SER ANIMALES
Es difícil no sentirse interpelado por la mirada de un perro, como se dice a veces “solo les falta hablar”. El habla fue siempre la brecha que separa animal y humano, la frontera infranqueable –al precio de una monstruosa hybris– que nos exalta a los humanos a un lugar de privilegio y, al mismo tiempo, nos protege del animal que somos, al que así exorcizamos y sobre el que de paso nos otorgamos derecho para dominar y explotar. Casi siempre nos hemos entendido a nosotros mismos solo desde un lado de la brecha, y tendemos a olvidar que nuestra relación con los animales siempre ha sido una parte determinante de nuestra propia identidad.
Sin llegar a la misantropía del poeta lord Byron (se le
atribuye la frase tan repetida, “cuanto más conozco a los hombres, más quiero a
mi perro”, pero nadie ha conocido a un perro de Byron), sí es cierto que los
animales son un espejo en el que mirarse y del que salir menos engreídos. Ni
siquiera los excepcionalistas de lo humano pueden obviar nuestra comunidad
animal en las necesidades del cuerpo y en pasiones como el miedo, la ira y la
sexualidad. Ya Aristóteles incluía en el “alma sensitiva” que según él poseen los
animales no solo los sentidos externos sino también imaginación, memoria,
apetito, capacidad estimativa y sentido común con el que poder combinar las
sensaciones y alcanzar cierta conciencia de sí.
El eminente primatólogo Frans de Waal cuenta de un perro que
cojeaba porque su amo se había roto una pierna, como los chimpancés que caminan
de manera estrafalaria porque uno de ellos se ha lastimado, o los que confortan
con abrazos y acicalamientos a un congénere que ha salido derrotado en una
pelea. Hay ahí, además de las cuestiones antropológicas sobre quién tiene mente
o sobre quién tiene qué capacidades cognitivas y sociales, una cuestión moral:
¿deben preocuparnos los animales?
Los animales son “buenos para pensar” (como decía
Lèvi-Strauss de los alimentos) porque señalan la ampliación del horizonte moral
que ha perseguido una parte del pensamiento contemporáneo, desde el ya clásico
“Liberación animal” del australiano Peter Singer (1975), que enlaza al
animalismo con otras ampliaciones del horizonte moral como el poscolonialsmo,
los discursos queer o el pensamiento ecologista y biocultural en general, a
veces con discrepancias de enfoque entre los que destacan la comunidad animal o
bien el conjunto de la naturaleza.
Singer abanderó la extensión de los derechos humanos a los
grandes simios y así ensanchó la discusión sobre la especificidad humana y el
alcance de la propia expresión, derechos “humanos”. No deberíamos considerar
los conceptos como jaulas cerradas. Más allá de un debate inacabable sobre el
origen, animal o no, de la moral humana, el mérito del animalismo está en haber
puesto sobre la mesa la expresión “derechos de los animales”, que solo pueden
ser reconocidos, instituidos o debatidos por seres humanos, por eso son nuestra
responsabilidad.
De ahí el reconocimiento cada vez mayor de la necesidad de
una “ética animal” que tiene en su base la capacidad de “sintiencia”, término
que adapta la idea aristotélica al estado actual del conocimiento de la
conducta de los animales y a las evidencias fisiológicas y evolutivas de la
capacidad de sentir, en el centro de la cual está el sufrimiento, junto con sus
paliativos, que podemos llamar placer.
Los animales deben preocuparnos porque son seres sintientes, y
porque de nuestra relación con ellos depende nuestro autoconcepto. Así como la
idea excepcionalista (especismo) ha servido para justificar toda clase de discriminaciones
y genocidios, la idea animalista sirve para proscribir no solo el trato
degradante a los animales sino todo tipo de tratos inhumanos dentro de nuestra
especie, además de regular nuestra relación con los animales en el mundo
natural, con los animales que utilizamos como alimento o material de
investigación, y también con las mascotas.
Las mascotas ocupan un lugar paradójico en la experiencia
humana: las hemos humanizado a nuestro gusto, con un impulso que es el mismo
que nos deshumaniza, y por eso las enjaulamos, condenamos a la soledad y a la
falta de experiencias sexuales o simplemente abandonamos. Caemos en un olvido
esencial, el de la historia de nuestras adaptaciones mutuas con su potencial
terapéutico, el diálogo silencioso que refleja en otros ojos y otra mente
nuestros miedos, nuestras carencias y anhelos, y que sirve tantas veces para
alivio de la soledad.
Xullo 2021
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