martes, 1 de septiembre de 2020

CONTRA EL PENSAMIENTO ESCOLAR

 

CONTRA EL PENSAMIENTO ESCOLAR

Ni Darwin era darwinista, ni Maquiavelo maquiavélico ni Hobbes hobbesiano, del mismo modo que hay motivos para dudar de que hubiera sido marxista Marx. Grandes autores que desafiaron convenciones consideradas obvias, como la inferioridad racial de los pueblos nativos, las dependencias teológicas del poder político o el funcionamiento socialmente neutral de la economía de mercado. Autores que sin embargo se han reconvertido en la historia del pensamiento en imágenes que los distorsionan e incluso los convierten en defensores de ideas que nunca tuvieron.

Cuando las políticas neoliberales de detraimiento de lo público y de la actividad reguladora del Estado en la actividad económica se denominan darwinistas, no se advierte el significado real de lo que pensaba Charles Darwin. Tendemos a quedarnos en la superficie engañosa de ideas que prendieron fácilmente en el imaginario, como la competencia salvaje y la supervivencia de los más fuertes, que ni siquiera pertenecen a Darwin sino que fueron elaboradas por Herbert Spencer como parte de un evolucionismo filosófico general, totalmente ajeno a las pretensiones de Darwin de describir procesos biológicos que ocurren en la vida de las especies, y no para referirse a la vida social de los individuos de la especie humana.

Más allá de lo estrictamente biológico, la grandeza de Darwin no está donde es de esperar cuando se habla de darwinismo aunque se apostille de social; por el contrario, se muestra en su desacuerdo con los compañeros de viaje del Beagle, que justificaban la esclavitud por la que consideraban obvia inferioridad racial de los nativos. La grandeza estaba en desafiar lo obvio, y sus intuiciones sobre la evolución humana (terreno en el que realmente fue muy parco) habrían de jugar un papel importante en las disputas americanas sobre el abolicionismo.

Tampoco podían ser más certeros los consejos de Nicolás Maquiavelo a Lorenzo de Médicis, ni más aberrante la definición de "maquiavélico" que da el diccionario como "astuto y engañoso". La sutileza de su versión moderna de la política quedó asociada para siempre con aquellos rasgos de carácter que no encajaban en absoluto con el personaje, y con el tan popular lema "el fin justifica los medios" que nunca escribió como tal. Con el tiempo y el uso escolar se van formando auténticas leyendas en las que lo menos relevante es el origen que podría darles veracidad. Nos atenemos de buena gana a funcionar con clichés, que en todo caso son útiles para un correcto pensamiento escolar.

La grandeza de Thomas Hobbes tampoco consistía en reutilizar una frase lapidaria de Plauto ("homo homini lupus") y considerarlo un abanderado del pesimismo antropológico, sino en desafiar la obviedad que seguía siendo la dependencia divina del poder político y afirmar la soberanía del contrato social. Sin embargo, llamamos hobbesiano al absolutismo político, y así traicionamos las pretensiones originales de lo que fue un espíritu crítico y libre, y por el contrario damos pie a una interpretación al servicio de los intereses del intérprete de turno, y convertimos un pensamiento que fue singular en pensamiento propio de escuela. En general es difícil que los grandes maestros se recuerden por lo que los hace de verdad memorables. La posteridad suele ser traicionera, o muchas veces ocurre simplemente que los epígonos no tienen la altura necesaria. Tiende a imponerse el espíritu de escuela, con las consabidas disputas entre facciones y la pretensión de detentar la interpretación correcta, la voluntad de constituir una ortodoxia.

Es algo habitual con los más grandes, y sobre todo con los más innovadores. Son legión los intérpretes de Platón que dieron forma a lo que se llamó platonismo, que significaría para siempre algo mucho más metafísico y menos político de lo que era, más dogmático y menos crítico. Se fundó una escuela contra la que los tiempos modernos han tenido que hacer enormes esfuerzos de deconstrucción, como arqueólogos en busca de evidencias de la pureza original, tan necesaria como difícil de establecer. Pero siempre acaban siendo falsos los intentos de extrapolar las ideas fuera de sus circunstancias de origen, como inútil creerse en posesión de recetas mágicas para todo.

El modelo más contundente de esta forma de proceder nos lo dió la escolástica medieval. Dado un texto sagrado y algunos otros canónicos, la mayor parte de su producción consistió en comentarios sobre esos textos, y comentarios sobre otros comentarios, en un bucle que alcanzó niveles muy altos tanto de sofisticación intelectual como de distanciamiento respecto de cualquier realidad constatable. Y siempre con el argumento de la autoridad como criterio superior para resolver el conflicto de interpretaciones.

Los medievales refinaron al extremo esta manera de proceder, y por extensión consideramos "escolástica" una actitud similar en cualquier otra circunstancia, como por ejemplo la que se dió en la tradición marxista-leninista en torno a la ortodoxia soviética. Que un corpus teórico alcanzara tal grado de sacralidad todavía me parece uno de los grandes fenómenos intelectuales de los tiempos modernos, aunque hoy tenemos la perspectiva suficiente para saber que lo más perdurable de todo eso no fue precisamente lo que permaneció más fiel o se mostró más inflexible. Las ortodoxias no sobreviven mucho, a no ser que se conviertan en un fuerte aparato de poder.

No se puede negar el interés pedagógico de la práctica escolar, del pensamiento escolar. De hecho, los principales trámites de la educación clásica, las clases magistrales, las pequeñas tutorías y los grupos reunidos en seminario, son lo que los medievales denominaron "lectio", "questio" y "disputatio", y la educación on line na ha ido aún mucho más allá, siguen siendo el fondo de toda educación.

La fusión de práctica pedagógica y pensamiento creativo es un privilegio que sólo está al alcance de los grandes maestros, esos que al estilo de Hegel arrastraron a los alumnos hasta dejar vacías las aulas de sus colegas. Pero todo profesor sabe que reproducir y crear son cosas distintas, y que los mejores alumnos son los que cuestionan el saber recibido.

Los mejores maestros son los que nos animan a seguir un camino propio, no los que exigen obediencia. Algunos, como Nietzsche, son imposibles de reproducir, refractarios al espíritu de escuela, aunque eso no les reste influencia. Hay toda una pléyade de nietzscheanos que no es que disputaran los matices de la interpretación textual sino que tenían diferencias realmente drásticas, por lo que anarquistas, fascistas, apolíticos, posmodernistas, hermenéuticos o estetas parecen convocados por un lema como "¡Nietzscheanos del mundo, dividíos!" 

El pensamiento escolar es útil pero empobrecedor, más propio de la corrección (política) académica que de la creación intelectual. Le gustan las etiquetas que identifican, obviando que están expuestas a una historiografía tramposa. Ni los cínicos eran cínicos ni los estoicos imperturbables ni los racionalistas enemigos de la metafísica. Un autor como Wittgenstein a menudo se considera un ejemplo de neopositivismo cuando fue uno de los primeros en abjurar de sus postulados. Y pensadores religiosos como Guillermo de Ockham que en el fondo eran unos perfectos ateos. No es fácil hacer identificaciones históricas inequívocas. Por eso los contextos son tan importantes. 

Y los matices, como los necesarios para hablar de Dios un ateo o para expresar sus dudas un creyente. "Horda insensible a los matices", como decía Vladimir Nabokov. Para aspirar a un pensamiento relevante hay que desviarse de la línea que marcan los sacerdotes del rigor, sacudirse el celo despiadado del que hacen gala los comisarios, y ser como el átomo que se aparta de su caída inexorable en la física del poeta Lucrecio, otro de los inclasificables, como Nietzsche. Los mejores maestros son imposibles de secundar. Solo se repiten como una parodia de lo que fueron, mayormente unos solitarios. 

Pero más que independencia, el público espera consignas claras y contundentes para sentirse identificado y, sobre todo en momentos adversos como estos, mira con recelo a los que no les gusta llevar banderas, los que solo pretenden hablar por sí mismos.

 

Setembro 2020

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL ESCRIBA DE LA DEMOCRACIA

  El pasado 14 de marzo fallecía Jürgen Habermas a los 96 años, la figura más importante del panorama filosófico   de las últimas seis décad...