sábado, 20 de agosto de 2022

NO SOMOS UNA TEORÍA

 

“No somos una teoría, somos personas”. Sin entrar en abstrusos debates que dividen al movimiento feminista ni considerar de recibo el activismo del boicoteo y el escrache que se da desde actitudes radicalizadas, esa frase, utilizada como defensa y reivindicación del movimiento trans, señala algo muy básico que casi da apuro tener que destacar: ¿cómo se puede admitir el rechazo a una ampliación de derechos por parte de quien no puede o no quiere ejercerlos? El asunto me hace pensar en debates recurrentes que se han dado en épocas diferentes, desde el divorcio y los anticonceptivos hasta el aborto o el matrimonio homosexual, siempre hay quien quiere denegar aspiraciones de colectivos ajenos que en realidad no solo reclaman derechos propios sino que apuntan a ampliar la idea misma de ciudadanía.

Efectivamente los transexuales son personas antes que cualquier otra cosa, condición que ha costado mucho, históricamente, ir construyendo para incluir a negros, mujeres o gente humilde obligada a trabajar servilmente para sobrevivir, traspasando fronteras sociales, de raza o de género.

Ahora sabemos que la idea de un sujeto universal respondía a condicionantes raciales y culturales occidentales, que fue una idea patriarcal, misógina y homófoba, hondamente arraigada en el dualismo jerárquico (mente y materia, cultura y naturaleza, actividad y pasividad), trasunto del mismo binarismo en lo sexual. La dualidad sexual no es más que un mecanismo reproductor, pero la sexualidad humana es mucho más, incluye siempre un formateo cultural, una construcción de género (que puede atenerse o no al dualismo dominante en la esfera cultural) y un cúmulo de experiencias vividas por una persona y procesadas por su particular subjetividad. La identidad no viene dada por la biología y ni siquiera por la cultura (o la raza, clase, etc., aunque tenga que ver con todo ello); la identidad es ante todo biografía, hecha de múltiples tramas y capaz de adoptar diversos roles. 

La idea sesgada de lo universal no tiene ya suficiente crédito, confrontada al empuje de la diversidad en todos sus frentes, pero eso no significa que la  universalidad no deba ser construida, tanto en lo extenso (ampliando todo tipo de variantes) como en lo intenso (incluyéndolas en un horizonte común). Lo universal y común es así un horizonte, no se da por supuesto (como hace la perspectiva sesgada) ni se alcanza excluyendo identidades que no se comparten ni restringiendo aspiraciones y derechos.

“No somos una teoría, somos diversidad”, reza otra variante del lema trans, diversidad que no se deja atrapar por las imposiciones de un sujeto normativo, sea masculino o femenino. Utilizamos valores binarios para hablar de realidades que no lo son; somos personas diversas, las mujeres y los hombres. Pero es que además la teoría existe en el propio feminismo, múltiples modelos que ponen en cuestión la existencia de una identidad sexo/género común a todas las mujeres (y hombres), y cuestionan los marcos teóricos anclados en el patriarcado, la jerarquía racial y el dominio de clase; un feminismo construido en la praxis, más ocupado en disolver fronteras que en trazarlas.

En un contexto de regresión moral como el que se avecina (con el Tribunal Supremo de EE UU como síntoma), y con los problemas de violencia creciente contra colectivos ya tradicionalmente marginados, me parece hasta inmoral cuestionar la legitimidad de sus derechos para apuntalar un sujeto de resistencia supuestamente amenazado. Las amenazas vienen de otro lado, del regreso de pulsiones autoritarias que contagian su puritanismo en todo el espectro político, y la lucha sigue estando donde estaba, en la vieja obsesión por el control de los cuerpos (en especial de las mujeres).   

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