jueves, 23 de septiembre de 2021

SER ANIMALES

 SER ANIMALES

Es difícil no sentirse interpelado por la mirada de un perro, como se dice a veces “solo les falta hablar”. El habla fue siempre la brecha que separa animal y humano, la frontera infranqueable –al precio de una monstruosa hybris– que nos exalta a los humanos a un lugar de privilegio y, al mismo tiempo, nos protege del animal que somos, al que así exorcizamos y sobre el que de paso nos otorgamos derecho para dominar y explotar. Casi siempre nos hemos entendido a nosotros mismos solo desde un lado de la brecha, y tendemos a olvidar que nuestra relación con los animales siempre ha sido una parte determinante de nuestra propia identidad.

Sin llegar a la misantropía del poeta lord Byron (se le atribuye la frase tan repetida, “cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, pero nadie ha conocido a un perro de Byron), sí es cierto que los animales son un espejo en el que mirarse y del que salir menos engreídos. Ni siquiera los excepcionalistas de lo humano pueden obviar nuestra comunidad animal en las necesidades del cuerpo y en pasiones como el miedo, la ira y la sexualidad. Ya Aristóteles incluía en el “alma sensitiva” que según él poseen los animales no solo los sentidos externos sino también imaginación, memoria, apetito, capacidad estimativa y sentido común con el que poder combinar las sensaciones y alcanzar cierta conciencia de sí.

El eminente primatólogo Frans de Waal cuenta de un perro que cojeaba porque su amo se había roto una pierna, como los chimpancés que caminan de manera estrafalaria porque uno de ellos se ha lastimado, o los que confortan con abrazos y acicalamientos a un congénere que ha salido derrotado en una pelea. Hay ahí, además de las cuestiones antropológicas sobre quién tiene mente o sobre quién tiene qué capacidades cognitivas y sociales, una cuestión moral: ¿deben preocuparnos los animales?

Los animales son “buenos para pensar” (como decía Lèvi-Strauss de los alimentos) porque señalan la ampliación del horizonte moral que ha perseguido una parte del pensamiento contemporáneo, desde el ya clásico “Liberación animal” del australiano Peter Singer (1975), que enlaza al animalismo con otras ampliaciones del horizonte moral como el poscolonialsmo, los discursos queer o el pensamiento ecologista y biocultural en general, a veces con discrepancias de enfoque entre los que destacan la comunidad animal o bien el conjunto de la naturaleza.

Singer abanderó la extensión de los derechos humanos a los grandes simios y así ensanchó la discusión sobre la especificidad humana y el alcance de la propia expresión, derechos “humanos”. No deberíamos considerar los conceptos como jaulas cerradas. Más allá de un debate inacabable sobre el origen, animal o no, de la moral humana, el mérito del animalismo está en haber puesto sobre la mesa la expresión “derechos de los animales”, que solo pueden ser reconocidos, instituidos o debatidos por seres humanos, por eso son nuestra responsabilidad.

De ahí el reconocimiento cada vez mayor de la necesidad de una “ética animal” que tiene en su base la capacidad de “sintiencia”, término que adapta la idea aristotélica al estado actual del conocimiento de la conducta de los animales y a las evidencias fisiológicas y evolutivas de la capacidad de sentir, en el centro de la cual está el sufrimiento, junto con sus paliativos, que podemos llamar placer.

Los animales deben preocuparnos porque son seres sintientes, y porque de nuestra relación con ellos depende nuestro autoconcepto. Así como la idea excepcionalista (especismo) ha servido para justificar toda clase de discriminaciones y genocidios, la idea animalista sirve para proscribir no solo el trato degradante a los animales sino todo tipo de tratos inhumanos dentro de nuestra especie, además de regular nuestra relación con los animales en el mundo natural, con los animales que utilizamos como alimento o material de investigación, y también con las mascotas.

Las mascotas ocupan un lugar paradójico en la experiencia humana: las hemos humanizado a nuestro gusto, con un impulso que es el mismo que nos deshumaniza, y por eso las enjaulamos, condenamos a la soledad y a la falta de experiencias sexuales o simplemente abandonamos. Caemos en un olvido esencial, el de la historia de nuestras adaptaciones mutuas con su potencial terapéutico, el diálogo silencioso que refleja en otros ojos y otra mente nuestros miedos, nuestras carencias y anhelos, y que sirve tantas veces para alivio de la soledad.

 

Xullo 2021

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