POLÍTICAS DE LA INMUNIDAD
Nuevo artículo publicado en El Progreso el 10/X/2020.Otro más sobre la pandemia:
"Políticas de la inmunidad"
Después de siete meses de pandemia, la curuxa a la que hacemos honor en esta sección ya puede levantar su vuelo vespertino e ir dejando algún concepto para la reflexión. Que el mundo no es un sistema cerrado y previsible ya lo sabíamos, y que nuestro conocimiento forma una pequeña luz en un mar de incertidumbres. Si ya antes se trataba de un diagnóstico plausible, válido para el mundo a pesar de sus leyes físicas, lo es mucho más para las sociedades, afectas de suyo a lo complejo e imprevisible. Ahora, con la pandemia, todos los ámbitos de nuestra vida están mediatizados por un proceso sobre el que poseemos escaso control, y la incertidumbre se vuelve una condición de existencia, casi una descripción del estado de las cosas. El virus coloniza lo real, y es como si revelase algunas verdades incómodas que antes solo sospechábamos.
Una de ellas es que el peligro en realidad somos nosotros, los anfitriones del virus, los
medios privilegiados para su subsistencia y propagación. El virus sigue la
misma lógica comunitaria que seguimos los humanos, por eso solo podemos
combatirlo debilitándonos a nosotros mismos, poniendo la distancia que atenúa los
contactos y debilita nuestra sociabilidad. En el horizonte aparece una sociedad
más atomizada, que contrasta con la concentración del poder y el dinero en
núcleos más potentes y escasos.
Otra verdad incómoda atañe a nuestro modo de vida depredador,
que incrementa el peligro que suponemos, también para nosotros mismos. El
fenómeno del contagio nos sitúa ante un dilema funesto, entre la paranoia y la
irresponsabilidad. La experiencia del confinamiento nos ha mostrado que el
decrecimiento es posible, pero a un precio catastrófico para nuestro modo de
vida.
A la lógica de la extensión viral se superpone la de la
inmunidad que buscamos. Roberto Expósito ha defendido hace tiempo la naturaleza
inmunitaria de las sociedades modernas, contrapuesta a la idea de comunidad. Según
su análisis, inmune es quien no le debe nada a nadie, el que está exento de la obligación
de lo común. Esa era una dispensa de la que antes gozaban los soberanos, pero
en las sociedades del individuo y el mercado es una prerrogativa que se
extiende a todo el cuerpo social, hasta el punto de que la seguridad del
individuo, su inmunidad, se convierte desde Hobbes en el objetivo principal del
Estado. La política ya no está para el mejor gobierno de la república, al modo
de la excelencia que cultivaban los antiguos, sino para la conservación de la
vida en su materialidad biológica. Política y vida biológica se vuelven
inseparables, la política se convierte en biopolítica, y esta es necropolítica,
porque vida y muerte no pueden desenredarse. De ahí también que tantos
fenómenos vitales sean vistos como patologías que deben medicalizarse.
Igual que buscamos una vacuna que nos proteja de los
patógenos, buscamos limitar y controlar el poder para protegernos de su
desmesura y someterlo a los intereses de nuestra conservación. El contrato social
sería esa vacuna que nos inocula algo del peligro que combatimos, que encauzamos
en leyes, instituciones y autoridades, igual que firmamos pólizas y contratamos
seguros para someter lo inclemente de la existencia, hasta que un día
descubrimos que estamos expuestos a un poder que nos supera, y nos descubrimos
vulnerables y dependientes en una medida inesperada.
Y luego está ese fascinante concepto epidemiológico de la
inmunidad de grupo, que nos pone ante un vínculo mucho más estrecho entre
individuo y comunidad de lo que sugería la contraposición comentada del
filósofo italiano. Dando por descontada la dificultad de establecer ese umbral
inmunitario, que es uno de los grandes enigmas de la pandemia ya que implica
una compleja combinación de cálculo matemático y distribución demográfica,
pensemos que alcanzarlo resulta de un fracaso en la contención del virus tras
el cual, sin embargo, va desapareciendo la ocasión propicia para su
propagación. Una gran tentación para los políticos que tienen que tomar las
decisiones, pero a un precio demasiado alto en términos de vidas humanas. Por
eso los que como Boris Johnson adoptaron en principio la idea enseguida
recularon alarmados, aunque quizá solo fuese porque el virus acabó
contagiándolo. Otros como Donald Trump se muestran sin embargo mucho más
contumaces, con las poblaciones tomadas como objeto de experimentos de resultados
inciertos. Mientras aquí seguimos a nuestros líos, con la política nublándolo
todo.
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