconden entre sus paredes metálicas, qué nos dicen del cielo al que apuntan. Voy tan aturdido que de vuelta quiero saltarme la entrada del metro por las bravas, tropiezo y me veo en el aire haciendo absurdas piruetas, por poco no doy con la crisma en las barras de acero. Después me compensan las risas de todos a cuenta de mi torpeza y sobre todo el brillo en sus ojos, esos que tanto nos alegran, mientras se desternilla y se revuelca también por el suelo.

 

Estamos en el país de usar y tirar, no pensar mucho en el mañana, también en el reino del disfraz, de la simulación y la imitación. Es difícil que entiendan que solo quieres café, con sabor a café y no a cualquier otra cosa, cómo no elegir lo que quieres a cada momento si el mundo ofrece posibilidades ilimitadas. El mundo entero está aquí. En la babel de lenguas que se entienden sin oírse.

Vemos un rato la televisión antes de dormir. Vemos arder Notre Dame. Algo habíamos visto en el teléfono mientras nos hacíamos un tentempié en Grand Central Station. Por la noche las noticias se mezclan con anuncios de publicidad con una obscenidad a la que ya estamos acostumbrados. Estamos en el reino del entretenimiento, esto es Broadway.

 

Pues sí, this is Broadway! Una de las mejores cosas que se pueden hacer en Nueva York es ir a un musical en el Broadway Theatre, y allí vamos, a un estreno que hace gala a la palabra espectáculo: King Kong. Se trata de un montaje que te deja boquiabierto. King Kong es un icono de mi propia infancia. Más o menos a la edad de J. ahora, cuando se hizo el remake setentero de la mítica historia del gran simio, yo fui un completo fan de King Kong, y Jessica Lange uno de mis primeros mitos eróticos. Después, nunca dejaron de interesarme esos seres a la vez tan imponentes y tan frágiles, tan vulnerables como nosotros pero mucho menos ruines. Así que para mí estar en el Broadway Theatre ante aquella tenebrosa marioneta articulada de más de mil quilos, movida por un enjambre de bailarines con la ayuda de sensores de movimiento de alta precisión, era anudar un hilo entre nosotros que nos permitía estar allí, tan lejos de nuestra casa, y ser como exploradores y permanecer unidos ante lo que pueda pasar. Por el escenario desfilaron los salones donde se gestó la historia, la travesía en barco por el océano, la selva y el retorno a la gran ciudad, con subida al Empire State incluida y el preceptivo descenso final a los infiernos, todo con su música en vivo y sus rugidos de terror y enamoramiento. Un festival de sensaciones a partir de una bestia de acero y carbono, dos horas y media atados a la butaca, con solo un breve descanso para ir al bar y contemplar las galas de los impacientes por el cóctel y la prometedora noche.

 

Nueva York es una ciudad repleta de emblemas del mundo contemporáneo. No podría entenderse la industria del entretenimiento sin Broadway, ni la de las finanzas sin Wall Street. Otros dos símbolos mayores que no pueden dejar de contemplarse en Nueva York son la Estatua de la Libertad y Central Park. Contemplarlas y vivirlas. Tras una larga espera en los muelles de Battery Park salimos en el ferry hacia Liberty Island en un buen día de sol. La travesía te muestra otro perfil impactante de la ciudad, con la mole del nuevo OneWTC destacando hacia el centro de la panorámica, y toda esa selva de cemento y acero aparece de pronto como si fuera un animal marino que se eriza desde las profundidades, donde se mezclan las aguas que bajan del Hudson y del East. Entonces aparece. El brazo en alto sosteniendo la antorcha es lo primero que atrae la atención, después su diadema de rayos, los pliegues de su túnica, su inmenso pedestal. El ferry se acerca y la rodea, permitiendo observar sus matices y ya aislarla de todo, concentrada en sí como si estuviera en medio de un océano, ya acoplarla al lejano fondo urbano de Manhattan, Brooklyn o New Jersey. Nuestro viaje no permite bajarse en la isla, y al regreso, entre souvenires, bebidas, perritos y música, con un negro cantarín y chistoso amenizando, se monta casi una fiesta, un remedo de una sesión de jazz que entretiene el final del trayecto. Falta aún la escena jocosa del día, eso a lo que inexplicablemente soy tan propicio; cuando voy al angosto baño del ferry y abro la puerta, una mujer negra allí sentada me grita, y a su grito sucede el mío y después el coro de la concurrencia, y el colofón de nuestras interminables risas.

Y Central Park. No se puede ir  a Nueva York sin ir al corazón verde donde la ciudad desaparece o queda relegada a un decorado. Caminos, colinas y lagos de gusto elegante, el exquisito Paseo del Mall, las bicicletas adelantando a los coches de caballos, todo hace de Central Park una isla verde en medio de la isla de Manhattan. Para apreciar el conjunto nada mejor que subir al piso 62 del Rockefeller Centre, adonde vamos esa tarde, buscando las luces del atardecer. Subimos en un ascensor ultrarápido, un grupo que se une a otros allá arriba, apartándonos los codos en busca de la mejor perspectiva de la ciudad. Es tal la feria que consigo perderme sin querer y encontrarme y volverme a perder, y todos los puntos cardinales de conjuran para fabricar un efecto del mal de la altura. Menos mal que hay tiendas de recuerdos donde ver en papel fotos profesionales que te mostrarán la majestuosidad de la panorámica, lo real siempre está acompañado de su representación, tan potente que lo destaca y lo mejora. La capacidad de crear un efecto es tan tentadora que muchos buscan el encuadre solitario en una ventana, como si fueran los amos del lugar contemplando sus posesiones. Mi habitación privada con vistas. Un lujo solo al alcance de una imaginación desbordada.

 

Además del teatro la vida cultural de Nueva York  tiene su otro pilar en los museos. Visitamos dos de los más populares e imprescindibles (coinciden los dos criterios), el Museo de Historia Natural y el MoMA. El de Natural History (a mí me gusta llamarlo así, en inglés, aunque también se le llame de Ciencias Naturales) es inabarcable, para perderse en él y recopilar retazos de la vasta historia de la humanidad y sus ecosistemas, tanto de la naturaleza como de la cultura, por eso prefiero esa denominación aunque suene antigua de Historia Natural: los fósiles, animales extintos como los dinosaurios, todo tipo de faunas, objetos de los diferentes hábitats, fragmentos de rocas de la luna. Una enciclopedia del planeta y la diversidad humana.

Del MoMA recordaré las aglomeraciones para contemplar a duras penas un Van Gogh, y la búsqueda errática de Andy Warhol, como en un laberinto del que finalmente salimos encontrando solo una pieza menor, casi disimulada al lado del restaurante. Había un especial de Joan Miró que nos sirvió de aperitivo a un muestrario de lujo, de Cezanne y Matisse a Picasso, Dalí, Mondrian, Paul Klee o Duchamp, y los grandes americanos, sobre todo Pollock y un Hooper que solo vemos de refilón.

 

Los barrios de Nueva York son mundos que solo se miran de reojo. Desde el Dowtown hasta el top de la Quinta Avenida, con la catedral de St. Patrick y las avenidas elegantes del Upper East Side que bordean Central Park, como la Avenida Madison, hay un viaje con proporciones de historia, un museo viviente de la humanidad que tiende a mezclarse en el bullicioso Midtown, alrededor de los teatros de Broadway. Entre ir y venir a veces disfrutamos de los secretos que la ciudad te confía, como el teleférico de Roosvelt Island o los bajos del hotel Plaza y sus tiendecitas atentas al detalle.

 

La despedida tiene sabor a confidencia, con el desfile de Pascua en la Quinta Avenida. Ahí sí parece vérseles realmente, a los neoyorquinos, tal como son, cuando se disfrazan. Con sus atuendos preciosistas y disparatados también ellos tienen su tradición inventada, como todas. Son los amos de la representación, con excelentes imitaciones de personajes y dominio de la escena. Y de todas las prendas destaca la estrambótica y colorista procesión de inusitados sombreros, algo que solo puedes ver ese día, en ese momento y lugar que permanecerá en nuestros corazones mucho más que en una memoria poco de fiar. Un gran colofón para el viaje soñado cuyas voces son el eco de las nuestras, Luci, Luis, Jorge, y mi amor en esta latitud de la vida, mi Paqui que a todos nos guía.

 

Nueva York, abril 2019

Lugo, mayo 2019

 

 

 

 

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