CONTRA EL PENSAMIENTO
ESCOLAR
Ni Darwin era darwinista, ni Maquiavelo maquiavélico ni
Hobbes hobbesiano, del mismo modo que hay motivos para dudar de que hubiera
sido marxista Marx. Grandes autores que desafiaron convenciones consideradas
obvias, como la inferioridad racial de los pueblos nativos, las dependencias
teológicas del poder político o el funcionamiento socialmente neutral de la
economía de mercado. Autores que sin embargo se han reconvertido en la historia
del pensamiento en imágenes que los distorsionan e incluso los convierten en
defensores de ideas que nunca tuvieron.
Cuando las políticas neoliberales de detraimiento de lo
público y de la actividad reguladora del Estado en la actividad económica se
denominan darwinistas, no se advierte el significado real de lo que pensaba
Charles Darwin. Tendemos a quedarnos en la superficie engañosa de ideas que prendieron
fácilmente en el imaginario, como la competencia salvaje y la supervivencia de los
más fuertes, que ni siquiera pertenecen a Darwin sino que fueron elaboradas por
Herbert Spencer como parte de un evolucionismo filosófico general, totalmente
ajeno a las pretensiones de Darwin de describir procesos biológicos que ocurren
en la vida de las especies, y no para referirse a la vida social de los
individuos de la especie humana.
Más allá de lo estrictamente biológico, la grandeza de Darwin
no está donde es de esperar cuando se habla de darwinismo aunque se apostille
de social; por el contrario, se muestra en su desacuerdo con los compañeros de
viaje del Beagle, que justificaban la esclavitud por la que consideraban obvia
inferioridad racial de los nativos. La grandeza estaba en desafiar lo obvio, y
sus intuiciones sobre la evolución humana (terreno en el que realmente fue muy
parco) habrían de jugar un papel importante en las disputas americanas sobre el
abolicionismo.
Tampoco podían ser más certeros los consejos de Nicolás
Maquiavelo a Lorenzo de Médicis, ni más aberrante la definición de
"maquiavélico" que da el diccionario como "astuto y
engañoso". La sutileza de su versión moderna de la política quedó asociada
para siempre con aquellos rasgos de carácter que no encajaban en absoluto con
el personaje, y con el tan popular lema "el fin justifica los medios"
que nunca escribió como tal. Con el tiempo y el uso escolar se van formando auténticas
leyendas en las que lo menos relevante es el origen que podría darles
veracidad. Nos atenemos de buena gana a funcionar con clichés, que en todo caso
son útiles para un correcto pensamiento escolar.
La grandeza de Thomas Hobbes tampoco consistía en reutilizar
una frase lapidaria de Plauto ("homo homini lupus") y considerarlo un
abanderado del pesimismo antropológico, sino en desafiar la obviedad que seguía
siendo la dependencia divina del poder político y afirmar la soberanía del
contrato social. Sin embargo, llamamos hobbesiano al absolutismo político, y
así traicionamos las pretensiones originales de lo que fue un espíritu crítico
y libre, y por el contrario damos pie a una interpretación al servicio de los
intereses del intérprete de turno, y convertimos un pensamiento que fue singular
en pensamiento propio de escuela. En general es difícil que los grandes
maestros se recuerden por lo que los hace de verdad memorables. La posteridad
suele ser traicionera, o muchas veces ocurre simplemente que los epígonos no
tienen la altura necesaria. Tiende a imponerse el espíritu de escuela, con las consabidas
disputas entre facciones y la pretensión de detentar la interpretación
correcta, la voluntad de constituir una ortodoxia.
Es algo habitual con los más grandes, y sobre todo con los más
innovadores. Son legión los intérpretes de Platón que dieron forma a lo que se
llamó platonismo, que significaría para siempre algo mucho más metafísico y
menos político de lo que era, más dogmático y menos crítico. Se fundó una
escuela contra la que los tiempos modernos han tenido que hacer enormes
esfuerzos de deconstrucción, como arqueólogos en busca de evidencias de la pureza
original, tan necesaria como difícil de establecer. Pero siempre acaban siendo
falsos los intentos de extrapolar las ideas fuera de sus circunstancias de
origen, como inútil creerse en posesión de recetas mágicas para todo.
El modelo más contundente de esta forma de proceder nos lo dió
la escolástica medieval. Dado un texto sagrado y algunos otros canónicos, la
mayor parte de su producción consistió en comentarios sobre esos textos, y
comentarios sobre otros comentarios, en un bucle que alcanzó niveles muy altos
tanto de sofisticación intelectual como de distanciamiento respecto de
cualquier realidad constatable. Y siempre con el argumento de la autoridad como
criterio superior para resolver el conflicto de interpretaciones.
Los medievales
refinaron al extremo esta manera de proceder, y por extensión consideramos
"escolástica" una actitud similar en cualquier otra circunstancia,
como por ejemplo la que se dió en la tradición marxista-leninista en torno a la
ortodoxia soviética. Que un corpus teórico alcanzara tal grado de
sacralidad todavía me parece uno de los grandes fenómenos intelectuales de los
tiempos modernos, aunque hoy tenemos la perspectiva suficiente para saber que lo
más perdurable de todo eso no fue precisamente lo que permaneció más fiel o se
mostró más inflexible. Las ortodoxias no sobreviven mucho, a no ser que se
conviertan en un fuerte aparato de poder.
No se puede negar
el interés pedagógico de la práctica escolar, del pensamiento escolar. De
hecho, los principales trámites de la educación clásica, las clases
magistrales, las pequeñas tutorías y los grupos reunidos en seminario, son lo
que los medievales denominaron "lectio", "questio" y
"disputatio", y la educación on line na ha ido aún mucho más allá,
siguen siendo el fondo de toda educación.
La fusión de
práctica pedagógica y pensamiento creativo es un privilegio que sólo está al
alcance de los grandes maestros, esos que al estilo de Hegel arrastraron a los
alumnos hasta dejar vacías las aulas de sus colegas. Pero todo profesor
sabe que reproducir y crear son cosas distintas, y que los mejores alumnos son
los que cuestionan el saber recibido.
Los mejores
maestros son los que nos animan a seguir un camino propio, no los que exigen
obediencia. Algunos, como Nietzsche, son imposibles de reproducir,
refractarios al espíritu de escuela, aunque eso no les reste
influencia. Hay toda una pléyade de nietzscheanos que no es que disputaran
los matices de la interpretación textual sino que tenían diferencias realmente
drásticas, por lo que anarquistas, fascistas, apolíticos, posmodernistas,
hermenéuticos o estetas parecen convocados por un lema como "¡Nietzscheanos
del mundo, dividíos!"
El pensamiento
escolar es útil pero empobrecedor, más propio de la corrección (política)
académica que de la creación intelectual. Le gustan las etiquetas que
identifican, obviando que están expuestas a una historiografía tramposa. Ni
los cínicos eran cínicos ni los estoicos imperturbables ni los racionalistas
enemigos de la metafísica. Un autor como Wittgenstein a menudo se
considera un ejemplo de neopositivismo cuando fue uno de los primeros en
abjurar de sus postulados. Y pensadores religiosos como Guillermo de Ockham
que en el fondo eran unos perfectos ateos. No es fácil hacer
identificaciones históricas inequívocas. Por eso los contextos son tan
importantes.
Y los matices,
como los necesarios para hablar de Dios un ateo o para expresar sus dudas un
creyente. "Horda insensible a los matices", como decía Vladimir
Nabokov. Para aspirar a un pensamiento relevante hay que desviarse de la
línea que marcan los sacerdotes del rigor, sacudirse el celo despiadado del que
hacen gala los comisarios, y ser como el átomo que se aparta de su caída
inexorable en la física del poeta Lucrecio, otro de los inclasificables, como
Nietzsche. Los mejores maestros son imposibles de secundar. Solo se
repiten como una parodia de lo que fueron, mayormente unos solitarios.
Pero más que
independencia, el público espera consignas claras y contundentes para sentirse
identificado y, sobre todo en momentos adversos como estos, mira con recelo a
los que no les gusta llevar banderas, los que solo pretenden hablar por sí
mismos.
Setembro 2020
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