APUNTE DE NUEVA YORK
Antes de partir miras una y otra vez el contenido de la
maleta, repasas por si se te olvida algo importante, piensas que puede llover,
que tendrás que afeitarte, calculas cuántos días y noches serán. Las maletas
siempre tienen que llevar alguna incongruencia, allá en el fondo del último
bolsillo con cremallera, un por si acaso. Ya se encargará la vida de
desmentirte, de dejarte tirado después de hacerte cargar con cosas que no
necesitaste. Los viajes son un juego al despiste sobre lo que importa y lo que
no. Me gustaría llevar una brújula si no estuviera estropeada. Veo la maleta
cerrada y pienso en lo que aún me quedará por improvisar.
Los largos viajes aéreos: cientos de asientos con pantallas
individuales, el entertaiment como
parte de la producción industrial del movimiento, el viaje encapsulado de
masas.
Cuando escribes sobre una ciudad en realidad lo haces sobre
tu experiencia de ella, yo os contaré una parte de lo que viví que puede que no
haya existido más que en mi atribulada cabeza. Ni siquiera he visto todo lo que
puedo contar, muchas veces dejo que ella sea mis ojos, y así no tengo que
registrar tantos detalles y puedo entregarme a mis ensoñaciones. Es cálido
dejarse llevar como quien sigue un hechizo. Llevo un libro de Colson Whitehead,
“El coloso de Nueva York”, en el que
leo: “Necesitas un hechizo para saber ver las cosas”. Ella es mi hechizo, y a
veces es tan veloz que me quedo atrás y me siento lejos de todo, aunque de
hecho esté en el centro del mundo.
Después de un largo tiempo en la aduana donde somos
extranjeros del común, entramos en Nueva York desde el aeropuerto JFK. Las
primeras imágenes no son los rascacielos sino los suburbios que tantas veces hemos
visto en las películas. Grupos de negros enormes rondando las pistas
deportivas. Un larguísimo cementerio bordea la carretera, cada tumba una
pequeña lápida vertical clavada en el suelo, un bosque minúsculo que se pierde
de vista. El taxista no conoce bien la forma mejor de llegar a nuestro destino
pero al fin bajamos frente al hotel Nirvana
de Queens y dan ganas de besar el suelo, si no fuera una avenida polvorienta en
una especie de polígono posindustrial. Pero es nuestro nirvana y cumple bien su
función, allí nadie hace muchas preguntas.
En el primer desayuno multicultural pienso en Henry James
cartografiando la distancia entre Europa y América. Me siento a la vez en el
bando de los mejores (y me doy cuenta de mi ingenuidad) y de los perdedores. El
crisol americano es una centrifugadora de la que sale despedido lo más extremo.
En lo privado reina la anarquía siempre que no moleste, la idea de lo colectivo
no encuentra donde crecer. Veo las montañas de plástico que se tiran cada día,
platos, vasos y cubiertos y pienso en bombas cayendo en un lejano desierto. En
el vestíbulo se puede pasar un rato agradable de espera, comprobando un gusto
exquisito por las imitaciones.
Nuestros días son de largas caminatas por las calles y
avenidas, desde nuestro nirvana de Queens tenemos dos opciones para coger el
metro hacia Manhattan, la estación de Queensbridge
cerca del hotel pero con menos conexiones y otra más lejos, Queensboro Plaza, desde donde viajamos
directamente a la Quinta Avenida. Tenemos que exprimir el tiempo y no hay
parada más que para lo imprescindible, mientras yo fantaseo con esos viajeros
que pasan largas horas encerrados en su habitación de hotel en ciudades
extrañas, decantando sobre un cuaderno o un teclado las emociones vividas. Yo
llego al hotel ya de noche y solo soy capaz de escribir unas líneas, cuando no
es el sueño del cansancio el que nos atrapa antes. A veces, tan lejos y tan
cerca, tenemos nuestros momentos de rápido amor.
Nuestra primera salida a la superficie en Manhattan desde el
metro nos hace levantar las cabezas para admirar los rascacielos. Estamos en
Times Square, el río del mundo. Una muñeca rusa repleta de copias, con todos
los colores y lenguas. En las fachadas parpadean los letreros luminosos que reclaman
atención y distraen de las esquinas donde los pobres ocultan su miseria. No hay
alarde en la pobreza ni en la opulencia, hay como una normalidad en la que cada
cual acepta su lugar en el mundo, en el vasto río. Yo pensaba en extensiones enormes
y sin embargo hay como una medida humana, de manera que es fácil habituarse y
poco a poco la ciudad se va haciendo tan familiar como nos lo parecía en el
cine.
Los dos primeros días cogemos un bus turístico para adquirir
nuestras primeras impresiones de la ciudad. Desde Times Square descendemos las
avenidas hacia el Downtown y el puente de Brooklyn, y lo cruzamos entero con la
idea de volver pero no sabíamos que esa iba a ser la única vez que lo haríamos.
Los lugares que nunca vuelves a ver te dejan una cuenta pendiente, como una
relación dejada a cajas destempladas, pero no fue el caso con el puente de
Brooklyn que se convirtió nuestros días en Nueva York en un centro de atracción
al que volvíamos una y otra vez y alrededor del que exploramos el sur de
Manhattan. El torrente humano de Times Square, encerrado entre los altos
rascacielos, se convierte aquí en otro tipo de río que se mezcla con el mar y
te da otra dimensión de Nueva York, desde el borde, viendo su perfil, que se
convierte en mítico si consigues superponerle el escorzo de un trozo del puente
de Brooklyn.
Antes de cruzar el puente estuvimos un rato los niños y yo
mirando la actuación de unos acróbatas negros, y claro, me tocó, cuando
reclamaron la participación del público ví cómo un negrazo me hacía gestos y allá
voy, en una fila de hombres que hablábamos seis o siete lenguas en medio de la
plaza, y una chica al extremo de la fila. Nos ordenaron por altura y el reto
consistía en que otro atleta saltase por encima de todos nosotros, a mí me tocó
junto a la chica, el españolito más bajo junto a un portugués y un chino. Menos
mal que después de unas cuantas chanzas que solo entendí a medias me eliminaron
del juego, por no haber sido a su juicio suficientemente generoso. Yo ya me
sentía de sobras cobrado así que no lo tomé a mal. Pudimos irnos de allí y
pasar al otro lado, en Brooklyn, donde comimos en una animadísima Street Pizza
y después regresamos en el subway.
Aquella parte de la ciudad nos regalaba otro Nueva York, con la presencia
poderosa del mar. Todavía habíamos de volver a Brooklyn una vez más, al barrio
judío de Williamsburg. Lástima que era un sábado y los comercios estaban
cerrados, aun así era como espiar otro mundo. Fuera del tiempo y la velocidad.
Igual que los colores de la piel negra y los olores de las especias de oriente,
aquellos niños con tirabuzones quedaron a fuego en nuestra escenografía de
Nueva York.
Una de las excursiones nos lleva a la Zona Cero. Destaca desde lejos un edificio de Calatrava con
forma de águila desplegada que sirve como intercambiador de transportes, allí
cerca se abren en el suelo dos inmensos huecos en el lugar que ocupaban las
Torres Gemelas. Hacia dentro los huecos son grandes cascadas de agua que
desaparece hacia lo profundo de la tierra, que parece poder engullirlo todo, y
alrededor, grabados en el metal, se pueden leer los nombres de todos los que
murieron allí. El lugar sobrecoge. Poco más puede hacer uno que acodarse hacia
el agua que cae y fundirse con el silencio del abismo de agua. Pensar en lo que
pudo haber sido la catástrofe, en los días, semanas y meses que el polvo
continuaba flotando en el aire e impregnándolo todo del recuerdo de la muerte.
Perdidos por el Midtown West acabamos cerca de la estación de
Port Authority, donde –cuenta Colson Whitehead– “los autobuses parten con
quienes necesitan marcharse y vuelven con recambios desde todos los estados”.
Nuestro paseo acaba con una cena ligera en el Gotham Wes Market, y de nuevo al
metro. En el vagón hay un anuncio de cursos de filosofía sobre la felicidad y,
a su lado, otro donde se ofrece atención a los enganchados a la heroína. Ambos
anuncios resuenan con una complicidad secreta. Todo muy terapéutico, aséptico
en las formas pero dejando entrever un fondo de oscuras perturbaciones que
conviven con la puntualidad variable de los trenes. Quien sabe qué mundos se
esconden en cada pasajero atrapado en su teléfono móvil. El orden normal de las
cosas está lleno de agujeros negros.
Los primeros días en Nueva York cuesta enlazar las imágenes
tan dispares que se suceden como en un caleidoscopio. De la harapienta boca de
metro sales al pie de un rascacielos, entras creyéndote un intruso en las
entrañas del Rockefeller Centre y te sorprendes como un invitado más a la
fiesta, al poco estás al borde de la pista de hielo viendo patinar a tu hijo
como si fuese tu misma vida, con su mezcla de descaro y precaución, pero al
poco comienza a llover y los patinadores se van retirando. Después bajamos por
la Cuarta y atravesamos por la cuarenta
y cinco y ante nosotros aparece Grand
Central Station y pienso en Cary Grant huyendo a las órdenes de Hitchcock.
Los niños se entretienen con el placebo de Appel mientras nos hacemos una
psicofonías. Seguimos nuestros callejeos intermitentes deslumbrados por el
gusto exquisito de los escaparates. De allí a poco, cuando va cayendo la noche,
nos encontramos otra vez ante el skyline
de Manhattan envuelto en las sombras, como un bosque de piedras misteriosas, y
te preguntas cuánta fantasía es precisa para creer lo que ves, qué historias se
esconden entre sus paredes metálicas, qué nos dicen del cielo al que apuntan.
Voy tan aturdido que de vuelta quiero saltarme la entrada del metro por las
bravas, tropiezo y me veo en el aire haciendo absurdas piruetas, por poco no doy
con la crisma en las barras de acero. Después me compensan las risas de todos a
cuenta de mi torpeza y sobre todo el brillo en sus ojos, esos que tanto nos
alegran, mientras se desternilla y se revuelca también por el suelo.
Estamos en el país de usar y tirar, no pensar mucho en el
mañana, también en el reino del disfraz, de la simulación y la imitación. Es
difícil que entiendan que solo quieres café, con sabor a café y no a cualquier
otra cosa, cómo no elegir lo que quieres a cada momento si el mundo ofrece
posibilidades ilimitadas. El mundo entero está aquí. En la babel de lenguas que
se entienden sin oírse.
Vemos un rato la televisión antes de dormir. Vemos arder Notre Dame. Algo habíamos visto en el teléfono
mientras nos hacíamos un tentempié en Grand
Central Station. Por la noche las noticias se mezclan con anuncios de
publicidad con una obscenidad a la que ya estamos acostumbrados. Estamos en el
reino del entretenimiento, esto es Broadway.
Pues sí, this is Broadway! Una de las mejores cosas que se
pueden hacer en Nueva York es ir a un musical en el Broadway Theatre, y allí vamos, a un estreno que hace gala a la
palabra espectáculo: King Kong. Se
trata de un montaje que te deja boquiabierto. King Kong es un icono de mi
propia infancia. Más o menos a la edad de J. ahora, cuando se hizo el remake
setentero de la mítica historia del gran simio, yo fui un completo fan de King
Kong, y Jessica Lange uno de mis primeros mitos eróticos. Después, nunca
dejaron de interesarme esos seres a la vez tan imponentes y tan frágiles, tan
vulnerables como nosotros pero mucho menos ruines. Así que para mí estar en el Broadway Theatre ante aquella tenebrosa
marioneta articulada de más de mil quilos, movida por un enjambre de bailarines
con la ayuda de sensores de movimiento de alta precisión, era anudar un hilo
entre nosotros que nos permitía estar allí, tan lejos de nuestra casa, y ser
como exploradores y permanecer unidos ante lo que pueda pasar. Por el escenario
desfilaron los salones donde se gestó la historia, la travesía en barco por el
océano, la selva y el retorno a la gran ciudad, con subida al Empire State incluida y el preceptivo
descenso final a los infiernos, todo con su música en vivo y sus rugidos de
terror y enamoramiento. Un festival de sensaciones a partir de una bestia de
acero y carbono, dos horas y media atados a la butaca, con solo un breve
descanso para ir al bar y contemplar las galas de los impacientes por el cóctel
y la prometedora noche.
Nueva York es una ciudad repleta de emblemas del mundo
contemporáneo. No podría entenderse la industria del entretenimiento sin
Broadway, ni la de las finanzas sin Wall Street. Otros dos símbolos mayores que
no pueden dejar de contemplarse en Nueva York son la Estatua de la Libertad y
Central Park. Contemplarlas y vivirlas. Tras una larga espera en los muelles de
Battery Park salimos en el ferry
hacia Liberty Island en un buen día de sol. La travesía te muestra otro perfil
impactante de la ciudad, con la mole del nuevo OneWTC destacando hacia el
centro de la panorámica, y toda esa selva de cemento y acero aparece de pronto
como si fuera un animal marino que se eriza desde las profundidades, donde se
mezclan las aguas que bajan del Hudson y del East. Entonces aparece. El brazo
en alto sosteniendo la antorcha es lo primero que atrae la atención, después su
diadema de rayos, los pliegues de su túnica, su inmenso pedestal. El ferry se
acerca y la rodea, permitiendo observar sus matices y ya aislarla de todo, concentrada
en sí como si estuviera en medio de un océano, ya acoplarla al lejano fondo
urbano de Manhattan, Brooklyn o New Jersey. Nuestro viaje no permite bajarse en
la isla, y al regreso, entre souvenires, bebidas, perritos y música, con un
negro cantarín y chistoso amenizando, se monta casi una fiesta, un remedo de
una sesión de jazz que entretiene el final del trayecto. Falta aún la escena
jocosa del día, eso a lo que inexplicablemente soy tan propicio; cuando voy al
angosto baño del ferry y abro la puerta, una mujer negra allí sentada me grita,
y a su grito sucede el mío y después el coro de la concurrencia, y el colofón
de nuestras interminables risas.
Y Central Park. No se puede ir a Nueva York sin ir al corazón verde donde la
ciudad desaparece o queda relegada a un decorado. Caminos, colinas y lagos de
gusto elegante, el exquisito Paseo del Mall, las bicicletas adelantando a los
coches de caballos, todo hace de Central Park una isla verde en medio de la
isla de Manhattan. Para apreciar el conjunto nada mejor que subir al piso 62
del Rockefeller Centre, adonde vamos
esa tarde, buscando las luces del atardecer. Subimos en un ascensor ultrarápido,
un grupo que se une a otros allá arriba, apartándonos los codos en busca de la
mejor perspectiva de la ciudad. Es tal la feria que consigo perderme sin querer
y encontrarme y volverme a perder, y todos los puntos cardinales de conjuran
para fabricar un efecto del mal de la altura. Menos mal que hay tiendas de
recuerdos donde ver en papel fotos profesionales que te mostrarán la
majestuosidad de la panorámica, lo real siempre está acompañado de su
representación, tan potente que lo destaca y lo mejora. La capacidad de crear
un efecto es tan tentadora que muchos buscan el encuadre solitario en una
ventana, como si fueran los amos del lugar contemplando sus posesiones. Mi
habitación privada con vistas. Un lujo solo al alcance de una imaginación
desbordada.
Además del teatro la vida cultural de Nueva York tiene su otro pilar en los museos. Visitamos
dos de los más populares e imprescindibles (coinciden los dos criterios), el Museo de Historia Natural y el MoMA. El de Natural History (a mí me
gusta llamarlo así, en inglés, aunque también se le llame de Ciencias Naturales)
es inabarcable, para perderse en él y recopilar retazos de la vasta historia de
la humanidad y sus ecosistemas, tanto de la naturaleza como de la cultura, por
eso prefiero esa denominación aunque suene antigua de Historia Natural: los
fósiles, animales extintos como los dinosaurios, todo tipo de faunas, objetos
de los diferentes hábitats, fragmentos de rocas de la luna. Una enciclopedia
del planeta y la diversidad humana.
Del MoMA recordaré las aglomeraciones para contemplar a duras
penas un Van Gogh, y la búsqueda errática de Andy Warhol, como en un laberinto del
que finalmente salimos encontrando solo una pieza menor, casi disimulada al
lado del restaurante. Había un especial de Joan Miró que nos sirvió de
aperitivo a un muestrario de lujo, de Cezanne y Matisse a Picasso, Dalí, Mondrian,
Paul Klee o Duchamp, y los grandes americanos, sobre todo Pollock y un Hooper
que solo vemos de refilón.
Los barrios de Nueva York son mundos que solo se miran de
reojo. Desde el Dowtown hasta el top de la Quinta Avenida, con la catedral de St. Patrick y las avenidas elegantes del
Upper East Side que bordean Central Park, como la Avenida Madison, hay un viaje
con proporciones de historia, un museo viviente de la humanidad que tiende a
mezclarse en el bullicioso Midtown, alrededor de los teatros de Broadway. Entre
ir y venir a veces disfrutamos de los secretos que la ciudad te confía, como el
teleférico de Roosvelt Island o los bajos del hotel Plaza y sus tiendecitas
atentas al detalle.
La despedida tiene sabor a confidencia, con el desfile de
Pascua en la Quinta Avenida. Ahí sí parece vérseles realmente, a los
neoyorquinos, tal como son, cuando se disfrazan. Con sus atuendos preciosistas
y disparatados también ellos tienen su tradición inventada, como todas. Son los
amos de la representación, con excelentes imitaciones de personajes y dominio
de la escena. Y de todas las prendas destaca la estrambótica y colorista
procesión de inusitados sombreros, algo que solo puedes ver ese día, en ese
momento y lugar que permanecerá en nuestros corazones mucho más que en una memoria
poco de fiar. Un gran colofón para el viaje soñado cuyas voces son el eco de
las nuestras, Luci, Luis, Jorge, y mi amor en esta latitud de la vida, mi Paqui
que a todos nos guía.
Nueva York, abril 2019
Lugo, mayo 2019
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