“No somos
una teoría, somos personas”. Sin entrar en abstrusos debates que dividen al
movimiento feminista ni considerar de recibo el activismo del boicoteo y el
escrache que se da desde actitudes radicalizadas, esa frase, utilizada como
defensa y reivindicación del movimiento trans, señala algo muy básico que casi
da apuro tener que destacar: ¿cómo se puede admitir el rechazo a una ampliación
de derechos por parte de quien no puede o no quiere ejercerlos? El asunto me
hace pensar en debates recurrentes que se han dado en épocas diferentes, desde
el divorcio y los anticonceptivos hasta el aborto o el matrimonio homosexual,
siempre hay quien quiere denegar aspiraciones de colectivos ajenos que en
realidad no solo reclaman derechos propios sino que apuntan a ampliar la idea
misma de ciudadanía.
Efectivamente
los transexuales son personas antes que cualquier otra cosa, condición que ha
costado mucho, históricamente, ir construyendo para incluir a negros, mujeres o
gente humilde obligada a trabajar servilmente para sobrevivir, traspasando
fronteras sociales, de raza o de género.
Ahora
sabemos que la idea de un sujeto universal respondía a condicionantes raciales
y culturales occidentales, que fue una idea patriarcal, misógina y homófoba,
hondamente arraigada en el dualismo jerárquico (mente y materia, cultura y
naturaleza, actividad y pasividad), trasunto del mismo binarismo en lo sexual. La
dualidad sexual no es más que un mecanismo reproductor, pero la sexualidad
humana es mucho más, incluye siempre un formateo cultural, una construcción de
género (que puede atenerse o no al dualismo dominante en la esfera cultural) y
un cúmulo de experiencias vividas por una persona y procesadas por su
particular subjetividad. La identidad no viene dada por la biología y ni siquiera
por la cultura (o la raza, clase, etc., aunque tenga que ver con todo ello); la
identidad es ante todo biografía, hecha de múltiples tramas y capaz de adoptar
diversos roles.
La idea
sesgada de lo universal no tiene ya suficiente crédito, confrontada al empuje
de la diversidad en todos sus frentes, pero eso no significa que la universalidad no deba ser construida, tanto
en lo extenso (ampliando todo tipo de variantes) como en lo intenso
(incluyéndolas en un horizonte común). Lo universal y común es así un
horizonte, no se da por supuesto (como hace la perspectiva sesgada) ni se
alcanza excluyendo identidades que no se comparten ni restringiendo
aspiraciones y derechos.
“No somos
una teoría, somos diversidad”, reza otra variante del lema trans, diversidad
que no se deja atrapar por las imposiciones de un sujeto normativo, sea
masculino o femenino. Utilizamos valores binarios para hablar de realidades que
no lo son; somos personas diversas, las mujeres y los hombres. Pero es que
además la teoría existe en el propio feminismo, múltiples modelos que ponen en
cuestión la existencia de una identidad sexo/género común a todas las mujeres
(y hombres), y cuestionan los marcos teóricos anclados en el patriarcado, la
jerarquía racial y el dominio de clase; un feminismo construido en la praxis,
más ocupado en disolver fronteras que en trazarlas.
En un
contexto de regresión moral como el que se avecina (con el Tribunal Supremo de
EE UU como síntoma), y con los problemas de violencia creciente contra
colectivos ya tradicionalmente marginados, me parece hasta inmoral cuestionar
la legitimidad de sus derechos para apuntalar un sujeto de resistencia
supuestamente amenazado. Las amenazas vienen de otro lado, del regreso de
pulsiones autoritarias que contagian su puritanismo en todo el espectro político,
y la lucha sigue estando donde estaba, en la vieja obsesión por el control de
los cuerpos (en especial de las mujeres).
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