PAZ DE LOS CEMENTERIOS
“¡Histórico!
¡Épico!”, así celebró el negociador ruso Kyrill Dmítriev el principio de
acuerdo para una tregua limitada en Ucrania, “bajo el liderazgo del presidente
Putin y del presidente Trump”, afirmó tras la conversación telefónica entre
ambos, “el mundo se ha vuelto un sitio mucho más seguro hoy”. Ojalá sea así, sobre
todo por los ucranios que viven bajo riesgo de ataques. Una tregua para
progresar a un alto el fuego que más tarde llevaría a la paz definitiva, dicen.
A juzgar por
cómo se rearma Europa, bien podría ser la paz de los cementerios que evocaba Kant
al inicio de su obra “La paz perpetua”. El título, aclara, procede de un
grabado satírico contemplado en casa de un hostelero holandés, en el que la
leyenda, la paz perpetua, acompañaba al dibujo de un cementerio, y él se
pregunta: “¿está dedicado a todos los hombres en general, o de manera especial
a los gobernantes, nunca hartos de guerra, o bien quizá solo a los filósofos,
entretenidos en soñar el dulce sueño de la paz?”
Kant
concluía su interrogante con un “quédese sin respuesta la pregunta”, y en el
aire quedaría hasta que comenzó a ser respondida siglo y medio más tarde, al fundarse
la ONU. Pero Occidente no se limitó a esperar, sino que se impuso la tarea de
civilizar a los salvajes y darle cancha a una mística de la violencia para la
que los períodos de paz, como decía Hegel, no pasan de ser páginas en blanco en
el libro de la Historia. Como a otros ilustrados, a Kant hay que reconocerle mayor
cautela de la que mostraron los intrépidos voceros de Occidente que menudearon después,
desde el positivismo y el colonialismo hasta Mark Rutte.
En 1932
Einstein le propuso a Freud confrontar opiniones sobre la guerra. Desde su
voluntarismo por la paz, Einstein apostaba por la reglamentación jurídica
supranacional (y ahí de Kant a la ONU), pero Freud, desde una mirada más
escéptica, le recuerda que el derecho se funda en la violencia y que la
violencia siempre reaparece en el derecho. No hay eros sin tánatos, ni pertenencia
sin exclusión. Por eso la guerra no puede resolverse solo con el derecho, la
educación o el incremento de las relaciones comerciales, al estilo de los
clásicos del liberalismo. Lo que nos queda es la idea que parecen estar
enarbolando los líderes del rearme europeo: solo la guerra es antídoto de la
guerra, “si vis pacem…”, decían los romanos. El remedio es el propio veneno,
los griegos lo llamaban “pharmakon”.
Para Freud
no queda otra que la moderación de los impulsos autodestructivos, pero eso no
parece casar con el talante de los dos pacificadores en jefe. Puede incluso que
en su megalomanía Trump crea estar defendiendo al verdadero Occidente, frente
al europeo (y de la mitad de su propio país), degenerado por el virus de la
diversidad y el coste de los sistemas de protección social. Un neo-Occidente
que se lanza al transhumanismo y la
conquista del espacio mientras se apresta a resistir aquí a las
potencias rivales; sobre todo una China que puede ser imparable si tiene a
Rusia de su mano, por eso es estratégica la amistad de conveniencia de Trump con
Putin. Puro cálculo, enfrentado como un juego de suma cero. Y atentos a todos
los BRICs, que no son Occidente ni del nuevo ni del viejo y tiene cada uno su
propia agenda.
Decía Elías
Canetti que cuando las palabras no valen nada y las reglas se usan a capricho,
acaba regresando la violencia. Una parte de las élites occidentales se ha
decidido a dar por terminado el mundo tal como lo conocíamos, mientras la otra
parte contempla estupefacta sin resistirse apenas. Que no extrañe el desafecto
del público, su deserción a los márgenes y su gusto por el entretenimiento, otro “pharmakon” que permite olvidar las perspectivas
sombrías mientras se reparten el mundo.
(Publicado el 23/03/2025)
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