Suena casi cómico lo de “policía de la moral”, si no fuese
siniestro. Brigadas que vigilan el ajuste correcto del velo en las mujeres
iraníes, según una interpretación rigorista de la sharía al albur del brigadista de turno. Hace poco veía en el cine la
excelente “Modelo 77”, que hace sufrir al espectador la arbitrariedad de lo que
en plena transición era todavía nuestra “Brigada político-social”. Sin las
garantías de un Estado de derecho la idea de seguridad es un triste eufemismo, el
triste disfraz de la impunidad del poder.
Pese a ser legítimas las críticas a las insuficiencias de los
sistemas democráticos, y a ser real el vaciamiento de la ciudadanía en los años
y décadas recientes (un proceso histórico bien complejo que no pretendo
analizar aquí), siguen siendo mundos conceptualmente muy diferentes las
sociedades ancladas a valores comunitarios y jerárquicos, y las que han
desarrollado más una cierta idea de individuo que disuelve las jerarquías
tradicionales y promueven una cierta idea de “igualdad”. Sociedades (que hace
años llamaríamos occidentales pero que hoy son más ubicuas y transversales) que
han articulado mecanismos para promover la neutralidad moral de los Estados.
Lo opuesto a la “policía de la moral” es el pluralismo, un
modo preferible de vida, entendido esto como una preferencia racional. Allá
cada cual con su insobornable rigor moral a la hora de practicar unas u otras
costumbres, siempre que la moral pública sea pluralista y respetuosa con las
diferencias que no alteran la paz social. Puro sentido común que no es
propiedad de ninguna cultura en particular sino propio de mujeres y hombres de
todas partes. Y a quien nos hable de la superioridad de una cultura (la
nuestra, como para otros será la suya) decirle “¡es el poder, estúpido!”, el
que nos sitúa en un lugar u otro de una estructura que constituida por
diferencias de género, de etnia, de clase, vectores determinantes en todo
tiempo y lugar.
La moral procede del ámbito de los usos sociales que pasan a
formar parte de la esfera individual, y su regulación pública ha sido un
instrumento (feroz y eficaz) de dominio de los individuos, en especial de las
mujeres, para atraparlas desde lo interior de sus conciencias hasta la
exterioridad de las costumbres (indumentarias, alimenticias...). La historia de
la humanidad está plagada de una obsesión enfermiza por el control de las
mujeres, sus cuerpos y su presencia, práctica común en culturas tradicionales (para
proteger sus vínculos jerárquicos y autoafirmarse) contra la cual la lucha de
las mujeres por la igualdad sigue la senda del pluralismo, igual da si contra
el dominio de género en regímenes despóticos o contra los privilegios de género,
menos feroces pero todavía eficaces, en países de nuestro entorno. Es la “Internacional” transformadora más
efectiva del último siglo.
Así que bienvenido el gesto de las mujeres iraníes que se
atreven a desvelarse y profundo respeto por una lucha que desafía a un régimen
autocrático, patriarcal y corrupto, incluso mi complacencia con la solidaridad ostentosa
de los mechones cortados ante una cámara para excitar a las redes. Tanto como mi
indignación por el trato que reciben las mujeres en Afganistán y el olvido que
practicamos desde la atalaya de un mundo “libre” que repliega el pluralismo.
Quizá porque no se resigna a ser una nueva periferia –ventaja de Galicia en un
escenario que conocemos bien–.
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